Volver a lo realmente importante

Ayelén Bosch

Vivimos en la era de la hiperconexión y, paradójicamente, también en la era de la desconexión más profunda. Nunca antes habíamos tenido acceso inmediato a tanta información, a tantas imágenes, a tantas vidas ajenas condensadas en una pantalla de pocos centímetros. Y, sin embargo, cuesta recordar cuándo fue la última vez que observamos un atardecer sin fotografiarlo, cuándo escuchamos verdaderamente a alguien sin pensar en responder, o cuándo contemplamos el mar de verdad.

El filósofo alemán Byung-Chul Han describe nuestra sociedad como una “sociedad del cansancio”: una civilización saturada de estímulos, productividad y ruido, donde la rapidez ha sustituido a la profundidad. Consumimos tragedias en menos de un minuto. Deslizamos el dedo sobre guerras, incendios, inundaciones o hambrunas con la misma velocidad con la que observamos una receta o una fotografía de vacaciones. Lo vemos todo, pero ya casi no sentimos nada. La sobreinformación ha anestesiado la empatía.

Quizá esta sea la enfermedad silenciosa de nuestra generación. La incapacidad de permanecer. De mirar. De recordar.

Nos llamamos civilizados, aunque cada vez entendemos menos el significado de esa palabra. Hace unas semanas viajé a Arizona y atravesé varias reservas de nativos americanos. Pensé entonces en la contradicción histórica de Occidente: durante siglos hemos etiquetado como “primitivos” o “atrasados” a pueblos que mantenían una relación de respeto con la tierra, el agua y la comunidad, mientras nosotros, los supuestamente avanzados, hemos construido un sistema incapaz de sobrevivir sin destruir aquello que lo sostiene.

La modernidad prometía progreso. Pero conviene preguntarse: ¿progreso hacia dónde?

El sociólogo y filósofo francés Bruno Latour advertía que la humanidad se comporta como si estuviera separada de la naturaleza, como si habitara por encima de ella y no dentro de ella. Hemos reducido los bosques a recursos, los océanos a gigantescos basureros y los animales a mercancía. Incluso el tiempo se ha convertido en un producto medible y rentable.

Soy de Mallorca, y quizá por eso mi relación con el mar siempre ha sido profundamente emocional. El mar no juzga. Limpia. Ordena el ruido mental. Devuelve cierta claridad que las ciudades parecen arrebatarnos poco a poco. Pero esta relación no es únicamente espiritual o estética; es también biológica. Sin el océano no existiría la vida.

Esa conexión me llevó recientemente a dar mis primeros pasos en el documentalismo. Durante la realización de Un darrer capfico, un documental que explora nuestra desconexión progresiva del mar y las consecuencias de la contaminación por plásticos en el Mediterráneo, tuve la oportunidad de conversar con científicos, activistas y personas que dedican su vida a proteger este ecosistema. En el, la bióloga marina Gádor Muntaner afirma: “De cada dos respiraciones, una nos la está dando el océano”.

Y es que resulta imposible escuchar estas palabras y no pensar en la fragilidad del equilibrio que sostiene nuestra existencia. El naturalista David Attenborough lleva décadas recordándonos que el océano regula el clima, absorbe dióxido de carbono y mantiene la biodiversidad planetaria. Y aun así, lo llenamos de plástico, petróleo y residuos invisibles. Lo convertimos en vertedero mientras seguimos hablando de crecimiento económico infinito, como si los recursos del planeta también lo fueran.

La cultura del usar y tirar se ha infiltrado en todos los aspectos de nuestra vida. 

Consumimos ropa diseñada para durar semanas, dispositivos electrónicos imposibles de reparar y tendencias que envejecen en cuestión de días. La industria de la moda, por ejemplo, produce cantidades alarmantes de prendas que requieren enormes recursos naturales y terminan acumulándose durante siglos en vertederos o mares. 

¿Dónde ha quedado el respeto?

Quizá el problema más grave no sea únicamente ecológico, sino moral. Hemos perdido la conciencia de interdependencia. Olvidamos que no existe separación entre nosotros y la naturaleza porque nosotros somos naturaleza.

La historia demuestra que el ser humano suele reaccionar demasiado tarde. Durante la Revolución Industrial por ejemplo, celebramos el progreso técnico mientras las ciudades se llenaban de humo y explotación laboral. Durante décadas, científicos alertaron sobre el cambio climático antes de que los gobiernos comenzaran a actuar tímidamente. Incluso hoy, seguimos necesitando catástrofes visibles para comprender aquello que ya sabíamos.

Tal vez porque el ser humano tiene una peligrosa capacidad de adaptación. Nos acostumbramos a la destrucción mientras esta ocurre lentamente.

Pero todavía quiero pensar que existe otra posibilidad. Que aún podemos volver a lo realmente importante. Recuperar el silencio. Volver a tocar la tierra. Escuchar el mar sin auriculares. Aprender de quienes entendían que cuidar la naturaleza no era una tendencia, sino una forma de supervivencia y de respeto

Quizá el verdadero progreso no consista en conquistar más, producir más o consumir más rápido. Quizá el verdadero progreso sea recordar que somos pequeños, vulnerables y profundamente dependientes del mundo natural.