Tierra de los hombres: Surcando un cielo estrellado
Antonie de Saint-Exupéry en Toulouse. Autor desconocido, vía Wikimedia Commons (Dominio Público).
Cuando viajo en avión suelo preferir sentarme en el lado de la ventanilla, desde ahí puedo observar cómo las ciudades se hacen cada vez más pequeñas hasta desvanecerse para ser sustituidas por un manto de nubes doradas. Cada vez que ese escenario se alza de nuevo ante mis ojos, vuelve a mi memoria Tierra de los hombres de Antoine de Saint-Exupéry. El libro es una recopilación de los artículos que publicó en la prensa francesa entre 1932 y 1938, donde narra sus aventuras surcando los cielos, pues además de poeta y escritor, fue también piloto comercial. Para él, volar y escribir eran una misma cosa, por eso no ha de extrañar al lector que se sumerja en sus páginas descubrir hasta qué punto la propia experiencia vital de este autor influyó en el cuento que le hizo mundialmente conocido: El principito. No obstante, lo interesante de Tierra de los hombres es que al leerlo uno se asoma a la faceta más íntima y desconocida de Saint-Exupéry, a su forma de ver la vida, a lo que para él significó ser aviador.
Saint-Exupéry se encargó de transportar la correspondencia francesa de un lado a otro del mundo, en un momento en el que desempeñar semejante tarea implicaba en numerosas ocasiones jugarse la vida, debido a que los motores de aquella época no ofrecían la seguridad que brindan los de hoy en día y corrían el riesgo de quedarse sin combustible antes de tiempo. Por este motivo, memorizaba los planos de los países que iba a sobrevolar antes de las travesías a fin de encontrar un refugio en caso de sufrir un accidente, y cuando caía la noche las estrellas eran su única guía.
Pese a todas las dificultades, a Saint-Exupéry el avión le sirvió no solamente para volar, sino para comprender con mayor profundidad a la humanidad; le acercó al espíritu universal que palpita en el corazón de todos los hombres que habitamos esta tierra: el campesino, durante su labor, arranca poco a poco algunos secretos a la naturaleza. Y la verdad que extrae es universal. También el avión, el instrumento de las líneas aéreas, involucra al hombre en todas las viejas cuestiones. Lo anterior adquiere un sentido si se tiene en cuenta que antes de que WhatsApp y las nuevas tecnologías aparecieran, las cartas eran uno de los pocos medios con los que la gente contaba para recibir noticias de sus seres queridos, así que todas sus inquietudes, sus impulsos, era a los pilotos a quienes se los confiaban al salir el sol. Para Saint-Exupéry ahí radicaba la grandeza de su profesión, porque lo que amaba de ser aviador no era el peligro, si no la vida en sí misma; lograr que el correo llegara a sus destinatarios era el hilo invisible que le unía a los hombres. También la amistad que entabló con sus camaradas, pues ellos le enseñaron el valor de las relaciones humanas y le hicieron ser consciente de su papel en el mundo.
El 31 de julio de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, Saint-Exupéry partió en un vuelo de reconocimiento desde su base de Córcega. Desde entonces, nadie volvió a saber de él, desapareció en el firmamento que un día fue testigo de sus pasos. Pero nos queda Tierra de los hombres como testimonio de dos de sus grandes pasiones: la aviación y la escritura. Con cada relectura, me pregunto cuál es para mí ese vehículo que me empuja a estar más cerca de los demás; así como, si el resto de la gente, por ejemplo, tú, querido lector, tienes también un avión que te guía en la incertidumbre, en la oscuridad, hacia el calor humano. Por eso te recomiendo este libro, para que en esas noches en las que ningún astro brilla en el cielo, Saint-Exupéry te acompañe en tus travesías cuando estés lejos de casa y te ayude a regresar si alguna vez no encuentras el camino de vuelta.
