Soria, la inadvertida

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Antonio Machado, en su soledad hipocondríaca y en su genialidad lírica recordaba Soria cuando recordaba a Leonor:  "Colinas plateadas, grises alcores, cárdenas roquedas". Y todo lo que le cantaba a su amada se lo cantaba a Soria, y todo lo que cantaba a Soria se lo cantaba a su amada. 

Aquella Soria por la cual pasa el río que encierra tantas palabras de amor. Los grabados de iniciales y fechas que ya entonces, cursi y encantadoramente, recordaban la tontería de los enamorados que se miran arrobados a los ojos, como si no hubiera nada más que ver en el mundo. 

Pero todo no han sido en Soria palabrerías románticas y murmullos pacíficos. El carácter numantino se forjó en su pertinaz resistencia a la conquista romana, que aún se recuerda orgullosamente como seña identitaria de la ciudad, quizá un reflejo de nuestro atávico rechazo a ser conquistados por las modas extranjeras. Siglos después, aquella fiereza fue devoción, hecha piedra en los arcos entrelazados del claustro de San Juan de Duero, y la sencillez noble y rural de San Polo.

Es la Soria pueblerina y pequeña, encerrada en sí misma y en la piedra. Y es la Soria de la cual salieron empresas hasta la otra parte del mundo. De aquellos castellanos valientes y castizos que de repente se veían recorriendo continentes y aprendiendo lenguas y culturas inverosímiles, mientras llevaban nuestra cultura y nuestra lengua en los versos, en las oraciones y las tradiciones.

Soria encierra tanto del alma española: sobria, fría y apasionada. Encantada en la naturaleza fluvial que mece sus hojas al son de la brisa, y que cubre sus montes pardos de nieve cuando llega el invierno, con una vista lejana y majestuosa hacia el Moncayo. Es la Soria de Antonio y Leonor, cuando aún creían en la vida, y cuando la iban viéndose desvanecer entre las manos igual que el invierno descuaja en primavera, irremediablemente.

Es también la Soria que aquellos queridos humoristas de Martes y trece ejemplificaban graciosamente como la España vacía, cuando uno disfrazado de periodista cursi y el otro de folklórica repelente, le decía: "Paca, hija, tú te haces una gira por Soria y te forras". Mientras que "la otra" fruncía los labios con fingido regocijo, haciendo así un guiño risueño a su soledad. 

Hoy esta España retirada la recorren los dentistas, que hacen giras por los sitios más insólitos para adquirir experiencia mientras se hacen un nombre en Madrid. Y quizá algunas cigüeñas y el ganado trashumante, que tiene el gusto de pasar por la Gran Vía y también por muchos caminos de Castilla. Y algunos turistas despistados, no muchos, porque aquello es realmente remoto y casi trágicamente desconocido.

No podemos, sin embargo, dejar de conmovernos por la belleza de su paisaje, por todo lo que esta ciudad medieval nos dice a nuestra alma española, que se sabe heredera de tanta tradición castellana. Y que en la medieval Soria regresa al mundo del Lazarillo, del Diablo Cojuelo, y a los lances de caballeros embozados, hasta que se prohibió el embozo. Que tiene tanto del alma melancólica de Delibes y de su lucidez al describir la desvaneciente sociedad castellana de la posguerra. 

Es esta Soria que, en su parvedad, nos hace volver los ojos a la naturaleza, ya tan lejana de casi todas nuestras ciudades, y que nos despierta nuestro ser más pensativo. Con ellas nos sentimos, otra vez, como aquel "feo, católico y sentimental" Marqués de Bradomín. A nosotros, tan metidos estamos en las modas y en los estrépitos de la capital, que a veces olvidamos que nuestro corazón, quizá, pertenece más a aquellos lugares ya casi olvidados, de los que tal vez nunca terminó de irse.