Última escala: La estela de Enrique Granados

Antonio Belda

Dejo con cuidado los HiFiMAN Ananda Unveiled sobre la mesa, con sus tapas bien ajustadas protegiendo la verdadera forma de escuchar música, y el silencio aún vibra con los últimos compases de Países soñados. El palacio encantado en el mar de Enrique Granados. Hay algo en esa música que permanece como una estela que no se extingue del todo cuando la obra termina. Y es precisamente en eso que perdura donde Marta San Miguel sitúa el punto de partida de su última obra, Última escala (Libros del Asteroide, 2026).

La novela arranca, en efecto, in extrema res, en el momento en que la biografía de Enrique Granados se desvanece en las aguas del Canal de la Mancha, el 24 de marzo de 1916. Ese día, el barco en el que regresaba a Europa junto con su mujer, Amparo, es torpedeado por un submarino alemán. En medio del pánico, con el hierro abriéndose y el agua helada ganando espacio, Granados se arroja al mar desde su bote salvavidas, sin saber nadar, para salvar a su esposa. Ambos desaparecen en las frías aguas, según los testigos, abrazados.

Pero detrás de esa escena late, y San Miguel lo insinúa con notable sutileza, una cadena de decisiones casi imperceptibles que hicieron que los Granados, que no debían haber estado en ese barco, acabaran formando parte de su pasaje. Su regreso a España se retrasó por una invitación del presidente Wilson para tocar en la Casa Blanca, lo que les obligó a modificar la ruta y a embarcarse en un trayecto más incierto, con el cruce del Canal desde Inglaterra. Es ahí, en ese punto en que un submarino alemán torpedea el barco, donde el destino parece encarnarse en decisiones que, hasta entonces, no eran más que elecciones cotidianas. El artista que vuelve del éxito, con el dinero de la gira ceñido al cuerpo, se hunde con todo aquello que una vida entera le había costado conquistar. Su música, sin embargo, permanece.

Así, a diferencia de las biografías convencionales, que avanzan linealmente desde la infancia hasta los últimos días del personaje, San Miguel invierte la dirección. Parte de un final saturado de significado para someter la vida de Granados a una paciente indagación que complete ese gesto con su verdadero espesor humano. En el fondo, la pregunta que articula el libro es sencilla y decisiva: ¿quién es este hombre capaz de un acto así?

A partir de ahí, la reconstrucción de la vida de Granados se articula mediante escenas breves, precisas, casi cristalinas. No hay en el libro una voluntad enciclopédica, sino la elección de aquellos momentos que iluminan una vida, pero sin agotarla en la explicación. Así, la infancia de Granados en San Miguel de Tenerife aparece envuelta en una calma suspendida, y la autora acierta especialmente al recrear ese mundo cálido, intacto y silencioso en el que el joven Enrique aprende a escuchar lo cotidiano. Más adelante, la Barcelona modernista y el Madrid de corte surgen como telones de fondo vivos, pero nunca invasivos, en los que el retrato del músico se perfila a partir de unos pocos trazos certeros: las dificultades económicas, una consagración tardía, la llegada de los hijos o la tensión entre el reconocimiento y la precariedad.

Es, sobre todo, en esa escritura atenta a lo sensorial donde el libro encuentra una de sus mayores virtudes. San Miguel no persigue tanto la exhaustividad de una cronología (aunque la haya) como la recreación de diferentes atmósferas. Hay huecos, elipsis, zonas no del todo iluminadas que invitan a quien lee a completar el trazo, a demorarse un poco más de lo previsto, a permanecer incluso después de cerrar el libro en ese espacio. Esa forma de sugerir es, a mi juicio, una de las mayores virtudes de esta obra.

Y ahí en esa habilidad de la sugerencia, casi sin hacerse notar, el agua deja de ser solo un final para convertirse en un leitmotiv de la vida de Granados. Hay en su figura una relación con el agua que es profundamente contradictoria. Le atraía, porque encontraba en ella una fuente de inspiración, pero al mismo tiempo la temía. Evitaba navegar siempre que podía y, además, no sabía nadar. Pese a todo, es ahí donde le termina conduciendo el destino.

En ese equilibrio entre lo que se cuenta y lo que se sugiere reside buena parte del atractivo de Última escala. Y quizá también la razón por la que, al terminarla, uno no siente haber leído una vida completa, sino haber entrado en contacto con algo más persistente. Como una melodía que, como Países soñados. El palacio encantado en el mar, invita a seguir escuchando.