Pues sí, Feliz Navidad
Ilustración: Isolda de la Quadra Salcedo
La Navidad no es para todos. Sin querer caer en la demagogia, me imagino múltiples escenas que harían de la Navidad lo que un concierto de música electrónica a un refinado octogenario francés: una madre agobiada económicamente por regalar a su hijo el nuevo juguete de moda, un diabético, un marido que ha de lidiar con la insoportable familia de su mujer o incluso aquel que no tenga a nadie con quien lidiar. Yo, personalmente, siempre he tenido el producto más codiciado del mercado, me he atiborrado a roscón con chocolate caliente y, por suerte o por desgracia, todavía no tengo una esposa que haya conocido a mi familia. En definitiva, me encanta la Navidad.
Siempre me ha parecido que la Navidad tiene su punto de romanticismo. La gente se esfuerza por ser mejor persona y aprovecha estas fechas para proponerse metas personales que no han tenido tiempo de plantearse antes, como si ser un cabroncete el resto del año entrase dentro de lo aceptable. Hay luces, nieve, chimeneas y villancicos. ¿De qué viven las pistas de hielo los otros once meses del año? ¿Y Bisbal?
El cine también tiene su parte de culpa en todo esto. Revisar la cartelera a finales de diciembre y no encontrar ni una sola película de temática navideña, sería algo así como ir a la playa en agosto y no ver a los veraneantes extranjeros con sus chancletas de mercadillo, sus altavoces gigantescos y su piel abrasada por el sol. Y aunque en el fondo detrás de esas películas se esconda única y exclusivamente el propósito de cobrar el aguinaldo, creo firmemente que también hay directores que rodaron sus películas con la pularda en el horno y el champán enfriándose en la nevera. Sin ir más lejos, la preciosa The Holdovers (Alexander Payne, 2023) es una de esas películas que nada más salir los créditos te entran ganas de besar a tu abuela y comprarte un jersey de renos rojo. No obstante, si de películas navideñas va el tema, no concibo otra que no sea ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946).
¡Qué bello es vivir! la descubrí más tarde que pronto (aunque ya puestos, no cabe la afirmación contraria). Desde entonces, cada Navidad vuelvo a acudir a ella como un veterano de guerra regresa a los brazos de la mujer que dejó atrás. Es mi pequeño ritual navideño: me acurruco en el experimentado sofá de casa (ahora con Isoldiña), apago las luces excepto la estrella del Belén, y redescubro la historia de George Bailey; ese hombre tan hombre interpretado por un James Stewart en estado de gracia.
Para quien no haya tenido la oportunidad de verla, ¡Qué bello es vivir! cuenta la historia de un luchador al que el día de Navidad se le acaban las ganas de luchar, y es en ese momento cuando un ángel baja del cielo para recordarle que aún quedan muchas batallas pendientes. No, no me he vuelto extremadamente cursi, es verdaderamente de lo que trata. Y para quien la haya visto, le animo a seguir el mismo ritual que yo sigo. Estoy convencido que tendrá algo nuevo que enseñarle.
¡Qué bello es vivir! es una película espiritual, emotiva en el buen sentido de la palabra, y una película que retrata aquello tan cierto que ya cantaba Pablo Milanés: “la vida no vale nada si no es para perecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama”. La Navidad no es para todos, eso está claro, pero ¡Qué bello es vivir! desde luego que lo es.
Por último, no quería terminar mi artículo sin antes desear una Feliz Navidad a todos aquellos pastorcillos que se refugian del mal tiempo en La Tenada, aquí uno de ellos. Espero que el siguiente año puedan cumplir todos sus propósitos y que, si en algún momento estos se les agotan, hagan como George Bailey y lancen piedras contra una ventana hasta que los propósitos vuelvan.
Y especialmente a ti, Feliz Navidad Martita.
