Un beso y una flor: la canción de todos los tiempos
La instantánea abruma porque capta a la perfección que la que se embarca es parte del alma de los que la despiden. Y qué puede haber más doloroso que la amputación del alma.
Ahora que el flujo migratorio se ha invertido, he podido comprobar que es una canción con bastante predicamento en otros países de habla hispana. Son miles de personas, de diferentes nacionalidades, las que han encontrado consuelo en Nino Bravo justo cuando acababan de dar la espalda a su hogar sin saber cuándo lo volverían a ver.
Pero si Un beso y una flor es la canción de todos los tiempos se debe a que, en realidad, aborda un tema más amplio que el adiós de alguien espera regresar: habla de los sabios. En su artículo Huelga general, publicado en Babelia hace años, mi padre distinguió los inteligentes de los sabios. Inteligente es el que elige bien los medios para obtener un fin, mientras que el sabio es el que escoge bien sus fines.
Nada hay más sabio que escoger las sonrisas adecuadas, ponerlas en el centro de tu vida y vivir para ellas, como hace el protagonista de la canción. La mayor realización personal se logra cuando se selecciona un propósito noble y se persevera para alcanzarlo.
Yo acabo de tomar mi decisión más sabia: me caso con Ale la semana que viene. En nuestra boda sonará Un beso y una flor.
Durante el pasado mundial, la selección inglesa celebró sus triunfos con los aficionados desplazados al ritmo de Wonderwall. Las escenas, tan emotivas como envidiables, suscitaron un legítimo debate entre los españoles: ¿tenemos nosotros un himno equivalente?
No es una cuestión fácil. Los ingleses tienen muchos, muchísimos, defectos, pero desde luego su industria musical no es uno de ellos. La lista seleccionada por España como banda sonora para la Copa del Mundo no hace sino confirmar que nos hallamos a años luz en lo que se refiere a refinamiento del oído.
La canción debe reunir unas cuantas condiciones imprescindibles: que sea popular (es decir, que si suena una amplia mayoría de personas puedan cantarla), con una letra profunda (no basta con el mero pachangueo) y un ritmo pegadizo y no excesivamente acelerado. Que suscite entre quienes la cantan una sensación de hermanamiento trascendente. La respuesta es que en español solo nos queda una opción, la mejor opción: Un beso y una flor, un tema que a raíz de la Copa del Mundo ha vuelto a reivindicarse, siempre en menor medida de la que merece.
No recuerdo por qué ni desde cuándo, pero me la sé de principio a fin. Desde hace años la entono con mis amigos en bares, bodas, nocheviejas y demás festejos, siempre unos junto a otros meciéndonos al ritmo de unos versos que te permiten cantar a pleno pulmón sin desfondarte. Su lanzamiento se produjo en 1972, un año antes de la prematura muerte de Nino Bravo a los 28 años, en la cima de su carrera, una circunstancia que la dota del imprescindible misticismo. Todo ello interpretado por una voz prodigiosa. Ya solo eso la convertiría en la canción idónea.
Pero es que hace relativamente poco me detuve en la letra, que es, expresado de forma ecuánime y ponderada, sin dejarme llevar por gustos o preferencias personales, sencillamente inmortal.
Un beso y una flor trata de un hombre que tiene que abandonar forzosamente su lugar de procedencia (“dejaré mi tierra por ti / dejaré mis campos y me iré”), lo que implica separarse de su amada, de la que se despide con un beso, una flor, un “te quiero”, una caricia y un adiós. La despedida perfecta: caballerosa, tierna, sin empalagar.
El tono nostálgico, fruto del viaje, impregna todo el tema, sin llegar a totalizarlo: hay espacio para la esperanza. El héroe de la historia, solo cabe calificarlo así, se marcha apesadumbrado (“las penas pesan en el corazón”), pero con un equipaje emocional que, aunque puede parecer ligero, le dotará del arrojo necesario para no rendirse y pelear por un futuro mejor. Aunque tenga que partir, allá donde vaya a parar la tendrá a ella siempre en sus pensamientos (“De día viviré / Pensando en tus sonrisas / De noche las estrellas me acompañarán / Serás como una luz / Que alumbre mi camino”), trabajará con tesón (“con mis manos y con tu amor / lograré encontrar otra ilusión”), prosperará (“más allá del mar habrá un lugar / donde el sol cada mañana brille más”), volverá para recuperarla (“me voy pero te juro que mañana volveré”) y permanecerán siempre juntos (“buscaré un hogar para ti / donde el cielo se une con el mar”).
No resulta complicado imaginarse la identificación con estos versos que debieron de experimentar quienes se marcharon de España durante la posguerra, en busca de un futuro que su tierra les negaba. Pienso, por ejemplo, en la icónica fotografía que Manuel Ferrol tomó en 1957 en el puerto de A Coruña de un padre y un hijo despidiéndose de su mujer y madre:
