London es Londres (I)

Plan de adaptación gradual para convertirme en un gentleman

Segismundo García Valverde

Jorge Juan, Mendizábal, Ramiro de Maeztu, Julio Camba, Salvador de Madariaga, Fraga, Sabina; todos estos grandes españoles pasaron por Londres. Dejaron su huella en la ciudad y la ciudad dejó su huella en ellos. «Ahora vas tú» me dijo la vida hace unos meses. Sin presión. Y allí fui: aterricé en la pérfida Albión en agosto de 2025. Lo primero que aprendí es que las líneas antiguas de metro, como la Victoria line, no tienen ni aire acondicionado, ni cobertura: en tierra de ciegos, Metro Madrid es el rey.

Acalorado, arrastré mi maleta por el barrio de Islington, aunque semanas más tarde acabé por instalarme en St. John’s Wood, una zona posh donde los canales de Little Venice se mezclan con el olor a especias del barrio árabe: Little Cairo. De entrada, parece que todo es little, incluido mi apartamento y con la excepción de los bolsillos de mi casero, que son deep.

Café Helen, emblemático local de shawarma en Little Cairo (izquierda) y canales de Little Venice a su paso por el puente de Paddington (derecha).

Me pasé lo que quedaba de verano indeciso respecto a cuál sería mi gran hazaña londinense. Podría ser espía militar bajo un nombre falso, fundar una empresa de importación de vinos, o quizás unirme a la élite intelectual. Podría también promocionar la imagen de España o dedicarme a escribir canciones de amor. En todo caso, lo primero que tenía que hacer era mezclarme, ser uno más. Como los cambios bruscos no son buenos, diseñé un plan de adaptación gradual para convertirme en un verdadero gentleman.

En primer lugar, tenía que abandonar la comida española. Se acabaron los menús del día y las sobremesas eternas. Durante la semana, rapidez, funcionalidad. Nada de bocadillos, ahora tocan sándwiches fríos con pepino y mermelada. Y si puede ser, de pie, para no perder tiempo. —Bueno —me decía—. El pepino le da un toque fresco, crujiente, me podría acostumbrar.

Los domingos cambiamos el cocido por el famoso Sunday roast, maridado con una pinta de cask ale. El espeso gravy sobre el Yorkshire pudding combina de maravilla con las verduras asadas. Me resulta reconfortante y calórico, se podría decir que es comida de casa, no de la mía, pero de alguna casa.

Sunday roast (izquierda) y Sausage and mash (derecha).

En las siguientes semanas voy cogiendo ritmo y me aficiono a los pie and mash, las salchichas inglesas y el fish and chips. Me animo también con las biscuits y los deliciosos Chelsea buns: unos bollos con pasas de uva corinto (currant) y canela. No sin esfuerzo, consigo cambiar el manchego y el cabrales por el cheddar y el stilton, a los que he acabado cogiendo cariño. Incluso a veces me sorprendo a mí mismo untando mostaza en grano en los bocados más insospechados. Con todo, parece que la comida de estas islas no está tan mal como nos venden, quizás por culpa de los propios ingleses. George Orwell reflexionaba sobre el tema hace ya ochenta años en su ensayo In defence of English cooking:

«It is commonly said, even by the English themselves, that English cooking is the worst in the world […]. It will be seen that we have no cause to be ashamed of our cookery, so far as originality goes or so far as the ingredients go

Pie and mash (izquierda) y Chelsea bun (derecha).

Cuando ya estaba casi acostumbrado a las guarrerías anglicanas, cuando mi estómago ya había dejado de rogarme que consiguiese unos mejillones o hiciese una tortilla de patata, me escribió mi primo Guillermo: «Me dicen que estás en Londres. Mañana cenamos pata con garbanzos, vente a Peckham». ¡Pata con garbanzos! Gracias a Dios. «Pata con garbanzos en Peckham», parece el título de una canción de Siniestro Total. Resulta que Peckham es un barrio muy diverso y mi primo —muy resuelto— encontró la materia prima en una carnicería jamaicana.

Lo confieso: la oportunidad de volver a saborear un buen plato de pata con garbanzos hizo que se difuminara mi objetivo último de convertirme en un gentleman. Aparecí allí con una lata de zamburiñas en salsa de vieira que había traído de España y atesoraba en mi apartamento, y también llevé un Mencía que había comprado en García&Sons, la tienda española por excelencia.

Al festín se nos unió un inglés amigo de mi primo. Mi primo y yo atacamos el guiso hasta el empacho, quizás de forma algo apurada. El colágeno nos dejaba los labios pegajosos, barnizados, dando cuenta de lo bien que había salido la olla. Mientras, el inglés destacó cortésmente el buen sabor del líquido y los garbanzos, pero rechazó comer los trozos de tripe —la pata y los callos—. Se justificó alegando problemas de salubridad en las carnicerías jamaicanas, comentario en el que mi primo y yo, de pata hasta las orejas, no quisimos profundizar. La escena me recordó a un pasaje de Julio Camba:

«El inglés come con una corrección absoluta, matemática, porque no le entusiasma lo que come. Come por higiene, por necesidad, por cumplir un deber social. Pero ante una buena cazuela, la urbanidad es casi imposible. La buena cocina no admite una corrección absoluta. Exige una cierta precipitación, un cierto olvido de las reglas, un cierto abandono. [...] Un hombre que come un buen plato con indiferencia, con frialdad, con una corrección académica, es un hombre que desprecia al cocinero».

Yo estaba muy lejos de despreciar al cocinero que me había brindado la oportunidad de volver a casa en unas cuantas cucharadas, y por eso me abandoné un poco a la gula. En fin, allí en Peckham murió mi primer intento de convertirme en un gentleman, al menos en lo tocante al comer. Seguiré intentándolo en el ámbito público o quizás con la vestimenta, quién sabe. Lo que está claro es que, como se suele decir, con la comida no se juega.