Mutua Madrid Open: un torneo con clase (social)
Atila, el rey de los tunos
Código de vestimenta femenino para el torneo de Wimbledon, Getty Images.
Hace unos días llegó a la revista un correo misterioso. El asunto rezaba únicamente “colaboración” y el mensaje contenía un archivo Word con el artículo que ahora se publica. Lo leímos, pero dudamos de qué hacer porque el estilo se desvía de lo que solemos hacer en la revista. Preguntamos por un nombre, a lo que el desconocido autor nos contestó “Atila”. “¿Atila qué más?”, replicamos. “Atila, el rey de los tunos”. Nos pareció suficiente.
Hay dos tipos de persona para las que no está pensado el Mutua Madrid Open: los que no tienen dinero y los aficionados al tenis.
La Caja Mágica se encuentra en el distrito de Usera, a las orillas del “río” Manzanares. Lejos de cualquier civilización, los medios públicos de transporte no son una opción realista, sobre todo para la vuelta, al tiempo que no existe sitio en las calles aledañas para aparcar, lo que hace imprescindible acudir al parking.
El problema es que el aparcamiento, que vale veinte euros, solo tiene una entrada, en la que se crea un perfectamente previsible y para nada subsanado cuello de botella. Como te toque una sesión conflictiva (i.e. el turno de mañana en un fin de semana), te puede suceder como a mí el año pasado y que te quedes una hora parado mientras que el partido que habías venido a ver está comenzando.
Lo dicho, no obstante, tiene un matiz importante. El parking en el que se produce un colapso kilométrico es el del acceso general. Justo al lado, en paralelo, está el carril del aparcamiento vip, por el que te pasan zumbando, uno detrás de otro y de forma perfectamente fluida, centenares de Range Rover. Así la diferencia de clases queda clara desde antes de poner un pie en el recinto, para que a nadie le pille por sorpresa.
Según te aproximas a la barrera, se acumulan los buitres que se han saltado la interminable cola precedente y ahora se detienen en el carril adyacente con el intermitente señalando su intención de rebasarte. Yo, antes que ceder el paso a uno de esos enemigos de la paz social, preferí jugarme el morro de mi coche, con reiterados acelerones y frenazos que no permitiesen que la separación con el vehículo superase centímetros. Aunque normalmente suelen lograr su objetivo gracias a conductores más despistados o con un sentido de la justicia menos vehemente que el mío.
Quien no alcanzó finalmente la tierra prometida, y solo pudo vislumbrarla desde la lejanía cual Moisés, fue mi madre, que había salido de casa unos minutos más tarde que nosotros. Para cuando llegó su turno, el aforo se había completado. Preguntó si podía aparcar, abonando la cantidad correspondiente, en el VIP, en el que saltaba a la vista que había un manifiesto excedente. Se negaron en rotundo. Así que mi madre tuvo que volverse a casa con su entrada pagada y después de haber pasado una hora atascada. El público regular no merece ni lo que les sobra a los VIP.
Este año, a pesar de que mis entradas eran para el turno de tarde, salí con más margen. El tiempo de espera fue más razonable y solo tuve que cubrir mi posición ante un par de espabilados.
Al dirigirnos a la entrada, una nueva fila kilométrica, con numerosos meandros, a la que se iba incorporando gente a todas las alturas.
Sin embargo, la localización y acceso de la Caja Mágica, instalación tan faraónica como deficitaria, uno de los últimos estertores de la España próspera y despilfarradora, no son los problemas principales. Lo más aberrante es el tema de los palcos, que ocupan la mitad de la grada (¡la mitad!) y casi siempre están vacíos.
Comparación del aspecto de la pista Manolo Santana (los asientos grises son palcos y los rojos la entrada general) y de la Phillippe Chatriet, pista central de Roland Garros.
Los palcos se venden completos y para la totalidad del torneo, por precios que superan los 50.000 euros. El resultado, evidentemente, es que todos los compradores son empresas. Según te vas adentrando en el mundo laboral, comprendes que muchos de los gastos que antes te parecían absurdos por su elevado precio a cambio del servicio o producto simplemente están dirigidos a empresas. Está pensado para que no lo pague quien lo consume, porque no lo pagaría si no.
