El maldito conejo
No tengo ni la más remota idea de donde he caído. No conozco la zona, aunque la he repasado mil veces en los mapas que nos enseñan todas las mañanas durante los informes de misión. Pero ahora no me suena nada de lo que veo a mi alrededor: ni la colina sobre la que estoy tendido -tratando con movimientos leves de descubrir si me he roto la pierna derecha sobre la que he aterrizado- ni el arroyuelo que veo un poco más allá, hacia el oeste, ni tampoco el molino cuya silueta apenas se distingue en la línea del horizonte al norte. Un molino. Eso puede ser bueno o muy malo, depende de en qué lado de la frontera haya aterrizado. Si estoy en Francia, existe alguna posibilidad de que la Resistencia me rescate. Si he caído en el Reich, mal asunto. Si he dado con mis huesos en los Países Bajos o en Bélgica, será una buena lotería.
Tengo que salir de aquí. Debo ser rápido pero cuidadoso. Ahora mismo estoy tumbado, y mi silueta no se recorta sobre la colina, así que, en principio, nadie puede verme desde la llanura. Salvo, claro está, que algún paisano que quiera ganarse unas raciones extra me haya visto caer en paracaídas y haya ido corriendo a llamar por teléfono a la autoridad competente. Piensa, Robert, piensa, maldita sea. A mis seis en punto veo un bosque, a unos quinientos o seiscientos metros. Hasta llegar allí, todo es campo abierto. Respiro hondo, doblo la rodilla derecha que, milagrosamente, no cruje. Bien, no está rota. A la cuenta de tres, te pones en pie y corres hacia ese bosque como alma que lleva el diablo. Uno, dos, ¡tres!
Como accionado por un muelle comprimido, me incorporo de un salto, giro sobre mis talones y corro colina abajo; corro sin parar y sin mirar a los lados, y por un instante imagino a un soldado alemán esperando en la falda de la colina para descerrajarme un tiro como si fuera un pato. Pero nada sucede, y sigo acelerando colina abajo, esquivando rocas, ramas, zanjas y montones de hojarasca húmeda por la lluvia de anoche. Corro, corro y sigo corriendo, y ya estoy a mitad de camino, sin mirar atrás ni a los lados cuando estoy a punto de meter el pie en una raíz gruesa que levanta un palmo del terreno, pero la veo en el último momento y zafo. Menos mal, porque si me tuerzo el tobillo estoy kaput. Vuelo sobre la hierba en los últimos metros que me separan de mi salvación, ya no siento mis pies tocar el suelo porque voy disparado como una exhalación y, para mí, en el mundo ya no existe nada más que ese condenado bosque al que tengo que llegar antes de que algún kraut haga prácticas de tiro conmigo.
Cuando por fin traspaso el ansiado linde, el corazón me late a mil por hora, martilleándome los tímpanos como una máquina infernal cuyos pistones me machacan el cerebro. Estoy completamente sudado y no me queda aire en los pulmones, así que me siento apoyando la espalda contra un árbol. Cuando recupero el aliento, me doy cuenta de que el silencio del bosque me envuelve como una plácida manta. No se oye nada, más allá del murmullo de los árboles y el lejano, muy lejano piar de los pájaros.
Reconfortado levemente, se me antoja fumar. Palpo los bolsillos del mono de vuelo y no encuentro el tabaco ni el mechero. De repente, caigo en la cuenta de que he olvidado traerme el paracaídas para esconderlo. Va a quedarse sobre esa colina como una gigantesca diana, gritando a voces que un estúpido aviador norteamericano anda perdido y desorientado por la zona. Mierda, mierda, mierda, ahora sí que estoy jodido. Trato de calmarme y pensar en el siguiente movimiento, pero estoy tan cabreado conmigo mismo —y tengo tantas ganas de fumar— que no logro serenarme ni pensar con claridad. Desesperado, descargo mi ira a puñetazos contra el suelo una y otra vez, hasta que caigo agotado, resoplando y tumbado boca arriba.
Me quedo mirando las ventanas de cielo que, de tanto en tanto, el viento abre entre los árboles. Recuerda tu instrucción, Robert. Vamos, puedes hacerlo. Empecemos por el principio. El reloj de pulsera tiene la esfera resquebrajada y las manecillas paradas marcando la una y veintitrés minutos, pero al menos sé a qué hora toqué tierra. Eso significa que anochecerá en unas cinco horas, dada la estación y la latitud. Hasta entonces, debo ocultarme y salir de noche en búsqueda del siguiente refugio. ¿Pero hacia dónde ir…?
