Samuel: Solo importan las cosas del principio
Paloma Carrión
Fotograma de la serie “Samuel”, Emilie Tronche, Netflix.
Hay lugares a los que uno querría volver continuamente y cuyo recuerdo, aunque se desvanezca con el paso de los años, nunca dejará de perseguirnos, vayamos donde vayamos o hagamos lo que hagamos. Entre esos lugares predilectos se encuentra la niñez: ansiamos regresar a los “días azules y al sol de la infancia”, y cuando ese sol roza de nuevo nuestras mejillas, brotan una a una, al igual que si estuviéramos en un duermevela, imágenes borrosas que nos transportan a los paseos en bicicleta, a los arañazos en las rodillas por jugar sin cuidado, en unos veranos que no tenían fin y en los que recargábamos las pilas para afrontar la llegada de un nuevo curso escolar. En mi caso, la mayoría de esos recuerdos se tejieron precisamente en el colegio: En sus interminables recreos, donde jugábamos a polis y cacos, a las cartas, intercambiábamos pegatinas y hacíamos rodar las peonzas por el suelo; en las clases de música tocando algún instrumento o en las de gimnasia jugando al balón prisionero; en las fiestas de fin de curso, en las funciones de Navidad, y en los gélidos días de invierno, en los que veíamos películas o volvíamos a clase completamente empapados por haber salido al patio a bailar bajo la lluvia.
Ver la serie de animación Samuel, creada por Émilie Tronche, ha sido como abrir de golpe esa caja escondida en el fondo del armario, cubierta de polvo, pero en la que sobreviven esos pequeños retales de lo que fue nuestra infancia. Samuel es un niño de diez años, que narra por medio de su diario el devenir de sus días, sus jornadas escolares y sus vacaciones, sus amistades y su primer amor… Pero también las diferentes emociones que brotan en su interior tras cada una de esas experiencias, dejando constancia de todo lo que conlleva el paso de la infancia a la adolescencia. Por un instante, me pregunté si no habría estudiado Emilie Tronche en mi colegio, debido a la gran similitud que hallé entre las vivencias de Samuel y mis propios recuerdos. Es lo mágico de la serie y lo que la hace universal, que la directora consigue que no se trate únicamente del diario de Samuel, sino que ese diario es también el de los niños que fuimos todos nosotros; especialmente la gente de mi generación, pues transcurre a comienzos de milenio.
Samuel está compuesta por veintiún episodios, que duran entre cuatro y cinco minutos. Tuve la suerte de poder verlos de forma íntegra el pasado mes de marzo, en la Cineteca de Madrid. A la proyección acudió la directora, quien al presentar la serie confesó que la idea surgió poco antes del confinamiento, y que meterse de lleno en el proyecto le ayudó a sobrellevar esa época. Tronche trabajó en Samuel durante tres años, y en su cuenta de Instagram (@emilietronche) fue compartiendo con sus seguidores el proceso de creación, pues fue ella quien pintó los dibujos, dio voz a los personajes y eligió las canciones. Además, en una entrevista contó que para desarrollarla se inspiró en sus propios recuerdos, pero a diferencia de lo que sucede con Samuel, ella nunca tuvo un diario; para evocar su niñez, Tronche regresó a la ciudad donde nació, paseó por sus calles, se dejó envolver por su olor y visitó la escuela que la vio crecer. Gracias a Samuel, he podido verme de nuevo en el patio de mi colegio y revivir esos momentos que estaban algo olvidados, pero a los que siempre es un placer regresar, porque al final solo importan las cosas del principio.
Al final no pensamos ni recordamos nada
que no sea el principio. La memoria es así.
Huyen los nombres propios del presente, las fechas
próximas en el tiempo, y regresan los nombres
del pasado, las frases que en la niñez remota
hirieron o salvaron. Y vuelve aquella niña
de las trenzas de oro a quien contabas cuentos
en el sillón de orejas del salón, y los naipes
con figuras de músicos ilustres que tu padre
te trajo de Alemania (…)
y la bici BH con que ibas por el mundo
(que era entonces pequeño) las tardes de verano…
Estos días azules y este sol de la infancia:
al final solo importan las cosas del principio.
El fin es el principio - Luis Alberto de Cuenca
