Un rebaño sumergido en perfume
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Los dos confundimos el sitio y aun así nos encontramos. Me río yo de las fugas contra el destino. Si hablamos de quedar, hay que atender al principio de incertidumbre de Heisenberg: "Es imposible estar en el mismo sitio a la misma hora", como mucho se puede aspirar a estar muy cerca de alguien, y en poquísimas ocasiones ligeramente superpuesto.
Estaba metiendo el coche en un garaje invadido de ciervos salvajes, y antes me pareció raro sentir que Madrid había rejuvenecido diez años, era el de antes de la llegada de la pasta caribeña, se veía más viejo y estropeado, de cuando ibas en el metro y nadie usaba esa colonia tan intensa que huele como a cedro y humedad y te dan ganas de vomitar. Me gustaría darle una lección al que decidió que la humanidad debía oler a camiseta mal secada.
Llegaba a punto a la cita, si acaso con una vida entera de retraso. Habíamos hecho un pacto de caballeros para ir directos al grano, nada mitologías, todo el mundo tiene una historia edificante y se ha olvidado una bolsa de Mercadona en el maletero.
Nervioso le di una calada a un pitillo invisible y de la vergüenza me quedé sin palabras.
Me respondió, disimulando que no lo había visto, "que sería mejor dejarlo, que ya no había más que decir", y que eso era un alivio, al fin y al cabo, todos hemos venido al mundo para entretenernos los unos a los otros y que no merecía la pena esforzarse en fingir.
Estrechamos las manos y nos despedimos. Ni los ciervos, ni el Maserati, ni la colonia. Nada fue más raro que esperar como dos desconocidos a pagar el tique del parquin en la maquinita.