El caso es que, entre ese conjunto de agraciados, hay gente que vive con más intensidad y otra que menos. De hecho, el otro día una amiga me comentó que a su padre le daban entradas todos los años, pero que asistían solo a veces porque el tenis les da un poco igual. Dicho lo cual, prefiero esa honestidad al típico tipo que no ha cogido una raqueta en su vida, que el último partido que ha visto es el último set de la final de Roland Garros del año pasado porque caía en domingo por la tarde y no tenía nada mejor que hacer, cuyo análisis del juego es tan superficial como equivocado y que, a pesar de todo, llamaba a Nadal “Rafa” y se refiere a Alcaraz como “Carlitos”. En el tenis, el conocimiento del juego acostumbra a ser inversamente proporcional a la familiaridad con la que se trata a nuestros mejores jugadores.
A ello hay que añadir que las entradas VIP incluyen un buffet libre de primer nivel que permanece abierto mientras se disputan los partidos.
En definitiva, las localidades más preciadas llegan a las manos de personas que no solo no las han solicitado, sino que, en líneas generales, el tenis les importa poco. A continuación, les hacen elegir entre un buen partido o un excelente plato de comida. El resultado es que muchos se decantan por la segunda opción, con lo que se ha vuelto ya tradicional la imagen de los palcos sin ocupantes en rondas bastante avanzadas, especialmente en el cuadro femenino.
Por muy lucrativo que resulte, no deja de ser un espectáculo bastante lamentable que la número dos del mundo y vigente vencedora del Open de Australia se enfrente a una campeona olímpica y parezca que en la grada luce como en la época de la pandemia. Y más cuando en España existen verdaderos aficionados que desearían asistir, pero que no pueden porque desde hace meses se colgó el cartel de sold-out. Parece que en España no hay afición, cuando sucede todo lo contrario, de forma particularmente acentuada durante los últimos años, en los que se aprecia una ola de gozoso fanatismo fundamentalista. No hay más que ver el ambiente de la pista tres cuando jugaba Mérida.
Otra cuestión es el tema de los horarios. Han sido varios los partidos que han empezado más tarde de las 11 de la noche y que se han alargado más allá de la una de la mañana. Yo soy el primero que está a favor del turno de tarde/noche, que facilita la vida al espectador que tiene una jornada laboral estándar. Pero llegar a la madrugada es excesivo, sobre todo si acudes a la pista y tienes que madrugar al día siguiente, como me sucedió a mí.
Los problemas del torneo no se limitan únicamente a la organización, sino que se enfrenta, asimismo, a una dificultad deportiva. La temporada de tierra batida está conformada por tres grandes torneos (hay otros menores, como el de Barceloan) que se disputan en condiciones muy similares (Montecarlo, Roma y Roland Garros) y otro (Madrid) en el que, debido a la altitud en la que se sitúa la capital, la pelota bota menos. La pista está especialmente protegida y la cubierta retráctil se cierra en caso de lluvia, lo que aproxima el juego a una modalidad indoor.
Y, pese a todo, merece la pena. Tener en tu ciudad uno de los torneos más importantes del año (más allá de los cuatro grandes y el itinerante trofeo de maestros) es un indudable privilegio. En esta edición, me he acercado dos veces. El primer día vimos entrenar de cerca a Zverev y Tsitsipas y jugar en la segunda pista, a escasos 5 metros, a Medvedev (ganador de un US Open) y Osaka (que cuenta con 4 títulos de Gran Slam). Impresiona la velocidad de bola de los profesionales, la movilidad y, francamente, la belleza estética de un ser humano que ha perfeccionado la técnica hasta semejante extremo.
El segundo día nos tocó el Jódar-Fonseca en la central, uno de los partidos del año. Entre las dos estrellas más prometedoras del circuito, el español se hizo con la victoria a base de palos y madurez.
También es cierto que el recinto, aunque costó demasiado, está en buenas condiciones y que los precios de las entradas no son abusivos.
Y es que, al final, el Mutua Madrid Open es un gran evento de networking en el que, de fondo, se juega al tenis. Pero es que el tenis que se juega es una maravilla. Así que el año que viene volveré, despotricaré y disfrutaré.
