Lo sagrado y lo profano II: el caminante y la montaña cósmica

Nicolás Martínez Madrigal

Si eres un usuario habitual de Instagram, es probable que hayas visto un video que se ha viralizado en todo el mundo: el de un pingüino que camina aproximadamente 70 kilómetros tierra adentro, alejándose de su colonia y de cualquier fuente de alimento, en lo que parece ser un camino hacia una muerte casi segura (generalmente con música épica de fondo). El clip pertenece al documental Encounters at the End of the World (2007), dirigido por Werner Herzog. En él, el propio director relata: “El Dr. Engly explicó que incluso si lo cogiéramos y lo lleváramos de vuelta a la colonia, regresaría inmediatamente a las montañas... pero, ¿por qué?

La imagen del pingüino aislado, avanzando obstinadamente hacia la montaña, personalmente me resulta inquietante y no solo desde una perspectiva biológica. Su andar solitario parece responder a una fuerza interior imposible de racionalizar, un impulso que lo empuja más allá de la supervivencia y la lógica. Entre los artistas que conozco me pareció que la imagen del pingüino resonaba con las obras de Caspar David Friedrich, en particular con El caminante sobre el mar de nubes (1818). “Una imagen vale más que mil palabras” y nada es más cierto con este cuadro.

La composición sitúa al observador en la misma posición que el caminante, invitándolo a compartir su aislamiento y su silenciosa fortaleza. Esta escena encarna uno de los temas centrales del romanticismo alemán del siglo XVIII y XIV: lo sublime, aquello que nos sobrecoge, nos hace sentir pequeños y despierta una mezcla de asombro y temor ante la inmensidad de lo desconocido.

Tras una larga y ardua peregrinación, ha alcanzado la cima de la montaña. Así el caminante adquiere el papel de vidente o iniciado: ahora descansa en el centro del cuadro y, simbólicamente, el centro del universo interior. Así, el pintor representa el mito de la montaña cósmica, situando al hombre, no como dueño del mundo, sino como buscador del sentido dentro del punto más sagrado. 

«En las civilizaciones antiguas, desde Egipto hasta la India y más allá, la montaña puede ser un centro de fertilidad, la colina primordial de la creación, el lugar de encuentro de los dioses, el punto de unión entre el cielo y la tierra, el monumento que sostiene eficazmente el orden de la creación, el lugar donde Dios se encuentra con el hombre, un lugar de teofanía.»

Richard J. Clifford, La montaña cósmica en Canaán y el Antiguo Testamento

Friedrich es uno más en una larga línea de pensadores que tratan el simbolismo religioso del centro. La antiquísima idea de la montaña entendida como el centro del universo se ha transmitido, a lo largo de milenios, al arte y la arquitectura sagrada de numerosas culturas. Este legado también se refleja en los símbolos asociados a la trascendencia mediante un viaje interior culminado en la casa de dios/es. Por esta razón nuestros ancestros encontraron en la imagen de la montaña una poderosa alegoría para fomentar la posición de lugares mitológicos.

Los egipcios levantaron para sus faraones pirámides monumentales, montañas geométricas para resguardar el cuerpo de los monarcas egipcios, considerados dioses en vida. En la Antigua Sumeria los niveles escalonados de los Zigurats llevaban hasta una cima donde se resguardaba una estatua del dios protector de la ciudad. Para los griegos, los dioses habitaban la cima del Monte Olimpo. El monte Meru es una montaña mítica en el Himalaya, venerada como el centro del mundo por diversas culturas hindu-budistas. En el poema nórdico Edda, Himinbjörg es la montaña celeste en cuyo punto culminante el puente Bifröst se une con la bóveda del cielo. En el Monte Sinaí, Moisés recibió las Tablas de la Ley: símbolo de alianza sagrada y moral con Yahvé. En el Monte Gólgota, la muerte de Jesús convirtió una misera colina en el corazón del sacrificio redentor. Y en el Monte Hira, una cueva silenciosa fue testigo del inicio del islam, cuando Mahoma recibió la primera revelación del angel Gabriel.

La comunicación con el cielo se expresa mediante una u otra de ciertas imágenes, todas las cuales remiten al axis mundi: el pilar (cf. la universalis columna), la escalera (cf. la escalera de Jacob), la montaña, el árbol, la vid, etc.; alrededor de este eje cósmico se halla el mundo (nuestro mundo), por lo cual el eje se sitúa «en el medio», en el «ombligo de la tierra»; es el Centro del Mundo.

Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano

La montaña es un centro que no solo conecta con los cielos, ya que su importancia simbólica proviene de su rol como laboratorio desde donde se orquestó la creación del mundo. Según   el Rig Veda (X,149), una antigua colección de himnos hindúes, el universo nació y se desarrolló desde un núcleo, un punto central. Textos de la dinastía Han (d.C.) en China cuentan que primero existió el gran huevo cósmico, dentro estaba P’an Ku, el divino Embrión, que salió y esculpió el mundo. Eliade también cita la tradición hebrea: “el Santísimo creó el mundo como un embrión; así como el embrión crece desde el ombligo, así comienza Dios la creación”. De este modo, la posición física de la creación del mundo se encuentra en el centro y convierte la cima en el núcleo desde donde la fuerza creadora se origina y reside.  

Actualmente en Indonesia existe un templo budista único llamado Borobudur su nombre puede derivar del sánscrito Vihara Buddha Ur, que se traduce como “el templo de Buda en la montaña”. La creencia es que, al escalar, uno se acerca al centro del mundo y en la azotea superior realiza una ruptura entre la realidad a una “región pura”. Sin embargo, este camino es difícil, la estructura del templo contiene circunvoluciones masivas y pendientes dificultosas. Este acto de peregrinación a la cima manifiesta una narrativa arquetípica del “camino del héroe”. Según las ideas de Joseph Campbell, el individuo recibe una llamada al camino seguida por una búsqueda. El camino es un rito de paso arduo, sembrado de peligros y pruebas. Así se prepara al individuo para la gran transformación de la ignorancia al conocimiento, de la muerte a la vida, de lo efímero a lo eterno. 

Quizás nuestros ancestros sabían algo que solo podían explicar con mitos. Pero el hombre moderno gravemente rechaza estas historias !o peor! las ve arrogantemente como evidencia de la gran evolución del Homo Sapiens. Quizás ver a un pingüino separarse de su manada y caminar hacia una muerte segura despierta asombro porque desprende un poderoso individualismo. En términos Jungianos, en la cima de la montaña está la Individuación, la gran vía de desarrollo de la conciencia donde manifestamos lo que permanecía oculto en el inconsciente e integramos armoniosamente en nuestro carácter consciente. No es un evento fortuito sino un proceso continuo. Cuando confrontamos el caos de nuestra propia ignorancia e inconsciencia, nos damos cuenta de nuestra verdadera naturaleza, nuestro verdadero centro. Nos convertimos en personas más competentes y sabias. A medida que progresamos en el camino hacia la plenitud, desarrollamos nuevas habilidades y fortalecemos distintos aspectos de nuestra personalidad. 

Desarrollamos un mayor autoconocimiento, aprovechando las oportunidades, volviéndonos más eficaces y adquiriendo herramientas para resolver problemas. La búsqueda constante de nuestra verdad personal actúa como un antídoto frente a la desesperación, la mediocridad y el vacío existencial que afectan tanto a la sociedad moderna. Lo que nuestros ancestros asociaban simbólicamente con el “infierno”. 

Estos problemas han impulsado la aparición de ideas colectivistas que reducen la importancia del individuo. Ejemplos claros son los movimientos de grupos identitarios fanáticos que hoy dominan el discurso público y que ponen las ideas del grupo por encima de la voluntad personal. Porque para que tu vida mejore debes seguir sin cuestionar lo que dicte el partido. El colectivo define cuáles son tus problemas y cómo debes pensar, sentir y actuar. Renuncia a tu voluntad individual y deja que el grupo te muestre la dirección que debes establecer.

Por esto la tesis magistral de Friedrich, es tan importante. El caminante sobre un mar de nubes es la imperecedera metáfora del individuo que bajo su propio criterio, se ha aislado de su tribu. Tras enfrentarse a terribles pruebas ha logrado superar los peligros con ingenio y eficacia. Ha accedido al punto más alto. El centro desde donde se creó el mundo, y por lo tanto, el punto de conexión con el mundo. Establece el axis mundi entre el mundo exterior, material y efímero, y el mundo interior, espiritual y eterno. Ahora el caminante se afirma en el total conocimiento de su ser, completando su iniciación. Una existencia ayer profana e ilusoria, le sucede ahora una nueva existencia consciente llena de virtud y oportunidad. 

"Conócete a ti mismo y conocerás a los dioses y al universo".

Édouard Schuré