Vitalismo sin presentismo
Javi Gomá
Te despiertas a las 7:30 de la mañana. No es un amanecer plácido y natural, sino que abres los ojos sobresaltado por la alarma del móvil. No caemos en la cuenta, pero la función de este invento es generar estrés para que salgas del sueño, lo cual no parece la mejor forma de empezar el día, aunque aparentemente no haya otra. Vas corriendo a la ducha, te haces un café y una tostada y te apresuras a meterte en el coche. Ahí pasarás un buen rato, pues, tras millones de años de evolución de la especie, se da la absurda situación de que no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo para cumplir nuestras obligaciones laborales sin estorbarnos los unos a los otros; y, pese a la absoluta previsibilidad, hemos asumido dócilmente que vamos a caer día tras día en la misma trampa del atasco de camino al trabajo y de vuelta a casa. Este embotellamiento por la sincronización de horarios de la ciudadanía hace que tus pulsaciones se eleven de nuevo, pues cualquiera que haya estado en esta situación sabe lo poco placentero que es tener que esquivar vehículos para no llegar tarde.
El destino del trayecto es la oficina, ese espacio donde dedicas prácticamente la totalidad de las horas útiles del día. Una vez más, la tensión se dispara, pues tienes que cumplir tus objetivos (o, mejor dicho, los de los socios de la empresa que te emplea). No te da el sol, comes en el comedor un plato preparado lleno de aditivos y conservantes y vuelves a tu puesto hasta el atardecer. El consuelo es una hora de gimnasio diaria, donde apenas notas progreso porque el poco descanso y el estrés constante te han dejado sin energía. Cuando llegas a casa, cenas viendo una serie y te metes en la cama. Llega el fin de semana y sientes la necesidad de llenarlo de planes, porque estás enganchado al estímulo incesante y tu rutina no te permite tener preocupaciones y hobbies. A la semana siguiente, vuelves a empezar. La contraprestación de todo esto es un buen sueldo que te permite ser algo más que clase media, pero que te encadena a un ritmo de vida poco saludable.
La pregunta es: ¿hay alguna alternativa? Es difícil. Trabajar en la ciudad suele requerir ese peaje. Yo aún sigo atrapado en una rutina de ese estilo, pero por lo menos hace unas semanas logré cambiar algo mi mentalidad.
Ocurrió cuando me estaba preparando para la media maratón de Madrid del 26 de abril. Soy consciente de que el running está de moda y ahora parece que si decides apuntarte a una carrera estás siendo arrastrado por una ola. No obstante, es algo que genuinamente recomiendo hacer a todo el mundo y en las siguientes líneas explicaré por qué.
Las carreras son un incentivo, ni más ni menos. Y uno muy potente, porque te permite ponerte un objetivo muy concreto: correrla a un determinado ritmo. Cuando llega el día, hay una medición objetiva que marca si has cumplido con lo que te propusiste, por lo que tanto el éxito como el fracaso se hace evidente, no hay trampas. Y es este el motivo que te incita a hacer un entrenamiento estructurado y cumplirlo, con la peculiaridad de que se trata de una práctica muy solitaria y te obliga a pasar mucho tiempo contigo mismo. Y aquí es donde llega lo interesante.
Cuando vas a pasar tantos minutos solo y sin algo que te estimule, tienes que decidir qué hacer con esos ratos. Hay entrenamientos que se pueden alargar más allá de la hora y media y, si vas sumando sesiones, se acumulan muchas horas. Yo, como ciudadano cuya rutina encaja con el relato del inicio de este artículo, decidí ponerme podcasts para “no perder el tiempo”. El tiempo solo se pierde si no recibes información, más o menos esa era mi filosofía sin yo ser consciente. Así que eso hice, salía a entrenar y me ponía una entrevista o una conversación. Algunas eran mejores y otras peores, pero lo cierto es que ninguna me hacía la experiencia más agradable y, siendo realista, tampoco me aportaba gran cosa. No he interiorizado ninguna lección que me haya cambiado la vida escuchando esos audios. Sin embargo, ocurrió una cosa que sí considero que lo haya hecho.
Yo acostumbro a correr por la noche. Al principio no me gustaba: me dispara el cortisol y no me deja dormir bien; y, además, a esas horas llego con la mente cansada, por lo que no consigo asimilar bien lo que comentan en el programa. En uno de esos trotes nocturnos, me encontraba yo recorriendo las calles anchas de la zona residencial en la que vivo. Se juntó que ya eran las diez de la noche, con el frío de invierno y con una lluvia que, aunque ligera, era suficiente para quitar las ganas de salir a la calle. En definitiva, estaba solo. Escuchaba un episodio que no me interesaba lo más mínimo, dos personas hablando de lo de siempre mientras yo solo pensaba en acabar el entrenamiento contando los minutos y los metros. De pronto, acabó la entrevista, y ocurrió algo que recordaré toda mi vida, y es que empezó a sonar una canción que se había quedado pillada en la cola de Spotify. Sin yo quererlo, se puso Colors, de Black Pumas. Mi primera reacción fue intentar coger el móvil para cambiarlo, pero algo me detuvo. Mis piernas empezaron a moverse con más alegría. Caían gotas de lluvia y ya no me incomodaban, sino que potenciaban mis emociones. Miraba a mi alrededor y no había nadie, pero ya no era algo que me amargase, sino que se constituyó como la oportunidad de sentirme a mí mismo, de sentir en general. La euforia se apoderó de mí. Fue el momento que cambió por completo mi mentalidad y me hizo ver de forma nítida que dedicar un tiempo a simplemente sentir no es perder el tiempo, sino al contrario. Es vivir.
Actualmente, nuestros ritmos de vida nos recuerdan que lo importante es llenar tus horas con información constante y que, si no lo haces, te vas a quedar atrás. Pero es al contrario, generar las circunstancias que te permitan experimentar emociones es imprescindible. Hay que vivir: la vida es demasiado larga para pensar exclusivamente en el presente, pero también demasiado corta para centrarse solo en el futuro. Por eso, alego que hay que hacerlo sin perder de vista el futuro: vitalismo sin presentismos. No es un discurso de carpe diem, porque no es un llamamiento a disfrutar el presente, sino a vivirlo; no es solo gozar el ahora, sino también sufrirlo. En suma, sentirlo.
Así pues, si consideráis que estáis en una espiral que no os permite sentir, mi sugerencia es que, si la salud os lo permite, os apuntéis a una carrera y os marquéis un objetivo que os obligue a entrenar, que salgáis a correr a la zona más solitaria que tengáis accesible y que os dejéis llevar. Abriréis una puerta nueva que potenciará vuestras emociones y, en definitiva, os hará estar más vivos.
