Por fin puedo empezar a vivir como un humano
Canaletto, Roma: Ruinas del foro c. 1740-6 Oleo sobre lienzo , 61.0 x 95.3 cm, Royal collection trust.
Más allá de las ruinas y del repertorio de cúpulas, fuentes, obeliscos y fachadas, Roma entra por donde no la esperan: por el oído, por la piel, por la mirada y por una respiración que, entre sus colinas, cambia de ritmo sin pedir permiso.
Entra con gaviotas que sobrevuelan, blancas, tus pensamientos; con el aroma de resina que el sol arranca a los pinos; con sirenas que atraviesan la tarde como si la eternidad también las necesitara; con micrófonos de guía turístico y cláxones; con el aroma y el sabor de un ristretto que rápidamente se funde con el incienso que se escapa de la puerta entreabierta de una iglesia, una ráfaga de pop italiano de los setenta y el susurro cómplice de dos enamorados frente a Termini. Y entonces, entre ese bullicio, aparece algo más antiguo que la piedra y más frágil que el deseo. Un suspiro espontáneo, casi vergonzoso. El reconocimiento de que hay ciudades que le recuerdan a uno que todavía no ha aprendido a mirar.
Y es que Roma no ofrece una bienvenida, sino una prueba. No pregunta quién eres, sino cuánto ruido llevas dentro, cuánta prisa te gobierna y, sobre todo, cómo de sincera es tu búsqueda antes de levantar la vista de verdad. Porque en Roma todo parece suceder al mismo tiempo y, sin embargo, nada termina de ocurrir del todo. La fila de turistas avanza con la paciencia del rebaño; las pantallas de los teléfonos levantan una muralla entre el ojo y la obra, como si la belleza necesitara el permiso de un cristal para tocar a nadie. Es esa una forma de mirar raquítica, una emoción que parece ocurrir en una placa de chip antes que en la sangre. Roma, mientras tanto, permanece al otro lado con una paciencia mineral, esperando a que el visitante se canse de fotografiar para empezar, por fin, a ver.
Quizá por eso la ciudad hiere con dulzura a quien la sabe contemplar. Su grandeza no consiste únicamente en acumular siglos, sino en una forma refinada de administrar el envejecimiento. No disimula la arruga, sino que la ilumina; la piedra no pretende ser joven, sino que acepta su desgaste con la soberbia tranquilidad de quien ha comprendido que la verdad profunda es hermosa.
Pero ni siquiera ahí se agota la ciudad. Porque, aunque a veces el barullo del turismo de masas pueda distraer esta contemplación, basta apartarse un segundo del eje de los grupos y escuchar cómo el eco se posa en una capilla lateral o advertir la respiración lenta de una anciana que desgrana su rosario para comprender que todavía queda una intimidad intacta. Es ahí donde Roma exige aceptar que la razón no basta para descubrir sus secretos y arrodillarse ante aquello que solo se revela a quien admite no poseerlo.
Quizá ese sea el verdadero escándalo de Roma en una época de fotografía bulímica: la ciudad no se deja devorar del todo. Uno puede coleccionar fachadas, cúpulas, perfiles al atardecer, reflejos en el agua, sombras de estatuas, y aun así regresar con las manos vacías de lo esencial. Lo esencial sucede en otra velocidad. Sucede en esa hora en que la ciudad parece cansada de representar su papel y, precisamente por eso, se vuelve más verdadera. Entonces se comprende que Roma no fue hecha para impresionar, aunque impresione, sino para insistir, para quedarse vibrando por dentro como una campana que ya ha sonado y, sin embargo, sigue llenando el aire.
Al final, lo que uno se lleva de Roma no es una ciudad, sino una modificación del pulso. Se va con el oído lleno de voces superpuestas, con el cuerpo todavía tocado por el mármol frío, con una mezcla de pimienta, café y helado adherida a la memoria, con la sospecha de que la belleza no siempre consuela, pero sí ordena de otro modo la herida. Se va sabiendo que Roma es capaz de la saturación y del silencio, de la máscara y de la revelación, del ruido que aturde y de esa súbita pausa en la que algo, por dentro, encuentra su sitio. Y cuando después se la recuerda, vuelve como una claridad extraña, hecha de piedra y de agua, de comercio y de plegaria, una claridad que no responde a ninguna pregunta concreta y que, aun así, deja la vida un poco más abierta. Tal vez eso sea Roma, no una respuesta, sino una ciudad que nos enseña, verdaderamente, a vivir como un humano.
