Wimbledon: la frescura de lo tradicional

No soy partidario de utilizar este espacio para contar mis experiencias personales, pues caigo en la tentación de convertirlo en un diario que, si bien puede ser útil para mí, no le interesa a nadie. No obstante, no sé si por enchufe o por genuino sentimiento, al consejo editorial de esta revista le ha parecido interesante que relate el viaje a Wimbledon que emprendí el veintinueve de junio para acudir al, ampliamente considerado, Grand Slam más icónico del circuito profesional de tenis. Sin embargo, antes de detallar mi aventura particular, considero necesario comentar brevemente por qué Wimbledon es tan auténtico. 

La trayectoria de Wimbledon está vinculada a las transformaciones culturales de los pasatiempos de la aristocracia y la burguesía británica a finales del siglo XIX. La institución nació en 1868 bajo la denominación de All England Croquet Club, siendo, por tanto, una entidad volcada en esta disciplina. En la década de 1870, ante un declive del interés por el croquet, se sustituyó una de las pistas por una de tenis, hasta que finalmente la hegemonía de este deporte de raqueta provocó que en 1899 el club adoptara su nombre actual de All England Lawn Tennis and Croquet Club (AELTC), el cual se encarga de la supervisión del Grand Slam a día de hoy. 

Habiendo pasado más de un siglo, se conserva en el club la esencia aristocrática y, como fruto de los estrictos códigos de vestimenta que impone, se suele asociar a Wimbledon con la quintaesencia de la elegancia. Entre otras cosas, el reglamento del AELTC exige a todos los competidores vestir ropa de juego completamente blanca, incluso en los entrenamientos. Pero es que las exigencias de etiqueta se extienden al Royal Box, situado en el fondo sur de la Pista Central, donde incluso llegaron a restringir la entrada a Lewis Hamilton (que, para más inri, es británico) por acudir con una camisa con estampado floral, sombrero de fieltro y pantalones informales, sin chaqueta de vestir ni corbata. Alan Chalmers, jefe de seguridad, defendió la actuación del personal alegando que Wimbledon no es “una playa de Marbella”. A este protocolo de indumentaria le acompaña un cuidado minucioso de la arquitectura escénica, donde el club tiene una política de contención publicitaria muy estricta, restringiendo la visibilidad corporativa a apariciones sobrias de patrocinadores históricos; así como una lista larga de tradiciones que se conservan: las fresas con nata, los protocolos, el toque de queda a las once de la noche para respetar el descanso de los vecinos (personas importantes de la sociedad británica), las ceremonias, el trofeo dorado…

Pero, además de todo esto, su autenticidad también reside en lo puramente tenístico. Wimbledon es el único Grand Slam que se juega sobre hierba natural, terreno de juego muy distinto al resto. Solo los británicos entrenan sobre verde y la mayor parte del circuito evita jugar en ella. Los que no tengáis tantos conocimientos de este deporte debéis saber que, en el tenis, la superficie es crucial, pues cada jugador se adaptará mejor a una u otra en función de su estilo de juego. En césped, la bola bota muy poco y se desliza mucho, lo que la convierte en el escenario más rápido de todos. Esto favorece a los sacadores, pero también a los tenistas capaces de agacharse bien, a los que gocen de una buena movilidad y a los que dispongan de muchos recursos en sus golpes (el cortado hace más daño y la volea gana importancia, por ejemplo). Al existir pocos clubes de hierba natural, la gira apenas dura un mes y no dispone de Masters 1000 previos al Grand Slam, solamente de ATP 250 y ATP 500. En consecuencia, la mayoría de tenistas acuden directamente a Wimbledon, sin adaptación previa, lo cual aumenta aún más la incertidumbre y acrecienta la magnitud del torneo. 

Conociendo el contexto del torneo, se entiende mejor la importancia que tiene para mí, apasionado del tenis, acudir por primera vez a verlo en vivo. Fui con tres amigos y mi primera decisión fue desafiar el elitismo aristocrático antes comentado cogiendo un vuelo desde Alicante (viviendo en Madrid) solamente porque salía más barato. Para llegar a Wimbledon, el pueblo, volamos a Londres y pedimos un Uber desde allí (están a unos quince kilómetros de distancia). Me alojaba en una casa típica inglesa, con su estructura vertical y con porche, a unos cuarenta y cinco minutos andando del recinto. En principio, iba sin entradas, aunque sabía que existía la posibilidad de que pudiese conseguir alguna invitación. El primer día no fue así, por lo que sirvió de aclimatación al entorno y de descanso, ya que habíamos cogido el vuelo a las 6 de la mañana. Pero el segundo día conseguimos dos entradas para las pistas exteriores, lo que llaman Ground Pass. Al tener que ir paseando, fuimos absorbidos gradualmente por el ambiente a medida que íbamos dando pasos. Más allá del torneo, Wimbledon, como vecindario, me pareció una joya. Cumplía con mis estándares de pueblo ideal: combina espacios abiertos con gente desplazándose feliz en bicicleta (así es, esos son mis estándares). En cualquier caso, no descarto que fuese víctima del hechizo propio de esos lugares que, cuando son anfitriones de un evento importante, se ven envueltos en una suerte de burbuja de buen ambiente y celebración. Recuerdo que, al llegar, le pedimos a uno de los trabajadores que nos hiciese una foto en una estatua mítica de las instalaciones, y a mi amigo se le olvidó quitarse la mochila para posar, a lo que el fotógrafo le dijo: “You can take it off – don’t worry, you’re at Wimbledon”. Se respiraba ese ambiente casi de efervescencia colectiva donde no tienes que preocuparte por nada y simplemente disfrutar. 