De repente, suena el estampido seco de un disparo. Instintivamente, echo el cuerpo a tierra y me quedo totalmente inmóvil. Pasan unos segundos, pero nada más sucede. Busco explicaciones: un campesino acaba de cobrarse una pieza de caza o un alemán ha rematado a otro aviador que cayó por la misma zona. No oigo perros de caza ni gritos de júbilo por el asado que cenarán esta noche, así que eso solo puede significar una cosa: los boches ya están aquí. Sin moverme para no hacer ruido, veo a unos veinte metros delante de mí una zona de densos matorrales que ofrece mejores cobertura y camuflaje. Trago saliva. Empiezo a reptar con mucho tiento: codo derecho, codo izquierdo, cintura adelante y vuelta a empezar. Creedme, reptar veinte metros es mucho más largo de lo que parece, sobre todo si crees que en cualquier momento te van a volar la cabeza.
El chasquido seco de una rama al quebrarse me traspasa como un alfiler que me clava en la tierra. Dejo de respirar y trato de calcular cuántos segundos tardaré en desenfundar la pistola que llevo al cinto. No pienso dejar que me capturen. Dios santo, no estoy preparado para la tortura. No podría soportar las palizas, ni que esos cabrones de la Gestapo usen mi cuerpo como cenicero, ni que me electrocuten las pelotas o me arranquen una a una todas las uñas como quien deshoja una margarita: “¿De cuántos bombarderos se compone la Octava Fuerza Aérea?” Clac, la del pulgar izquierdo. “¿En qué costa se producirá el desembarco aliado?” Clac, ciao a la del meñique derecho. “Steiner es un apellido judío, ¿verdad?” Clac, veo todos mis piños volar por el aire como dientes de león llevados por un soplido.
De eso nada, como alguno de esos hijos de puta asome la jeta, me lo llevo por delante. Mierda, voy a morir aquí tumbado como un pardillo. Y sin tabaco, que es mucho peor. Hasta a los fusilados les permiten fumarse un último cigarro antes de coserlos a tiros, y yo aquí comiendo hierba de la campiña francesa, o alemana, o de donde diablos esté, como una cabra. ¿En qué hora me alisté? Súmate a la fuerza aérea, decían. Será divertido, recorrerás mundo y vivirás aventuras. Con lo bien que estaba yo en mi granja con mis vacas, mi cine los domingos y los revolcones en el granero con Jenny, la hija del pastor. Y no en esta maldita guerra, con el frío y los madrugones y el sueño, y los simulacros en medio de la noche y los gritos de los oficiales y las alarmas sonando a todas horas; y la niebla y la lluvia y el lodo por todas partes; y, sobre todo, esa infame cerveza tibia de los ingleses.
Me saca de mis pensamientos un extraño frufrú que viene de mi izquierda. Giro muy lentamente la cabeza y ahí está: un conejo de lomo gris y panza blanca, sentado sobre sus cuartos traseros, con las orejas levantadas. Me mira con curiosidad, ladeando la cabeza como preguntándose quién diablos soy yo y qué hago en su bosque.
Resulta que al final en este bosque hay conejos y no alemanes. Suspiro aliviado y cierro los ojos, apoyando la cara sobre la mullida hierba por un momento. Si algo he aprendido en esta guerra, es que más vale un “por si acaso” que un “quien lo iba a decir”, de modo que termino de arrastrarme hasta la zona de los matojos y ahí me quedo quieto. No pasa mucho rato hasta que veo desfilar en silencio y peligrosamente cerca de mí a una patrulla de seis alemanes: un capitán que camina erguido con gorra de plato, cruz de hierro al pecho y una Luger al cinto, seguido de cinco granaderos con cascos de acero tan bruñidos que reflejan el sol y los Mauser de cerrojo en bandolera. Dos de ellos, más rezagados, arrastran un cadáver vestido con el mono de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Apenas lo veo de perfil un segundo, pero creo que es Harry, el navegante de nuestro B-17.
Va dejando sobre la hierba un reguero de sangre que le brota de la parte posterior del cráneo y que marca el camino, de forma tan exacta como siniestra, al lindero del bosque por el que yo entré.
