Madariaga y la Tercera España, 50 años después

Fernando Mínguez

Ilustración: Carmela Liaño

El año que ahora empieza será, previsiblemente, pródigo en efemérides. En 1976 pasaron muchas cosas. Los juristas, supongo, querrán recordar la gestación de la ley para la reforma política ─publicada el 4 de enero de 1977, pero aprobada por las Cortes el 18 de diciembre de 1976─, la pieza técnica que permitió aquel “de la ley a la ley” que Torcuato Fernández Miranda diseñó con Landelino Lavilla y que probó que los hombres de leyes pueden rendir grandes servicios a la sociedad en la que viven, cosa que las nuevas generaciones quizá tengan motivos para dudar.

Pero no es eso lo que quiero evocar aquí. 1976 fue también el año en el que comenzó el regreso de intelectuales que, más o menos activos en política en su día, se marcharon de España durante la Guerra Civil o al acabar la misma. Ese año volvió Claudio Sánchez Albornoz, por ejemplo, y, en lo que a este artículo interesa, también lo hizo Salvador de Madariaga. El 2 de mayo de 1976, de vuelta en Madrid, leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española, titulado “De la Belleza en la Ciencia”. Había sido elegido el 20 de mayo de 1936. Como curiosidad, el Ministerio de Educación, en 1941, ordenó revocar la elección de Madariaga y la baja de todos los académicos que, a esa fecha, estaban expatriados no con carácter plenamente voluntario, digámoslo así. La RAE, simplemente, ignoró la instrucción, acumulando, por ese solo hecho, más méritos antifranquistas reales ─en los tiempos, además, de ecclesia triumphans del régimen─ que muchas personas o instituciones radicalmente opuestas a la dictadura, pero de cuyo vehemente rechazo se supo poco mientras Franco vivió, la verdad.

Madariaga escribió mucho y variado, en diferentes géneros y tres idiomas. Personalmente, mi primer contacto con él y, por qué no decirlo, la fuente de mi temprana fascinación con su figura, fue un libro singular titulado “España, Ensayo de Historia Contemporánea”. Mi edición es de 1978 y reimprime otra anterior, de 1974, datada en Buenos Aires, pero lo peculiar de este libro es que acompañó a Madariaga, a modo de diario, actualizándose, buena parte de su vida. La primera edición es, ya no sé, de 1929 o 1931, y creo que el libro se publicó originalmente en inglés. Era, entonces, un ensayo breve sobre el XIX español. A las sucesivas ediciones, el autor fue añadiendo experiencias. Y digo bien, experiencias, porque Madariaga no escribe, en realidad, como un historiador riguroso ni se atiene del todo a las reglas metodológicas de la disciplina ─de ahí ese uso pudoroso, en el título, del término “ensayo”, porque de ensayo se trata, no del trabajo historiográfico que cabría esperar de un profesional─ sino, más bien, como un testigo. El libro es, pues, historia en aquello que D. Salvador no pudo conocer de primera mano, pero más bien memoria en aquello que sí. El resultado es un relato apasionante de los estertores de la Restauración, la caída de Alfonso XIII y, sobre todo, del devenir y la crisis de la Segunda República, a la que Madariaga sirvió en puestos de gran responsabilidad: fue ministro de Instrucción Pública (véase la ¿paradoja?, una escuela tan vocacionalmente transformadora como la republicana no se atrevió nunca a más que un modesto “instruir”, fue la dictadura la que quiso empezar a “educar” y a “formar espíritus” y de ahí ya no se ha apeado nadie) y de Justicia, embajador en Washington y París y representante de España ante la Sociedad de Naciones. Lo curioso del libro es que el relato de Madariaga, un liberal ortodoxo, nada sospechoso de connivencia con “el otro lado”, partícipe activo en la oposición exterior al Franquismo y, entre otras cosas, en el famoso “contubernio de Múnich”, se apartaba, y mucho, de lo que, en el tiempo en que yo lo leí ─principios de los 90, supongo, porque uno peina canas pero no tantas como para haber leído el libro cuando apareció la edición a la que me refiero─ empezaba a ser el “relato de la memoria oficial”, impuesto por una intelectualidad casi monolíticamente de izquierdas y un “mundo de la cultura” ya establecido como invento del gobierno (Ferlosio dixit), es decir, la imagen de la República como una suerte de edén democrático a cuyos prohombres, todo lo más, se les pudo reprochar una cierta ingenuidad (también, por cierto, la imagen de la Restauración como algo muy distinto de lo que fue, valorada por su final y no por sus avances, con total ignorancia de sus aspectos positivos, que los tuvo). Lo que Madariaga describe es mucho menos halagüeño: un experimento democrático a medias, fallido en última instancia y con unos errores de diseño institucional de bulto. Nada hay en las páginas de Madariaga que exima de responsabilidad a nadie ni, desde luego, invierte ninguna carga de ninguna prueba. Pero el testigo ocular no vio solo ingenuidad, vio también temeridad y, por qué no decirlo, profunda deslealtad, en algunos casos, al marco constitucional.

