Summa contra camisetas
Fernando Mínguez
L'Homme au balcon, boulevard Haussmann. Gustave Caillebotte (1848-1893). Christie’s.
“Nulla aesthetica sine etica” parece que escribió en la pizarra el profesor José María Valverde cuando en solidaridad con José Luis López Aranguren ─catedrático de ética─ y otros profesores separados de sus cátedras en la Complutense por apoyar las protestas estudiantiles de mediados de los 60, renunció a su cátedra de estética en la universidad de Barcelona.
Y el caso es que el brocardo funciona también perfectamente al revés: nulla etica sine aesthetica. Lo bueno y lo bello están íntimamente relacionados. Y no se sabe bien qué precede a qué. Donde no se aspira a lo bello, no se busca lo bueno y viceversa. ¿Está el que vayamos de cráneo en tantas cosas relacionado con nuestra creciente tolerancia a la fealdad y al desorden? Está, está. Al menos, yo así lo creo. Creo firmemente en la “teoría de la ventana rota”: allí donde se degrada la estética del vecindario, aumentan las conductas criminales e, incluso peor, las faltas de educación.
Algunos opinadores han llamado ya la atención sobre ello: en pocos terrenos es más evidente la involución estética que nos aqueja que en el de la moda masculina. Sobre todo, en verano. Como ha dicho alguna vez el gran Bill Nighy ─no solo excelente actor, sino referente de estilo─, si se tomaran al azar, digamos treinta varones adultos en una calle cualquiera un día cualquiera, apenas tres irían correctamente vestidos; si el mismo ejercicio se hubiese hecho a finales de los años cuarenta del siglo pasado, prácticamente todo el mundo iría vestido con corrección. “Correctamente vestido” quiere decir con prendas adecuadas a la complexión del sujeto, la situación, qué se esté haciendo o qué se vaya a hacer, la hora del día y, por supuesto, la climatología.
Más allá de que los grandes dandis y esos personajes a los que nunca vimos mal vestidos ─de Cary Grant a Gianni Agnelli, pasando por el duque de Windsor (se puede ser un simpatizante nazi, una vergüenza para tu dinastía y aun así dar nombre a un nudo de corbata)─ consiguieran elevarla a la categoría de arte, la cuestión de la vestimenta masculina era, tradicionalmente, una cuestión de códigos. Bastante elementales, por cierto. Y cuya máxima principal era la de no llamar nunca la atención, mediante el sencillo expediente de ponerse en cada caso lo que las normas prescribían. “Elegante” y “adecuado” eran más o menos sinónimos. La primera regla era, y es, la de que no se viste igual para todo. No es lo mismo el verano que el invierno, el día que la noche, la intimidad del hogar o la reunión con amigos que un lugar público, el trabajo que el ocio o, en fin, la actividad ordinaria y la deportiva. La segunda máxima ─y aquí vemos la conexión entre ética y estética─ era, y es, la de que el decoro y el respeto debido a personas y entornos iban siempre por delante de la comodidad personal. Nunca fue demasiado difícil porque, ya digo, un caballero que mereciese tal nombre siempre supo qué se tenía que poner, sencillamente porque el rango de opciones disponible era muy limitado. Y las reglas, además, para mayor simplicidad, no solían conocer excepciones: no se lleva un traje claro sin luz de día, no se usa calzado deportivo con prendas formales, y quitarse la chaqueta ─si se ha salido de casa con ella─ es siempre y en todo lugar lo mismo que quitarse los pantalones. No es no y nunca es nunca. Fácil. ¡Ah! y “bajar a por el pan” es una actividad pública, no privada.
El caso, como digo, es que uno no se viste, o no se viste solo, para sí, sino que lo hace también para otros. Por eso, por ejemplo, la ropa deportiva fuera de su uso propio ─la práctica del deporte, exclusivamente, porque no tiene ni puede tener otro─ es más que una aberración estética: es, sobre todo, una señal de desprecio a las convenciones y a los demás.
