See you down the road
La película termina y la pantalla queda ocupada durante unos segundos por un paisaje vacío.
Ya no está Fern. Ya no hay nadie a quien seguir. Sólo una luz suave sobre la tierra parcialmente nevada, el murmullo de la música y ese silencio particular que algunas películas dejan cuando han dicho todo lo que tenían que decir.
Los créditos empiezan a ascender lentamente.
Podría levantarme, encender una luz o mirar el móvil. Sin embargo, permanezco sentado unos instantes más. No porque necesite entender lo que acabo de ver. Ni porque espere encontrar al final de los créditos un final oculto que le dé sentido a todo. Es algo mucho más sencillo.
Es como regresar de un viaje. Como cuando vuelves a casa después de varios días fuera y durante un rato todo te resulta ligeramente extraño. No porque haya cambiado nada, sino porque el que ha cambiado eres tú. El cuerpo ya está aquí, pero la mirada todavía no.
Mientras aparecen los nombres de los actores, sigo viendo las carreteras infinitas del oeste americano. Sigo viendo el amanecer filtrándose por la ventana de una furgoneta. Sigo sintiendo el viento sobre el desierto y esa mezcla de soledad y libertad que acompaña a Fern durante todo su camino.
Entonces comprendo algo. Durante dos horas no he seguido una historia. He acompañado una vida. Y quizá por eso la película permanece dentro de mí de una manera distinta.
Fern ha perdido casi todo aquello que solemos utilizar para construir una existencia. Ha perdido a su marido. Ha perdido su trabajo. Ha perdido la ciudad donde había levantado su hogar. Ha perdido, en cierto sentido, el mapa que le permitía ordenar su mundo.
Pero, mientras la observaba recorrer kilómetros de carreteras, empecé a sospechar que la verdadera pérdida no era ninguna de esas. Lo que Fern ha perdido es la ilusión de permanencia. Esa confianza silenciosa con la que vivimos creyendo que las cosas importantes permanecerán siempre donde las dejamos y nunca cambiarán.
Y quizá ahí resida la fuerza de Nomadland. Porque la película habla de Fern, pero en realidad nos habla de todos. Todos hemos conocido alguna pérdida. Todos hemos visto desaparecer personas, lugares, proyectos o etapas que parecían llamadas a durar para siempre. A veces ocurre de manera brusca. Otras lentamente. Un día descubrimos que la vida que creíamos sólida estaba construida sobre una materia mucho más frágil de lo que imaginábamos.
Sin embargo, Nomadland no contempla esa fragilidad con amargura. La contempla con ternura. No hay reproche en las miradas que aparecen. Tampoco hay rabia. Sólo una aceptación serena de algo profundamente humano. La vida cambia. Las cosas terminan. Las personas se marchan. Y, aun así, seguimos adelante. Esa es, quizá, la primera verdad que la película nos susurra.
A medida que avanza el viaje, también cambia nuestra comprensión del hogar. Al principio parece evidente que Fern ha perdido su casa. Al final ya no estoy tan seguro. Porque la película empieza a distinguir entre una casa y un hogar. Una casa es un lugar. Un hogar es una forma de estar en el mundo y de habitarlo.
Y poco a poco uno descubre que Fern sigue llevando consigo algo de aquello que amaba. Lo lleva en sus recuerdos, en sus costumbres, en las pequeñas cosas que conserva dentro de la furgoneta, en la memoria de quien fue su marido y en los lugares a los que vuelve una y otra vez, aunque sepa que ya no son los mismos.
Hay una enorme delicadeza en esa idea, pues quizás nunca perdemos del todo aquello que ha formado parte de nosotros. Quizás ciertos lugares continúan existiendo mientras siguen habitando nuestra memoria. Quizás determinadas personas siguen acompañándonos incluso después de haberse marchado.
Por eso la naturaleza tiene una presencia tan importante durante toda la película. Los desiertos, las montañas y los grandes horizontes aparecen constantemente ante nuestros ojos. Pero no son decorados. Son compañía. Mientras las construcciones humanas nacen y desaparecen, el paisaje permanece. No elimina el dolor de Fern, tampoco resuelve sus problemas, ni le devuelve aquello que ha perdido. Simplemente está ahí. Y de algún modo esa presencia basta.
Contemplando esos espacios abiertos, resulta difícil no pensar que existe algo profundamente reconfortante en formar parte de una realidad mucho más grande que nosotros mismos. Una realidad que no depende de nuestros éxitos ni de nuestros fracasos. Una realidad que sigue respirando, silenciosa, mientras nosotros atravesamos nuestras propias tormentas.
Quizá por eso los encuentros con los otros nómadas resultan tan conmovedores. Todos ellos arrastran pérdidas semejantes. Sin embargo, raramente se presentan como víctimas. No buscan compasión, sino compañía. Alrededor de una hoguera, compartiendo una comida o intercambiando unas pocas palabras, descubren algo esencial. Que la vulnerabilidad no sólo nos hace sufrir. También nos acerca. Porque cuando dejamos de fingir que somos invulnerables comenzamos a reconocernos unos a otros con una profundidad distinta.
Y entonces aparece, silenciosamente, el último tema de la película. La muerte. No la muerte espectacular que tanto le gusta mostrar al cine, sino la muerte cotidiana que acompaña toda vida humana. La de quienes amamos. La de los lugares que desaparecen. La de las etapas que concluyen. La de las versiones de nosotros mismos que ya no volverán.
Sin embargo, incluso aquí, Nomadland se niega a instalarse en la tristeza. Porque sus personajes parecen comprender algo que a menudo olvidamos. Que el amor deja huellas más profundas que la ausencia. Que la memoria desafía al tiempo.
Por eso, cuando la película termina, uno no siente tristeza. Tampoco alegría. Se siente algo más difícil de describir. Una especie de paz que aparece cuando dejamos de exigir a la vida que sea permanente y empezamos a agradecer que sea.
Quizá sea ésa la verdadera sabiduría que Fern va descubriendo a lo largo de su viaje. No aprender a perder (nadie lo aprende realmente), sino aprender a amar incluso aquello que sabe que un día desaparecerá.
Los créditos siguen avanzando. La pantalla continúa iluminando la habitación oscura. Y entonces comprendo por qué Nomadland deja un eco tan persistente. Porque no es una película sobre una mujer que vive en una furgoneta. Es una película sobre la posibilidad de seguir encontrando belleza en un mundo frágil. Sobre la posibilidad de seguir abriendo el corazón después de la pérdida. Sobre la posibilidad de seguir caminando.
Cuando finalmente me levanto del sofá, tengo la sensación de que el viento del desierto sigue soplando en algún lugar lejano. Las carreteras continúan extendiéndose hacia el horizonte. Fern sigue avanzando. Y, de algún modo, todos nosotros seguimos avanzando con ella. No como propietarios de la tierra que pisamos, ni como dueños del tiempo que se nos concede. Sino como viajeros. Como peregrinos. Como seres humanos que, aun sabiendo que todo es transitorio, siguen encontrando razones para ponerse de nuevo en camino.