Su condición de demócrata convencido, europeísta, internacionalista, liberal clásico, su amplísima formación técnica y humanística ─terminó dedicando su vida a la diplomacia y a las letras, pero era ingeniero de minas y se desempeñó brevemente como tal─ , su elegancia personal e intelectual y, en fin, su destreza con los idiomas y la nómina de sus relaciones personales, tan extraña entre nosotros, le convertían en una rareza y, por eso mismo, quería uno creer, en una especie de epítome de la “Tercera España”, anticipo que porque yo no tenía, y quizá sigo sin tener, claro qué era eso. Quizá porque las dos Españas realmente existentes no parecían, ni parecen, capaces de producir ese tipo de perfiles, dictaba la lógica que tenía que haber una tercera (si no, ¿dónde colocábamos a D. Salvador?). Madariaga era, desde luego, algo así como el intelectual que uno quería ser (lo que, en el caso de quien esto suscribe, estaba y está tan a su alcance como hacerle tablas a Kasparov, cantar como Juan Diego Flórez o dejar atrás a Marc Márquez, pero de ilusión se vivía y se vive). 

Es un concepto, este de la “Tercera España”, muy querido, ya digo, a los diletantes como un servidor, más antes que ahora, pero no solo. Siempre ha gozado de cierta buena prensa. No sabemos si la Tercera España ha existido mucho, pero sí que por ella mucho se ha suspirado. No me estoy refiriendo, naturalmente, a los sucesivos partidos “de centro” ─ni los que han sido ni los que vendrán─ ni a banalidades del tipo “ni rojos, ni azules”. Son Tercera España esos escasos intelectuales que, en cierto momento, acumularon méritos para ser fusilados por las otras dos, ya de forma simultánea, ya sucesiva, si la primera fallaba. El concepto, para qué engañarnos, es más caro a derecha que a izquierda. Casi se podría decir también que son Tercera España aquellos que, sin deméritos suficientes para ser abiertamente rechazados por conniventes con “los otros” ─sin ser Pemán o Dionisio Ridruejo, para entendernos─ tienen tachas en el pedigree progresista que impiden admitirlos en el panteón. Y porque la izquierda no los quiere, o no los quiere demasiado, pueden ser reclamados por la derecha sin que se les llame la atención. Se les puede dedicar alguna biblioteca pública o alguna escuela primaria, pero no merecen una estación de ferrocarril.