Ese desprecio puede ser perfectamente consciente. ¿Por qué los representantes de ciertas ideologías eluden cuidadosamente vestirse como se debería en el Congreso o cuando visitan al Rey, pero sí se ponen un esmoquin ─raramente de su talla─ para ir a los aquelarres del cine patrio ─esos tostones espantosos que se denominan “galas”, que suelen ser el colmo de lo casposo, por lo demás─? Pues porque hacen alarde de su desprecio de la convención en el primer caso, pero no tienen inconveniente en atenerse a ella en el segundo. Luego distinguen, claro. Zarrapastrosos, sí, pero no del todo ignorantes, o no necesariamente. Y eso, paradójicamente, les vuelve recuperables.
La cuestión se vuelve más grave cuando se deja de distinguir. Es decir, cuando se deja de sospechar que quizá, solo quizá, puede no ser una buena idea ir a un acto en el palacio de la Zarzuela sin corbata o, ya puestos, ir a clase de química en el instituto ─o impartirla─ con una camiseta sin mangas (o con ellas, en realidad, pero eso sí que es una batalla perdida). Alguien que se presenta en bermudas a una cena en un lugar a 500 kilómetros del mar “porque hace calor” y, por tanto, cree a pies juntillas que la única regla válida es la de la propia comodidad no sufre una enfermedad estética, que también, sino un desvío ético: los demás han pasado a ser invisibles, no desempeñan papel alguno en su consideración. Quien así piensa no se viste de ese modo para ofender, como nuestro cretino ideologizado, sino que está un escalón moral por debajo, incluso.
No vale como descargo el manido recurso a que “los tiempos cambian” o “las costumbres se relajan”. Hay que decir que, en parte por desgracia, así es, claro. Los códigos mudan. Hoy, en general, no se usa sombrero; la paleta de colores admisible ─incluso en climas templados─ se amplía; se puede salir a la calle en mangas de camisa, o sea, en ropa interior ─sí, eso es la camisa, ropa interior, por eso la expresión “en mangas de camisa” denotaba una informalidad extrema─ y se visten bermudas mucho más de lo que los dermatólogos considerarían deseable. Y, claro, hay modas. Pero, como en otros campos del arte y la estética, siempre hay quien quiere dar gato por liebre y hacer pasar por evolución lo que es implosión. No es lo mismo la evolución de las convenciones que el cese de toda convención, y esto vale para la moda masculina y para el derecho constitucional, si bien se piensa. Nada en este mundo justifica vestir una camiseta de fútbol salvo, claro, que se vaya a jugar al fútbol ─ es más, que se vaya a ingresar al terreno de juego de forma inmediata, tras el calentamiento.
Hay cosas en esta vida que son discutibles o sobre las que puede caber legítima duda; por ejemplo: si existe Dios, qué es una nación, si es cierta la hipótesis de Riemann o si están más ricas las gambas de Huelva o los langostinos de Sanlúcar. Otras, sin embargo, pertenecen, como decían los redactores de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, a la categoría de las verdades autoevidentes; entre ellas, que solo se puede descreer cabalmente del Catolicismo romano ─cualquier otra versión del cristianismo es patentemente falsa y no hay mejor prueba que su birrioso desempeño estético, con la música de Bach como única posible concesión (un amigo mío sostiene la tesis de que el Kantor era un criptocatólico, por razón de lo excelso de su música, incompatible con la ramplonería natural del protestantismo)─; que no hay, ni habrá, mejor tenor que Alfredo Kraus; que la carbonara no lleva nata; que el arte de Damien Hirst no es arte sino una tomadura de pelo; que no existen, o no deberían existir, las camisas de manga corta salvo en ciertas uniformidades militares y que, por supuesto, ni el reguetón es música ni el chándal una prenda de calle. Quien sostenga lo contrario no solo tiene un problema estético, sino que se asoma a un insondable abismo moral. Que no digan que no están avisados.
