El resurgimiento del mundo rural es imparable

(lo dice la dialéctica)

La cosecha. Pieter Bruegel el Viejo, 1565, Óleo sobre tabla, 119 x 162 cm.

Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

El método dialéctico, ideado por Hegel y materializado por Marx, se resume sucintamente, partiendo del carácter dinámico de la realidad, en un continuo proceso de avance por medio de una tesis, su antítesis y, finalmente, una síntesis superadora de las anteriores. Mi intención en este artículo es demostrar que el resurgimiento del mundo rural es una conclusión ineludible a la luz filosófica de la dialéctica.

[Tesis] Durante siglos, desde la caída del Imperio romano, en Europa las sociedades se estructuraron en torno a núcleos eminentemente rurales. Ante la ausencia de medios y capacidad de los pueblos germánicos, la autoridad antes centralizada en la poderosa Administración imperial se fragmentó y fue a parar a una pluralidad de terratenientes. La inseguridad imperante otorgó a estos señores un gran poder, que se tradujo en el sistema medieval de vasallaje. Es la llamada poliarquía feudal, en la que la clase dominante era la aristocracia, que poco a poco se vio desplazada por las monarquías nacionales.

[Antítesis] El afianzamiento de los reyes propició, durante el Renacimiento, la aparición del Estado moderno; un nuevo aparato burocrático unificado que permitió, hasta cierto punto, el restablecimiento del orden y, con ello, el florecimiento del comercio, de la burguesía (que ocupó el sitio de la aristocracia, así como el proletariado el de los vasallos), el desarrollo económico y el surgimiento de ciudades cada vez más vibrantes.

Este proceso experimentó una notable aceleración a partir de la llamada Revolución industrial. La industralización del sector primario, hasta entonces motor de la economía, redujo drásticamente la mano de obra necesaria en el campo, al tiempo que desplazó las ofertas del trabajo al sector secundario, más urbano. Las urbes se erigieron como grandes polos de atracción económica, laboral, social y cultural. Para optar a los mejores puestos de trabajo, participar en la vida social, o acceder a productos culturales (libros, revistas, conciertos, exposiciones), había que estar en la ciudad.

Y claro, el campo se despobló. En Reino Unido, la población que vivía en ciudades pasó de un 20% en el año 1800 a más del 70% de 1925, un proceso que en España tuvo lugar principalmente a lo largo del siglo XX. Es el denominado éxodo rural.

[Síntesis] Nosotros nos encontramos de lleno ya en lo que el sociólogo americano Daniel Bell denominó sociedad postindustrial. En un ejercicio de grosera simplificación (uno más en este texto), diremos que dos de los pilares de estas nuevas sociedades son la hegemonía del sector servicios y la irrupción de las nuevas tecnologías, entre ellas la digitalización. Esta realidad tiene consecuencias trascendentales en el eje ciudad-campo. A mi juicio, dos son las principales.

En primer lugar, numerosas de las profesiones liberales, sobre todo a partir de la pandemia acaecida en el año 2020, han flexibilizado la presencialidad de su jornada, permitiéndose el teletrabajo varios días por semana, por lo que ya no es necesario vivir tan cerca de la oficina.

Segundo, mayor accesibilidad al ocio y la cultura. Nada te impide vivir en medio de las montañas y disponer de toda la historia de la literatura universal en un ebook (o la adquisición física del libro a domicilio) y de toda la música, películas y series a través de plataformas.

A lo anterior se añade, como elemento desencadenante de la revitalización del entorno rural, la imparable escalada del precio de la vivienda, sobre todo cuando se contrasta con el estancamiento de los salarios [clama al cielo que los salarios reales no hayan subido en España en los últimos treinta años sin que se hayan dado elementos disruptivos que sirvan de justificación, como conflictos bélicos. Queda pendiente, pues, otro artículo haciendo un llamamiento al estallido social].

El mundo rural no solo está de moda, como se preguntaba Jaime Oliveira en un artículo reciente, sino que su resurgimiento es directamente inevitable. Esto no significa, sin embargo, una restauración de la vida rural tal y como quedó antes del éxodo rural. La agricultura y la ganadería no van a recobrar un peso significativo en nuestro Producto Interior Bruto; no vamos encaminados a las idealizaciones que ensalzan la vida campestre en detrimento del progreso urbano (como hace, por ejemplo, Eça de Queirós en La ciudad y las sierras), que acostumbran a obviar muchos de los problemas asociados a la falta de contacto con la civilización (algo que, hiperbólicamente, retrató el tremendismo español en obras como La familia de Pascual Duarte, Los Santos inocentes o La casa de Bernarda Alba).

El nuevo momento rural no procederá del rechazo a la ciudad, sino de su relativa superación. Digo relativa, porque será una condición imprescindible para el crecimiento de los enclaves rurales una conexión a internet de calidad y la accesibilidad a zonas urbanas próximas. Así lo señala Fernando Caballero en su libro Madrid D.F., reseñado en esta revista. En general, las ciudades del entorno de Madrid que poseen buenas infraestructuras de comunicación con la capital han ganado población en los últimos años (Toledo, Guadalajara, Segovia; esta última, de hecho, ha alcanzado en 2025 su mayor población en los últimos 50 años), mientras que en las incomunicadas sucede lo contrario (Ávila). En esta línea, a principios del año pasado la Comunidad de Madrid publicó un informe en el que aseguraba que, desde 2019, la población había aumentado un 13% en los municipios de menos de 2.500 habitantes, un 12% en los de menos de 5.000 y un 9% en los de una población inferior a 20.000 personas. En el ámbito nacional, el 79% de los pueblos de menos de 5.000 habitantes presenta un saldo migratorio positivo en el periodo 2018-2024.

La inmensa mayoría de los nuevos habitantes de los pueblos no están dispuestos a renunciar a todas las ventajas que ofrece la ciudad: cuentan con mejores servicios, grandes infraestructuras (como aeropuertos o estaciones de tren), siguen siendo fundamentales en la sociabilidad y también es donde radican las oficinas, a las que hay que todavía hay que acudir, aunque sea con menos frecuencia que antaño. Lo que sucede es que la digitalización y la mejora de las comunicaciones permiten hacerlo a mayor distancia.

En definitiva, el resurgimiento de los pueblos no es solo posible, sino inexorable. Pero no con pastores y agricultores, sino con ingenieros y consultores (con una mayor o menos inmersión en las prácticas agrestes tradicionales). Así lo prescribe un análisis dialéctico de la cuestión, que es el único que podemos tomar en serio.