Ser Tercera España era también un expediente muy útil para poder no ser de izquierdas sin tener que asumir que se es de derechas. Una forma de violar el principio de tercio excluso sin que se note, vamos. Ser Tercera España permitía, sin tener que comulgar con toda la rueda de molino, asumir la posición que siempre ha sido propia del intelectual español: la de colocarse supra España. Hablar de ella con ajenidad y sin asumir su tradición. Sin caer nunca en el casticismo. Ser Tercera España dispensa de la gran tarea que, en el fondo, debería incumbir al intelectual español, sobre todo de derecha ─cosa que, de existir, ciertamente no abunda─ que es la asunción crítica, pero asunción, del pasado y el legado cultural del país. En su último libro (La Culpa es Nuestra), Benito Arruñada suelta una andanada contra terceristas que se lleva por delante a buena parte de la generación del 98 y, sobre todo, a la del 14. Incluso a la vaca sagrada por excelencia: Ortega. El Ortega del “no es esto”. El Ortega que, incapaz de dar una oportunidad al gradualismo -de comportarse como un genuino conservador a lo Scruton, vamos- enseguida se espanta de lo que no lo es, cuando descubre que donde no hay gradualismo, hay revolución. Resulta que lo anterior era delenda pero lo que él decía “no era eso”. El que queda a flote siempre es el intelectual, España es incorregible y, como estrambote, Europa es la solución a no se sabe qué problema. Y es que, quizá, no todo tercerismo es deseable. Hay un tercerismo que queda a medias de las dos Españas, hay otro que se sitúa por encima de ambas porque las dos tiznan. Es más difícil mediar que arbitrar, las cosas como son. Madariaga era del 14, sí, y fue amigo o, por lo menos, corresponsal de muchos de los intelectuales de su tiempo, pero no creo que tuviese vocación de árbitro.

Con el tiempo, sin llegar a desaparecer, mi admiración personal por Madariaga se fue atemperando, como todas las pasiones salvo algunas, y mi querencia por esa idea de una Tercera España, también. Quizá, al fin y al cabo, él no era tercerista. O yo no entendía el concepto entonces, si es que lo entiendo ahora. Quizá solo era distinto. Genuinamente diferente. Tan diferente que, en términos puramente intelectuales, quizá lo más honesto es reconocer que no era español, por más que escribiera sobre cosas de España. En realidad, puede afirmarse que el rasgo más español, si no el único, de Madariaga no es otro que la relativa recurrencia de España como tema. Pero Madariaga, creo, habla de España con ánimo más bien descriptivo, sin despreciarla y, desde luego, sin dar recetas para enderezarla. No pretendo negarle a D. Salvador la nacionalidad de la que, con todos los sinsabores, jamás renegó y de la que, de hecho, blasonó por el mundo. Pero creo que era culturalmente tan español como Borges latinoamericano. Borges era argentino y escribía en español… esas son todas sus conexiones con cualquier clase de latinoamericanidad. Jamás le interesaron los “temas latinoamericanos”, es más, hubo quien lo despreció por no ser suficientemente latinoamericano, por no estar “comprometido”. Prefirió ser universal. Quizá por eso es un autor tan leído fuera de nuestra parroquia idiomática. Madariaga no es Borges, ciertamente. Pero vivía en un mundo propio, con poco en común con casi ningún otro intelectual español, da igual si de la primera, la segunda o una improbable Tercera España. Su propia excelencia y sus circunstancias personales lo convirtieron, creo, en una especie de apátrida, o en un europeo casi puro, que viene a ser lo mismo. Y, a la postre, le pasa lo que al europeísmo: que entusiasmarse con él es como hacerlo con el sistema métrico decimal. 


Con la perspectiva de estos 50 años, creo que D. Salvador ha envejecido mal. O será que el que ha envejecido mal soy yo. Sí, igual no es él y soy yo, pero me cuesta encontrar algo en sus textos que ilumine el presente. O quizá es que perdí interés en una Tercera España desde que asumí que hay que conformarse con las otras dos. Cuando termino estas líneas, tengo a la vista su Bosquejo de Europa… y sí, concluyo que el bueno de D. Salvador vivía en el sistema métrico decimal, que es donde viven los elegidos.