Tras esto, empezamos a organizar los partidos que queríamos ver. Era el segundo día de competición, por lo que las pistas aún estaban impecables (ocurre que, a medida que pasan las rondas, el fondo se convierte en tierra). Lo primero que nos sorprendió fue que las pistas exteriores no tenían apenas gradas; era muy llamativo, muchas de ellas solo tenían un pequeño banco para ver a los mejores del mundo en un Grand Slam. De este modo, para poder estar sentado en un partido que te interesa, debes posicionarte bien en el enfrentamiento anterior y esperar a que termine, pues en el cambio de encuentro la gente abandona su asiento y, si estás rápido, puedes ocuparlo tú. En consecuencia, en una jornada, la realidad es que solo podrás ver dos partidos de tu interés (ya que debes pasar tiempo aguardando el turno anterior). Eso hicimos: queríamos ver a Pablo Llamas y a Paula Badosa, por lo que estuvimos los partidos previos en los aledaños para poder posicionarnos bien. Conseguimos el objetivo y pudimos saborear, más allá de todas las complicaciones que genera, la ventaja de que solo haya un banco: si consigues conquistarlo, estás a pie de pista. 

Por desgracia, ambos perdieron y, tras la derrota de Paula, volvimos a casa y empezamos a organizar las entradas del día siguiente. 

Como no conseguimos ninguna, llevamos a cabo el procedimiento que cualquier individuo sin invitaciones debe hacer para poder entrar en Wimbledon: The Queue. Una de las peculiaridades de este torneo es que parte de las localidades las sacan a la venta para las personas que hacen la fila oficial, cuyo desarrollo se concentra en el parque adyacente Wimbledon Park. A la llegada a la pradera del parque, cada aficionado recibe una tarjeta numerada y fechada (Queue Card), que determina la posición exacta en la cola, y debe conservarse hasta el momento del pago en la taquilla. Para poder comprar entradas para las pistas numeradas (Central, Pista 1 o Pista 2), es necesario hacer la cola desde el día anterior por la mañana, esto es, aproximadamente veinticuatro horas antes. Nosotros descartamos directamente esa opción, por lo que decidimos hacer la cola con el objetivo de comprar entradas de Ground Pass. La jornada empieza a las once de la mañana y nosotros llegamos a las siete. Para nuestra sorpresa, la tarjeta que nos entregaron mostraba el número 9.455: ¡más de 9.000 personas por delante! No teníamos ninguna referencia de cuánto tiempo nos tocaría esperar, ni siquiera teníamos claro si íbamos a poder entrar. 


Sin embargo, como no teníamos otro plan, pusimos una toalla en el suelo y abrazamos la incertidumbre. Unas horas más tarde, sobre las doce de la mañana, los stewards encargados de la organización nos movieron y avanzamos hasta una zona más cercana a las taquillas. Ahí estuvimos otras dos horas sin desplazarnos, hasta que volvimos a avanzar, esta vez sin interrupciones, hasta la zona donde se pagaba. Finalmente, entramos sobre las dos y cuarto de la tarde, por lo que fueron siete horas de espera en total. Aunque puede sonar tedioso, fue una experiencia mucho más grata: estuvimos en un parque de césped natural y hacía un día soleado, por lo que no fue muy distinto a un picnic con amigos. Y, además, me pareció verdaderamente económico: unas 30 libras en total cada entrada, y pudimos ver la jornada casi entera. Este sistema de cola recibe muchas críticas, pero para mí supone un fenómeno sociocultural peculiar. Wimbledon, percibido como un espacio reservado para la aristocracia y las élites, impone para gran parte de su aforo una prueba a la que se debe someter cualquiera independientemente de su estrato socioeconómico, democratizando el acceso a entradas. 

Más allá de esta experiencia, una vez dentro, el segundo no se diferenció mucho del primer día; y lo mismo ocurrió con el tercer y último día que entramos, esta vez de nuevo con invitaciones, para ver a Alejandro Davidovich Fokina pasar a octavos de final por primera vez en su carrera. 

Al volver de Wimbledon, uno recupera su rutina y su vida y se da cuenta de que lo que ha vivido allí no es real, que ya no es de nuestro tiempo. El protocolo, el orden, los códigos de vestimenta, eso ya no existe. Pero mi sensación es que, aunque a mucha gente le resulte encorsetado o anacrónico, esa vuelta al pasado en este mundo que tiende a la vulgarización puede, paradójicamente, resultar refrescante.