Lo que debe hacer Europa

Ignacio Gomá Garcés

Celada, parte de juego de parada del emperador Carlos V, Filippo Negroli, 1533. Real Armería, Patrimonio Nacional.

El genial escritor austríaco Stefan Zweig, un hombre lúcido y amante de Europa como pocos han existido, huyó de Viena tras el ascenso de Hitler y terminó suicidándose en Brasil en 1942 con el convencimiento de que el nazismo se extendería por todo el planeta. Contra su pronóstico, tras el desastre más desgarrador, Europa avanzaría en cambio hacia el periodo de paz y progreso más extenso de su historia. Sólo unos años después, sería testigo de la formación de las Naciones Unidas (1945), la firma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y los primeros pasos hacia la construcción de una comunidad europea con la que Zweig siempre soñó.

Se podría decir que el diagnóstico del escritor falló, pero su actitud tuvo mejor acogida. En efecto, el pesimismo que invadió fatalmente a Zweig acompaña desde entonces a los europeos. Tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial y a pesar del excepcional desarrollo que viviría después, Europa se sentiría incapaz de liderar el mundo. Poco a poco, primero en los márgenes de la filosofía y las ciencias sociales y después en círculos cada vez más amplios, se fue derrumbando la confianza en el futuro al tiempo que la sociedad en su conjunto se contagiaba de un desánimo creciente. Desde entonces, aunque con excepciones, el continente se ha debatido en una contradicción parecida a la del vienés: entre el irrefutable progreso en el plano de realidad y un pesimismo creciente en el plano subjetivo. Este último ha terminado paralizando sus fuerzas de progreso. 

Como todo ciudadano mínimamente informado, estoy preocupado por el futuro de Europa. Sobran motivos para el alarmismo. En el último año se ha acelerado un proceso que llevaba fraguándose desde principios de siglo: un cambio de orden mundial que derogará definitivamente la hegemonía de Occidente en el mundo. China consolida su poder, Estados Unidos rompe lazos con sus aliados occidentales –de forma que la propia idea de «Occidente» queda desvirtuada–, la guerra está a nuestras puertas y Putin da muestras de querer cruzar el Rubicón, esto es, de atacar directamente a la OTAN. El envejecimiento de la población y la falta de competitividad de la industria europea ponen en jaque la continuidad del Estado del bienestar. El individuo posmoderno, indiferente al mundo que le rodea, se revela incapaz de tomar la riendas del futuro. Crecen los extremismos políticos. Nos adentramos a marchas forzadas en una época alarmante en muchos sentidos.

Lo más desafortunado del asunto es que este cambio de orden mundial ha pillado a Europa con la autoestima por los suelos. En primer lugar, podría decirse que se encuentra en estado de shock, principalmente debido al hecho de que el mundo en el que vivía, que conocía a la perfección —porque, en cierto sentido, había diseñado ella misma—, se está desmoronando. Un mundo basado en reglas, en la democracia liberal y el Estado de Derecho, en el cual se respetaban los acuerdos y se trataba de instrumentalizar el consenso de forma crecientemente inclusiva. Ahora se siente desorientada en un nuevo escenario en el que vuelve la Ley de la Selva con el incomprensible aplauso de los ciudadanos.

Pero, al margen del desconcierto por el contexto inmediato, la cuestión es más compleja. Como defiendo en mi libro En busca del presente (Deusto, 2025), las causas que explican la desorientación actual de Europa son profundas y llevan gestándose lentamente desde hace por lo menos cien años. Yo he seleccionado seis, cada una de las cuales ocupa un capítulo del libro:

  1. La ruptura radical perpetrada por Europa con su pasado (raíces y valores) en las últimas décadas. 

  2. El desvanecimiento de la ilusión sobre nuestro futuro y la incapacidad de la política para revertir el desánimo existencial resultante.

  3. Las desventajas de una cultura que encumbra el individualismo excesivo, el narcisismo y la infantilización de la sociedad. 

  4. La devaluación de la verdad en la sociedad y democracia posmodernas. 

  5. La intensificación del conflicto democrático y, en particular, el populismo, la política identitaria y las guerras culturales. 

  6. La crisis interna y externa de la democracia en el nuevo desorden mundial.

Los retos que plantean cada una de estas causas son mayúsculos y no será fácil plantarles cara. Pero, contra el espíritu mayoritario de nuestro tiempo, sostengo que Europa no está condenada. Pienso que, si bien hay razones de sobra para la autocrítica más dura, no las hay tantas para un derrotismo tan paralizante. Ahora bien, si queremos que Europa ejerza el papel que le corresponde en el mundo, debemos comenzar por resolver nuestros vergonzantes problemas internos, recuperar la autoestima en nuestro proyecto y acortar distancias con el presente, es decir, ponernos al día del estado de las cosas.  

No podemos aspirar a liderar el mundo. Pero, con todos sus defectos, Europa y todo lo que hoy representa (la democracia liberal, el Estado de derecho, los derechos humanos, el humanismo, la tolerancia) es la mejor capacitada para plantear una alternativa al actual desorden mundial. Un desorden en el que los autócratas ganan y la civilización languidece. Por ello defender nuestro propio proyecto en estos tiempos no es sólo una estrategia geopolítica: es un deber moral que nos apela a todos.