Una pasión preservada: la colección de arte de Antonio Rodríguez-Pina Cruz

Lady Slane de joven quería ser pintora. Pero renunció a su vocación artística debido a su carácter complaciente y se convirtió en el prototipo de mujer y madre de la Inglaterra victoriana. Al morir su marido, a la edad de 88 años, sorprendió a sus hijos cuando, en lugar de irse a vivir sus últimos años con cualquiera de ellos, se marchó a una pequeña casa en Hampstead en la que se propuso recuperar una pasión durante décadas apagada.

Este es, en apretadísima síntesis, el argumento de la novela Toda pasión apagada (Sackville-West, 1931), título que sirve de inspiración, con feliz inversión de términos, al libro que aquí se reseña, Una pasión preservada, en el que el profesor Álvaro de la Rica nos cuenta cómo Antonio Rodríguez-Pina Cruz fue confeccionando, junto a su mujer Dora Borges, su colección artística.

El libro comienza con unos cuantos momentos en los que, al estilo de Rilke en su Torso arcaico de Apolo, la pasión por el arte (en este caso, abstracto) prende súbitamente: el fragmento verde del cuadro de Twombly en el Retiro, la conversación en el Pompidou frente a un Kandinsky o la impresión causada al observar por primera vez una escultura de Chillida.

La afición del matrimonio Rodríguez-Pina Borges se inclinó inicialmente hacia el arte figurativo, para virar progresivamente en dirección al arte abstracto, un mundo prácticamente desconocido en la España de la época, en una decisión artísticamente audaz.

A lo largo del texto, se suceden, entre digresiones sobre piezas y estilos, descripciones de la relación de los coleccionistas con diferentes artistas y su obra: Eusebio Sempere (figura muy reivindicable), José Guerrero, Eduardo Chillida, Antonio López, Pablo Palazuelo, Washington Barcala, Carmen Laffón y, más recientemente, Jorge Abbad.

Físicamente, el libro es una obra de arte en sí mismo. De formato amplio, con un diseño cuidado y elegante, incluye una copia de una carta escrita por Eusebio Sempere al matrimonio el 21 de febrero de 1981 antes de un viaje a Grecia al que el pintor no pudo acudir debido a su deteriorada salud y, al final, una recopilación a color de los cuadros que se han descrito a lo largo de todo el texto. Y, como toda obra de arte, es un bien escaso.

Uno de los detalles que más me ha llamado la atención de Antonio Rodríguez-Pina, y lo que lo hace particularmente idóneo para ser reseñado en esta revista, es que es alguien normal. Un ingeniero, padre de familia, que sintió una poderosa inclinación hacia el arte alimentada durante décadas, a pesar de las limitaciones económicas de sus rentas y espaciales de su piso en Gaztambide.

En un artículo reciente que publicó aquí Teresa Arsuaga, el fotógrafo Juan de Sande puso de manifiesto la dificultad, no solo de abrirse paso, sino de mantenerse en el sector artístico español. La razón fundamental es que, en sentido estricto, en España no hay mercado. Los compradores de arte se reducen a unas pocas familias adineradas y en el segundo mercado (subastas) la obra normalmente se devalúa. Nos falta aquello precisamente que hace a las sociedades, y los mercados, prosperar: una clase media ilustrada con el gusto bien educado. Los artistas no pueden vivir de su trabajo sencillamente porque, aunque sus obras lo merezcan, apenas encuentran quien pague por ellas.

La pasión de Antonio Rodríguez-Pina Cruz por el arte era real, no especulativa. Coleccionó (y lo sigue haciendo) a los artistas que suscitaron su interés y por mero afán artístico. Un ejemplo paradigmático de equilibrio entre vocación y profesión, de preservación de la pasión artística. Justo para eso nació La Tenada.