La esfera roja: reflexiones para un tiempo acelerado
99 red balloons. Íñigo Navarro, 2025, Óleo sobre lienzo, 100 x 81 cm.
El ser humano lleva escrito en su esencia la persecución constante de algo que se le escapa. Lo llamamos tiempo, felicidad, belleza, bien, verdad, prestigio o éxito. Sin embargo, todos son nombres distintos para designar un horizonte que siempre retrocede un paso cuando creemos rozarlo con los dedos. Platón lo situó en el mundo de las Ideas, Aristóteles en la eudaimonía y los místicos, en la zarza ardiente de Dios.
La sugerente lectura del artículo de Jaime Oliveira, “Nos conformamos con perseguir la bola roja de juguete. Reflexiones sobre la última exposición de Íñigo Navarro” (La Tenada nº 8, enero 2026), me ha llevado a estas líneas. En particular, el certero diagnóstico que, en mi opinión, ofrece Jaime sobre la vida contemporánea como sucedáneo de la existencia, ese token o avatar que vive en nuestro lugar mientras a nosotros, los de carne y hueso, se nos marchita la existencia.
La obra de Íñigo Navarro que comenta Jaime en su artículo irrumpe como un revulsivo necesario frente a esa tentación de impostura. Con su estilo neobarroco, Navarro coloca en sus lienzos una esfera roja que se cuela en escenas en las que no debería estar. La esfera es una forma perfecta, cerrada sobre sí misma, que apunta a lo infinito precisamente porque no tiene principio ni fin, porque su superficie curva se repliega eternamente hacia dentro. Es, en mi opinión, el símbolo perfecto de nuestra condición contemporánea. Es el objeto que perseguimos sin descanso, creyendo que en su perfección geométrica reside la plenitud, mientras la vida (que es camino, encrucijada y bifurcación) pasa de largo.
Y mientras tanto, todo se acelera. Todo, absolutamente todo. Corremos, siempre corremos, tras el éxito, el cuerpo perfecto o la productividad infinita, sin detenernos a preguntarnos si eso que perseguimos es realmente lo que anhelamos o es solo un señuelo, otra esfera brillante que alguien (o nosotros mismos) ha colocado en nuestra existencia. Vivimos, como señalaba Ortega y Gasset, en permanente alteración, fuera de nosotros mismos, ocupados en lo otro, sin tiempo para el ensimismamiento que nos constituye como humanos.
Byung-Chul Han lo ha diagnosticado con precisión. Habitamos una sociedad del cansancio donde, por la autoexplotación, nos hemos convertido en empresarios de nosotros mismos, y el látigo ahora lo empuñamos con nuestra propia mano. El señuelo ya no nos lo lanza nadie, sino que somos nosotros quienes lo arrojamos cada vez más lejos para tener motivo de seguir corriendo, atrapados en la perfección circular de una carrera sin meta.
Pero hay algo más que se añade a esa autoexplotación. El zoon politikon de Aristóteles, ese animal político que solo en la polis encontraba su plenitud, experimenta hoy una soledad paradójica. Está hiperconectado y radicalmente solo. Las amistades, ese concepto que para los griegos constituía una de las formas más elevadas del amor, algunos las han reducido a seguidores en redes sociales. Nótese la perversión semántica: no hablamos de amigos ni de iguales, sino de seguidores, un término que presupone una jerarquía, un líder y una masa. Quien tiene seguidores no tiene pares, tiene audiencia. Y la audiencia (ya lo sabían los emperadores romanos) aplaude o abuchea, pero jamás dialoga. Cada like es un sucedáneo diminuto del reconocimiento genuino, que hemos sustituido por esferas huecas que brillan un instante y se apagan.
¿Puede cultivarse la virtud en el scroll de una pantalla con una atención fragmentada que nos trocea el alma? Pascal ya nos advirtió que toda la infelicidad del hombre proviene de no saber quedarse quieto en una habitación. Hoy, aunque estemos físicamente quietos en una habitación, la interacción con la pantalla nos empuja a huir de nosotros mismos. Huimos porque el encuentro con nuestro verdadero yo exige un silencio que nos aterra, una desnudez existencial que no estamos dispuestos a afrontar. Porque ser verdaderamente humano es ser vulnerable. Sin embargo, parece que hemos preferido construir todo un entramado para olvidarlo. Preferimos la promesa de una plenitud que rueda en la distancia, siempre un poco más allá, a la quietud que nos revelaría, implacable, quiénes somos en realidad.
Desconfío, no obstante, para lograr esa necesaria quietud de las soluciones que hoy se nos venden empaquetadas bajo etiquetas de estoicismo y epicureísmo de aeropuerto, esos manuales de autoayuda disfrazados de filosofía antigua que prometen la ataraxia en diez sencillos pasos.
Frente a estas evasiones contemporáneas, la obra de Navarro nos sitúa, de nuevo, frente al memento mori del Barroco y nos recuerda que la muerte no es un error del sistema sino, más bien, su condición de posibilidad. El barroco español de Quevedo y Valdés Leal entendió que solo mirando de frente a la finitud de nuestra existencia es posible vivir con autenticidad. La vida es breve, pues si vivimos, falta y si morimos, sobra o, en palabras de Quevedo “Ayer se fue, mañana no ha llegado, hoy se está yendo sin parar un punto. Soy un fue y un será y un es cansado” (Represéntase la brevedad de lo que se vive, y cuán nada parece lo que se vivió, 10).
El memento mori barroco nunca fue una invitación al nihilismo sino, precisamente, a la vida auténtica. Recordar que moriremos (que este cuerpo será polvo y que esta mano que escribe dejará de moverse) es, paradójicamente, el mayor estímulo para vivir de verdad. Quizá entonces, dejemos de perseguir perfecciones geométricas y descubramos, con asombro de niño, que la felicidad, la belleza y el bien que buscábamos no estaban en el horizonte sino aquí, siempre aquí, en la quietud del presente o en el rostro del otro que nos mira.
La propuesta, entonces, no pasa por renunciar al mundo sino por habitarlo de otro modo. Volver al silencio no como ausencia sino como una presencia plena. Reconectar con ese nosotros que hemos abandonado en algún momento de nuestra vida. Recuperar, en definitiva, lo que Heidegger llamaba el habitar poético. Porque frente a la esfera (cerrada, autosuficiente, vuelta sobre sí misma) está, como apuntara Chesterton, la belleza de la encrucijada, el cruce de caminos donde el ser humano sí enfrenta la incertidumbre de la elección, pero también se abre a horizontes nuevos, paisajes distintos, rostros que aún no conoce. La esfera promete lo infinito, pero nos encierra. La encrucijada nos expone al vértigo, pero nos libera. Y es que la vulnerabilidad, esa condición que tanto nos empeñamos en ocultar tras murallas digitales y corazas de productividad, es precisamente lo que nos hace humanos.
La esfera roja de Navarro, al final, no es solo una sátira o un recordatorio del memento mori. Es, en mi opinión, también una invitación a detenernos en la encrucijada. A soltar la presa. A elegir el camino no por su promesa de perfección sino por los encuentros que nos aguarda. Que la felicidad, la belleza y el bien no habitan la perfección cerrada sino la apertura vulnerable de quien se atreve, por fin, a vivir. Porque solo quien acepta su fragilidad (su condición de ser mortal, limitado, necesitado del otro) puede abrirse verdaderamente a la vida.
