London es Londres (II)

Granito de Porriño y verdades trágicas

Segismundo García Valverde

Desde que me mudé a Londres visito a menudo el British Museum. Me gusta pasar allí las mañanas, perderme entre bustos, tesoros y artefactos. Hacerme el jubilado. Por la mañana no hay muchos turistas, todavía se puede respirar y ver la piedra Rosetta de cerca. Y te lo ponen fácil: es gratuito y no hay que sacar entrada, como en el resto de los principales museos de la ciudad–anotemos–.

Por si fuera poco, descubrí su aplicación de audioguía con recorridos temáticos: «Top 10 objects in 60 minutes», «Roman Empire in 40 min». Droga dura. Me pongo mis cascos, entro en trance y paso de una sala a otra imaginándome las cacerías de leones de los asirios o cómo sería la mujer romana que vestía la cadena de oro del tesoro de Hoxne. Quizás en otra vida podría haber sido arqueólogo. De hecho, quizás en otra vida lo seré y planearé expediciones a junglas desconocidas y viajaré a islas exóticas. No lo descarto. Por ahora sigo paseando con los brazos a la espalda y esquivando al niño mocoso que corre por los pasillos llorando de aburrimiento.

Cadena de oro romana del tesoro de Hoxne (izquierda, British Museum) con recreación histórica (derecha, Gemini).

En mi última visita al museo terminé todos los recorridos de la aplicación y no sabía muy bien qué hacer. Me metí en la emblemática Reading Room y me quedé un rato parado, con el cuello en noventa grados, observando la cúpula. Pagaría por poder pasar un día entero en los puestos de la biblioteca, ahora vacíos y dispuestos para ser observados desde la distancia. Imaginé como leían y escribían aquí Marx, Darwin, Orwell; también algunos españoles, posiblemente Cernuda y Salvador de Madariaga. Me pregunto si lo tenían todo claro. Si la erudición germinaba en su cabeza y descendía por su brazo hacia la pluma en un continuo. O si por el contrario se atascaban, borraban y resoplaban mirando hacia arriba como buscando inspiración en la misma cúpula que yo miraba embobado. Me pregunto si chascaban la lengua y aspiraban aire entre los dientes en señal de frustración. Y si, cuando por fin estructuraban la idea o encontraban la palabra, se les expandía el gesto y, con las pupilas dilatadas, rasgaban el papel compulsivamente.

Great Court (izquierda) y Reading Room (derecha).

En esas divagaciones me encontraba inmerso mientras salía de nuevo al Great Court, el patio central del museo y la plaza cerrada más grande de Europa. El techo de cristal y acero es tan amplio que la poca luz que entra entre las perennes nubes de Londres es suficiente para iluminar el espacio por completo. En este punto me di cuenta de que, en realidad, todavía me quedaba por escuchar un último recorrido en la aplicación: «British Museum Architecture tour». ¿Por qué no? Lo puse y escuché con atención los detalles de la gran reforma planeada por Norman Foster hace 25 años, para el nuevo milenio. Hablaban de grandes desafíos, inauguraciones, premios… Todo normal hasta que escuché la siguiente frase:

«Foster encased the [Reading Room] in creamy Galician stone, from Spain […]»

Una descarga me recorrió de arriba a abajo. Las piedras beige que recubrían la biblioteca… ¡venían de casa! Seguro que de Porriño, no me digas más, de las canteras que se ven desde la carretera, donde los chavales van a saltar en verano. El pecho se me llenó de orgullo. Es que claro, ¿qué otra piedra iban a usar? Tenía que ser de nuestra piedra, no hay más. Los ingleses reconocen nuestra superioridad pétrea y rinden su espacio más destacado a la roca madre de Porriño. Me quedé encantado, incluso se lo comenté por mensaje a algún amigo y lo anoté para investigar más.

En el camino de vuelta se me arremolinaban las ideas. Tan intensa era la emoción que ignoré un aspecto clave: la piedra que forraba la Reading Room era claramente piedra caliza, de tacto arenoso y color suave y uniforme. Todo el mundo sabe que la piedra típica de Galicia, y concretamente de Porriño, es el granito, que poco tiene que ver con la caliza. En fin, no lo vi o no lo quise ver y el asunto acabó en desilusión. En el libro «Norman Foster and the British Museum», que firma el propio arquitecto, se detalla el verdadero origen del material:

«Now that the exterior of the drum has been revealed, it has been clad in limestone from the Cabra quarries, north of Granada in Spain»

Mi gozo en un pozo. La idea de narrar la travesía de la piedra desde Porriño hasta el barrio de Bloomsbury, descartada. La emoción, desvanecida. No me malinterpreten, me enorgullece que la piedra que envuelve la Reading Room proceda de Cabra, sí, pero no de la misma manera que si fuese de Porriño, dónde va a parar. ¡Porriño, tierra de Palacios, cruce de caminos! Como quien dice, a la vuelta de la esquina. Cabra no lo conozco, seguro que se come bien.

Solo me quedaba un cabo por atar antes de cerrar la investigación, ¿por qué la guía oficial del museo contradice el libro del arquitecto? Recordé que hace tiempo, en la tertulia de un bar de barrio en Vigo, escuché que Foster era fanático del granito gallego. «Te lo digo yo, hazme caso que de esto controlo, su mujer es de Ourense», decía un parroquiano con la nariz hecha un pimiento. Me reí y lo di por falso, como cuando mi padre dice que los americanos están comprando en masa propiedades en Condado-Paradanta. Bienvenido Mr. Marshall.

Pues la segunda en la frente, resulta que sí, que el arquitecto premio Príncipe de Asturias es aficionado a nuestra roca patria. Y está casado con Elena Ochoa, que es de Pobra de Trives. Muchos de sus proyectos utilizan las variedades Gris Mondariz o Rosa Porriño, como el entorno de la Torre Cepsa en Madrid o el pavimento de los fosteritos en Bilbao. Quizás por eso, quién sabe, la persona que escribió la audioguía supuso que la piedra que había puesto Foster en el Reading Room era Galician y no Cabran.

Inicialmente pensé en dirigirme al museo para pedir que subsanasen el error. Un simple mensaje para evitar la confusión de los miles de gallegos que visitan el British. Después, tras darle un par de vueltas, cambié de opinión. ¿Qué es mejor, una mentira salvadora (la piedra es gallega) o una verdad trágica (es de Cabra)? ¿Qué derecho tengo yo a quitarle a mis paisanos ese pequeño ratito de orgullo y felicidad para dárselo a los vecinos de Cabra? No juguemos a ser Dios. Más bien seré San Manuel Bueno, mártir, y guardaré el secreto. Protegeré a los míos de la realidad insoportable. Ahora, cuando vea a un turista con auriculares sonreír mientras admira el revestimiento de la Reading Room, callaré, sonreiré también y seguiré paseando entre tesoros.