Un Oscar por cinco dólares
Ignacio Zapata
Ilustración: Carmela Liaño
Lo cierto es que el único resultado que había provocado mi rebelde vigilia honorífica fue mi primer suspenso y la consiguiente bronca de mi madre, pero en mi cabeza era lo más parecido a un híbrido entre Godard y un personaje de los Warriors.
Poco a poco, ese personaje pedante y excesivo que había construido alrededor de una estatuilla fue calando en mi burbuja hasta el punto de casi parecer que la noche de los Oscar era en realidad la noche en que Ignacio veía los Oscar. Si alguien me preguntaba “¿qué planes tienes este finde?” y yo respondía “son los Oscar”, ya era suficiente para terminar la conversación. Con el tiempo mis profesores del colegio descubrieron mi pequeño idilio, reaccionando de la forma más beneficiosa para ambas partes: indultándome de cualquier tipo de represalia si, por casualidad, un lunes de marzo al azar me daba por saltarme las dos primeras clases del día. Hubo incluso una ceremonia en la que aposté mi paga del mes a qué película se llevaría la estatuilla (y gané).
Llegó un punto en que hasta yo mismo me di cuenta de que le estaba dando demasiado importancia al hombre de hojalata en miniatura. Poco a poco, me fui convirtiendo en el prototipo cinéfilo que menos soporto: ese que trata de objetivizar el arte. Como si de una fórmula pitagórica se tratase, asumía que el hecho de que una película estuviera nominada ya debía de ser, en primer lugar, una de las mejores películas del año y, en consecuencia y por narices, una película que me gustase. ¡Menos mal que me duró poco la tontería! De lo contrario, ya me veía este año defendiendo con uñas y dientes que la ridícula Sinners (Ryan Coogler, 2025) es un precioso homenaje a un colectivo marginado.
Hace poco fui al cine con una persona muy cercana a mí (a quien prefiero mantener en el anonimato, por lo que sea). Nada más salir del cine comentó: “A ver, es buena pero no es de Oscar”. Me quedé un rato pensando en tan implacable alegato hasta que llegué a la siguiente conclusión: qué estupidez más grande. ¿Acaso el hecho de que una película reciba un Oscar la convierte en una buena película? Algo tan ridículo como asumir que el invitado que más chistes conoce es la persona más divertida del convite.
Hitchcock nunca recibió un Oscar. La noche del cazador (Charles Laughton, 1955) fue defenestrada por la crítica hasta el punto de que su director nunca más se atrevió a rodar una película. Stanley Kubrick estuvo nominado a peor director en los premios Razzie de 1980 por El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980). En definitiva, agárrate los machos.
Hace tiempo que los Oscar no me quitan el sueño y esta vez no me refiero a trasnochar. Tras varias ceremonias viendo qué película era considerada la mejor de cada año, he terminado por no saber siquiera qué es lo que le hace a una película ser buena. Y la verdad que lo agradezco. Siempre he tendido a juntarme con el introvertido de la fiesta en vez de con el dicharachero que entretiene a la multitud. Si hasta yo mismo soy de esos que cuando cuenta un chiste se traba en la parte final… Supongo que en el cine me identifico con algo parecido: desconozco qué es lo que me hace preferir una película sobre otra, pero desde luego que su colección de premios no es uno de los motivos.
Es posible que el próximo lunes haga un pequeño homenaje al Ignacio nocturno seguidor de la alfombra roja que era entonces y vea la ceremonia. Pero esta vez, de una forma distinta: antes de anunciar al ganador, apagaré la televisión y me iré a la cama imaginando a Charles Laughton recogiendo el Oscar mientras tarareo “Dream, Little One, Dream”. Y seguro que vuelvo a ganar la apuesta.
En la primera edición de los Oscar de 1929 -en la madrugada del próximo lunes 16 de marzo tendrá lugar la 98ª ceremonia– se podía asistir con tan solo pagar una entrada de cinco dólares. Hoy en día, ahí no se pone un pie a menos que estés nominado o celebres el shabat. Resulta irónico que mi relación con los Oscar siga el mismo razonamiento: cada año que pasa me resultan menos accesibles.
La primera vez que escogí trasnochar para ver la ceremonia tenía catorce años. A la mañana siguiente se me hizo especialmente complicado atender en clase de Conocimiento del Medio, y eso que era de Matemáticas. Lo mismo daba. Desde ese momento había sido bautizado como una suerte de Robin Hood, pero con la letra escarlata. Así las cosas, aprovechaba para regodearme de mi hazaña ante mis compañeros izando la bandera de ser el alumno más revolucionario del curso, el elector de la pastilla roja y el mayor entendido de cine que habían visto los pasillos de mi colegio.
