Piernas blancas desapareciendo: el mundo al revés

Macarena Ventosa

Fotograma de la serie “Samuel”, Emilie Tronche, Netflix.

Sube el telón y no reconocemos la historia de los amantes de Verona. Un escenario casi vacío y gris, con muros que se mueven, donde se enfrentan pandillas callejeras, no llevan trajes de época, ni tutús ni zapatillas en punta. Algunos chicos saltan, se empujan, ruedan, incluso hacen el pino. Los amantes se convierten en dos adolescentes que juegan, sus movimientos nos hacen sonreír porque a veces son marionetas o caen al suelo al cortarse los hilos. Hay un momento en el que Julieta deja la escena de un modo increíble: está tumbada detrás de uno de los muros, pero nosotros, los espectadores, sólo vemos la cabeza que se asoma por el lateral y que se eleva como si tuviera autonomía, despegada del cuerpo. 

Algunos personajes se mueven en patinetes eléctricos, otro lleva luces como si fuera policía. Sobre ese fondo neutro, aparecen mujeres con capas de seda con vuelo, de colores distintos y brillantes, que giran y dejan estelas de color. Es un contraste claro con los tonos apagados y neutros. Entre ellos, el amarillo vital de Julieta destaca y, después, se irá transformando en blanco con la boda y la muerte.

El gran coreógrafo sueco Mats Ek, junto al Real Ballet de Suecia, ha pasado estos días por el Teatro Real de Madrid. En Julieta y Romeo, una obra de 2013, mantiene su originalidad al revisitar los clásicos románticos con el lenguaje de la danza moderna y observando la psicología de los personajes. Ya lo había hecho con Carmen, Giselle o El lago de los cisnes, siempre ofreciendo una lectura radicalmente nueva y que nos hace entender el mundo en el que vivimos a la vez que sorprendernos con movimientos frescos y nuevos.  

La imagen final queda dando vueltas en mi cabeza. La muerte de Romeo y Julieta aparece con una claridad extraña: solo sus piernas, iluminadas y blancas, quedan en el centro del escenario, mientras el resto del cuerpo se hunde en una cavidad. A su alrededor, toda la compañía está con la espalda y los brazos pegados al suelo. No existe elevación del ballet ni los pies en punta: los cuerpos caen, quedan en una horizontalidad con peso, con las piernas en alto y las rodillas dobladas. No hay cierre heroico. Los pies parecen cabecitas, las piernas parecen cuerpos. El mundo, al revés, y hasta el amor termina desapareciendo.

También hay pinturas donde el mundo se da la vuelta: el cuerpo se invierte y sólo se ven las piernas y los pies coronando, patas arriba. En Paisaje con la caída de Ícaro de Pieter Brueghel el Viejo, Ícaro casi no se ve: apenas unas piernas que se hunden en el agua, en un rincón. El tradicional tema mitológico de la caída de Ícaro por querer acercarse demasiado al sol con alas de cera queda reducido a un detalle. Si pasas rápido delante del cuadro, sin prestar atención, parece una escena de la vida cotidiana donde un campesino está arando la tierra, un pescador no hace caso o el barco sigue su recorrido. Nadie mira la caída. El acontecimiento mitológico que debiera ocupar toda la escena queda reducido a un detalle mínimo.

En Jonás y la ballena de Giotto, el cuerpo del profeta cae de un modo poco natural en la boca de la ballena. Es curioso como Giotto está evolucionando hacia una pintura naturalista, lejos de la rigidez medieval. Se trata de un detalle de la Capilla Scrovegni, pero aun así sorprende por lo real que parecen las piernas y la ballena: como si pesaran y ocuparan un espacio. En cambio, el mar lo pinta con ondas blancas o líneas rítmicas que no buscan representar cómo se mueven las olas, además nos permiten ver perfectamente a la ballena. La figura humana pasa al interior, encerrada, absorbida, con los elementos justos para contar la historia bíblica de cómo Jonás fue castigado por intentar huir de la llamada de Dios.

Danza contemporánea, pintura renacentista flamenca o primitivo italiano, las tres imágenes dan la vuelta al cuerpo humano y nos obligan a mirar con ojos nuevos. Las tres tienen un mismo fin: pies en alto y cuerpo que desaparece. Un diminuto Ícaro se hunde sin que nadie mire, Jonás desaparece dentro de la ballena, los amantes se hunden en el suelo, y —como en Auden— la vida gira en otra dirección.


Por eso, no puedo resistirme a acabar con el poema Museo de Bellas Artes de W. H. Auden, inspirado por el cuadro de Brueghel. 

En el Ícaro de Breughel, por ejemplo: cómo todo se aparta

con bastante calma del desastre; el labrador puede

haber oído el chapoteo, el grito abandonado,

pero para él no fue un fracaso importante; el sol brillaba

como tenía que hacerlo sobre las piernas blancas que estaban desapareciendo en el agua verde;

y el barco valioso y delicado que debe haber visto

algo asombroso, un chico cayendo del cielo,

tenía que llegar a algún lugar y navegó tranquilamente.