¿Nos conformamos con perseguir la bola roja de juguete?

Reflexiones sobre la ultima exposición de Íñigo Navarro

Hace un mes, me acerqué a ver la exposición de Iñigo Navarro, Ayer pisó tu sombra un tigre, en uno de los últimos días que abrió, en una sala del museo Lázaro Galdiano.

Expuestos, una serie de cuadros creados con un hilo conductor concreto, una visión onírica propia derivada de la estética de los grandes maestros españoles de la pintura, con especial énfasis en Goya. Lebreles, paisajes, escenas de caza, detalles vegetales en los primeros planos, “retratos” en habitaciones con parqué… las referencias pictóricas de los detalles nos son a todos familiares. Sin embargo, los cuadros producen en la persona que se enfrenta a ellos una sensación de misterio y extrañeza. Los motivos de las obras se conectan entre sí en la exposición, además de gracias a la ya mencionada estética, a través del surrealismo, del mundo onírico que construye Iñigo Navarro.

Grandes formatos y una pieza escultórica reclamaron mi atención en la primera sala, guiado a través de un elemento común, una bola roja, presente en todos los cuadros. Cuadro tras cuadro, una bola roja, una bola roja con la que juegan las rehalas, a la que persiguen los galgos, un parking inundado de pelotas rojas botando, cuadros redondos haciendo referencia a la bola roja, ocasos que no son sino bolas rojas cayendo hasta perderse en el horizonte, una mano saliendo de una pared, sosteniendo… una bola roja. 


En la segunda sala, el artista “cambia de obsesión”, y se centra en motivos de figuras que levitan, en una estética que podría llevarnos a la figura del ángel en la escena inicial de El cielo sobre Berlin (Wim Wenders, 1987), pero claro, hay pista. Al fondo, presidiendo la sala, un cuadro de la colección permanente del Lázaro Galdiano, un dibujo de Goya, de su serie de Disparates, Modo de volar (hacia 1815 - 1816).

Al llevar ya un rato dentro de la exposición, entró por la puerta el propio artista (no le conocía, pero fue fácil de deducir cuando empezó a hablar), que se ve que había quedado con un grupo de amigos. Cuando preguntaron los visitantes que le acompañaron por el significado de las obras, su visión y, sobre todo, por la bola roja, tuve que poner oreja…

Según el pintor (que no creo que estuviera engañando a sus amigos; lo hubiera preguntado yo pero no quería molestar…) la bola roja en sus cuadros de esta etapa ha representado una visión bastante pesimista ante la vida: los perros, esos fantásticos perdigueros, lebreles y sabuesos que acompañaron desde al infante Don Juan Manuel hasta Felipe IV, a Miguel Delibes en Sedano, o a cualquier furtivo noble de esos que hasta el pasado siglo poblaban nuestras sierras, esos perros que sabían si iban a pluma o a pelo, que perseguían en jauría a los ciervos hasta derrotarlos para que el cazador desmontase a lancearlos ya agarrados por la rehala, han tenido descendencia, y esos, nuestros perros de hoy, en vez de de faisán, presumen de pelota de roja de goma. Y nosotros lo mismo. No nos queda otra que conformarnos con sucedáneos, vivir de mentira.

Claro, yo me fuí de ahí con un bajón importante. Vivimos de mentira, toda la razón. He estado pensando en eso desde entonces: la idea que extraigo de la obra de Navarro es, me atrevo a afirmar con la boca pequeña, contraria a una idea que Javier Gomá tienen por bandera, con la que titula su sección dominical en El Mundo, su idea de “mayoría selecta” (La idea titula un ensayo dentro del libro Filosofía mundana, Galaxia Gutemberg, 2016, pg. 301). Gomá habla de la democratización de lo excelente, gracias a compañías que ponen el buen diseño o las grandes experiencias al alcance de las masas (Ikea, Zara); de la obra de Navarro extraigo que nos conformamos con lo democratizado porque en nuestra vida no podemos postular a lo puramente excelente. Queremos viajar, descubrir el mundo, y seguimos itinerarios de internet sin ningún criterio. Hacemos ejercicio como locos en gimnasios porque nos arrepentimos del cuerpo que tenemos, de haber jadeado subiendo aquella cuesta el pasado sábado, y pagamos para ir a un sótano a hacer la mitad de lo que antes se hacía al aire libre cortando leña, aporcando patatas, cortando sarmientos. Vemos en Instagram o, peor, en TikTok, la ropa que querríamos tener, cómo nos encantaría que fuera nuestro salón, a la gente en la playa, esquiando, las botellas de vino que querríamos bebernos y que no se consiguen. Jugamos a emular los tiroteos de los Duques de Sajonia en Moritzburg y vamos a cacerías en las que la caza es de lata, criada y soltada a veces hasta en la mañana de la cacería. Nos conformamos con perseguir la bola roja de juguete.

¿Y con esto, qué hacemos? Quizá haya que estar entre el estoicismo y el epicureismo, entre la vida eremítica y la supresión de todo deseo del budismo tibetano, no lo sé. Quizá el vivir plenamente en el mundo actual sea solo compatible con intentar vivir de manera auténtica. Rayos.

Va a haber que cultivar huerta, escribir a mano, vestir con ropa ajada, dar paseos solo, invitarse a pensar, comer y beber lo mejor posible, sin miramientos. Eliminar Instagram... Se da la paradoja de que estas cosas, en mi experiencia, las cumplen o los humildes, o los más pudientes.Allegados, son iguales, los que viven por sus manos y los ricos.”

Iñigo Navarro es uno de los pintores españoles en activo de mayor proyección internacional, aclamado por representar ideas alucinadas, oníricas, sin salirse de lo figurativo y con un abanico de referencias clásicas interesantísimo y patente casi en cada trazo. Como poco, un pintor que deja a un humilde visitante pensando en su obra durante unos días, bien merece una aclamación.




Exposición: Iñigo Navarro, Ayer pisó tu sombra un tigre. Comisariada por Begoña Torres. Del 26 de septiembre a 22 de noviembre del 2025, en el Museo Lázaro Galdiano.