La ruta de los pueblos negros, bota sobre ceniza
Los pinares suelen ser bosques oscuros, de copas apretadas entre sí, que no dejan que la luz atraviese hasta el suelo. En este caso, en el pinar que tengo delante, aunque el sol atraviesa sin problema las copas desnudas y llega hasta el suelo, la oscuridad no viene de la sombra, sino del carbón. Estoy en Navas de Jadraque, en el centro del incendio que desde el pueblo de La Mierla asoló la Sierra Norte de Guadalajara este pasado mes de junio. Estoy siguiendo la estela de uno de los incendios que, como cada año, han rajado este verano el mapa de España. Subo por la ruta de los pueblos negros, nombre premonitorio, camino de la ermita del Alto Rey, el punto más alto de la zona, también afectado por el fuego. Una peregrinación pagana por una comarca calcinada.
He elegido La Mierla al azar. Conozco la zona, pero nada me ata a estos montes. Si buscase hurgar en la herida hubiera ido directo al incendio que quemó el monte de Manjirón y Sieteiglesias, en Lozoyuela, una zona que conozco como la palma de mi mano, que he paseado desde que aprendía a andar, un campo en el que sé cómo había sido el antes del después que hoy vería. Podía haber ido al Burguillo, al Valle de Iruelas, a la zona de San Martín de Valdeiglesias y Pelayos de la Presa, o a Niebla, a la Vall d’Uixó, a Los Gallardos o a cualquier otro de los rincones en los que más de 300.000 hectáreas han ardido este verano (equivalentes a un tercio de la comunidad de Madrid o cinco veces su término municipal, treinta veces el término de Barcelona, 54 veces la zona protegida del Parque Nacional de Doñana, 880 Central Parks…).
Quería atestiguar, bota sobre ceniza, las secuelas del que es uno de los mayores problemas no naturales, no de conservación, sino sociales y políticos del momento actual. Desde el gran éxodo rural que vació el campo español entre 1950 y 1975, la superficie forestal ha crecido considerablemente. Todas las siembras y huertas en laderas y zonas incómodas o improductivas fueron abandonándose hasta que las parcelas restantes se concentraron en las vegas y los aledaños de los pueblos. De 24 millones de hectáreas de superficie forestal estimada en 1950, hemos pasado a 28 millones actualmente. Además, en 1950 poco menos de la mitad de la superficie forestal era no arbolada, monte bajo asociado al pastoreo; esa proporción se ha visto modificada por el abandono de la gestión tradicional del monte. De menos de la mitad en 1950, el bosque ha pasado a ocupar el 70% de la superficie forestal total. Contamos con un patrimonio natural sin igual en cantidad y calidad, diverso desde Ordesa hasta Sierra Morena y desde Valsaín a Garajonay, y aparentemente, debido al abandono, en constante expansión.
La cara B de esta moneda es la de los incendios. En los últimos 50 años, desde el año que dio fin a ese ciclo de abandono rural, ha ardido, en superficie acumulada, el equivalente al 30% de la superficie forestal actual (1). Más de 8 millones de hectáreas. En 2025 la superficie quemada rozó las 400.000 hectáreas. Se tiene constancia, además, de que más de la mitad de los fuegos son intencionados (2). Desde dentro de un bosque quemado, la gravedad del delito se hace equivalente a la bélica política de tierra quemada; en el caso de Guadalajara, la mancha negra se extiende en línea recta más de 40 kilómetros.
Continúo la senda del fuego, que avanzó hacia el noreste empujado por el viento. Cruzo manchas sueltas que fueron pinar y jaral, atravieso monte abierto de encinas quemadas, jaras quemadas y brezos quemados, de camino a El Ordial, y me acerco hasta Aldeanueva de Atienza, más arriba, guarecido en un húmedo melojar que por suerte, en esta zona, sí se ha salvado. De camino, en las laderas yermas se descubren las sendas de los animales, ciervos, corzos, jabalíes, lobos, antes secretas, siempre tapadas entre las jaras, hoy al descubierto.
En la Constitución, en el Artículo 45, nos dimos el derecho a un medio ambiente adecuado, y establecimos el deber de conservarlo. No puedo estar más lejos de las motivaciones indigenistas que llevaron a la inclusión de la naturaleza como sujeto legal en las constituciones de Ecuador (2008) y Bolivia (2009), ni comulgo del todo con los postulados de Arne Naess y su Ecología Profunda, que busca el igualitarismo biosférico, la igualdad en derecho de todas las cosas naturales. Pero quizá nuestros bosques merezcan una consideración legal más digna, una protección que los eleve de la mera yesca que hoy parecen ser. Buceando (de manera somera) en jurisprudencia, la condena más elevada por delitos de incendio forestal ha sido de ocho años de prisión, y fue por haber dañado viviendas e instalaciones particulares. El delito está tipificado con hasta seis años de prisión para incendios graves. Las siguientes condenas más elevadas no pasan de los cuatro años. La mayoría se ha resuelto en torno a los dos años de prisión para el culpable. En un número aún mayor de casos, no se ha podido probar la culpabilidad del supuesto autor. En un momento dado, el puertohurraquismo ibérico del te quemo la finca porque este año no me has contratado para la aceituna, prendo el pinar porque te has quedado con la explotación maderera o porque me quitaste el coto de caza, sale a cuenta.
Desde Aldeanueva de Atienza asciende ya el último trecho de carretera hacia la cumbre del macizo del Alto Rey, que desde el pueblo es una mole negra coronada por cantos graníticos. El matorral de montaña, enebros y piornos de formas imposibles, aplastados contra el suelo por el viento, suben la ladera, negros, hacia la ermita.
En la ermita se ve cómo el incendio consiguió subir el macizo y atravesarlo. La mancha negra se extiende hacia el norte, pasado el monte que, desde abajo, parecía contener el valle, y salta hacia Atienza y los pueblos que lindan con Soria. En ese siguiente valle, el del río Bornova, en la zona en que la ladera de pinos deja paso a los campos de cultivo se consiguió cortar el fuego, aún seis kilómetros más al norte de la ermita.
Vivimos en el tiempo del fuego (3); los incendios son, avivados por el cambio climático, más graves, más cálidos, más destructivos y más difíciles de combatir: no encuentran humedad en la hojarasca ni frescor nocturno que los ralentice. Es urgente hacer hablar a los expertos en gestión ambiental, así como a los agricultores, ganaderos, silvicultores, cazadores y demás oficios que forman parte de la gestión tradicional del monte, las manos y cabezas que mantienen a raya su carga de combustible y que son los ojos que dan el aviso cuando el campo arde, que hasta 1950 se contaban por cientos en cada pueblo y hoy, con los dedos de la mano. La prensa destaca que las zonas quemadas en 2025 han servido como cortafuegos en la gestión de los incendios de este 2026. ¿Estamos abocados a vivir a partir de ahora en una especie de eterna Comala distópica? ¿Una España que arda de punta a punta todos los veranos, a finales de junio, y se acabó el problema?
Desde lo alto de la ermita, tres nubes sueltas dejan algún chubasco sobre la superficie abrasada. Las gotas levantan nubecillas de ceniza; el valle vuelve a oler a hoguera apagada.
Serrada Hierro, R., "Dossier forestales: Selvicultura y sistemas forestales", Vida Rural, n.º 321 (2010), pp. 21-26; y CEAM, Estadísticas de incendios, Proyecto PostFire.
Fundación Ciudadana Civio, Mapa de incendios forestales, 2024 (datos actualizados a mayo de 2026).
La franja de España que el fuego respeta: «Solo durará dos o tres años», ABC, 22 de Agosto de 2026.
