La Odisea, una vez más

Ignacio González Zatarain

Ilustración: Isolda Seguí de la Quadra Salcedo

La Odisea abraza, sí, pero nunca aprieta.

A diferencia de gran parte de la comunidad cinéfila nunca he sido un ferviente admirador del cine de Christopher Nolan. Puede ser, simplemente, que su inquietud por lo extraterrenal (Origen, Tenet, Interestellar) no suscite en mí más que un ligero interés. Tal vez, como licenciado en derecho, de más valor al fondo que a la forma y la puesta en escena de cada una de sus películas me importe lo mismo que los créditos iniciales (que no es poco). O quizás, quien sabe, la forma que tiene de contar las historias (o en su idioma, “historias las”), me parezca más una tomadura de pelo que una verdadera genialidad.

Por otro lado, también soy consciente de la capacidad y la ambición de este señor, habiéndonos regalado alguna que otra película digna de estantería: Following, aquella inquietante y olvidada ópera prima en la que un Nolan de 27 años con apenas seis mil dólares revivió el cine negro; El Caballero Oscuro, ese sombrío thriller envuelto en capas y antifaces que cuenta con una de las mejores actuaciones que recuerdo; y Oppenheimer, una gran película clásica que se aleja de las manías que tanto me enervan de este hombre.

En este contexto me dispuse a ver La Odisea, la nueva película del director y que algunos espectadores ansiaban como si del retorno de un padre extraviado se tratase. Por mi parte, las expectativas se encontraban al mismo nivel que cuando vas al concierto de un gran artista en un festival de verano: sabes de lo que es capaz, pero probablemente te sepa a poco y termines en el puesto de perritos calientes. Nada más lejos de la realidad, La Odisea me pareció una buena película.

La Odisea nos sitúa en Ítaca, donde Penélope y Telémaco -mujer e hijo de Ulises- aguardan el regreso del protagonista mientras lidian con los aspirantes al trono ante un rey omiso. Por su parte, un varado Ulises nos cuenta su historia a través de las reminiscencias provocadas por la guerra de Troya y un viaje errado. En estos dos escenarios -presente y pasado- la película transcurre (o navega), deteniéndose en varios de los mitos y obstáculos que ya conocemos. Eso sí, tomándose ciertas libertades narrativas que asumo que sólo a una pequeña parte del público irritarán (y entre la que no me incluyo).

Desde el comienzo, ya uno se hace a la idea de que el director, siempre en busca de la grandeza, se servirá de los mismos ingredientes - y algún otro - que le han atribuido su etiqueta: una banda sonora incansable, escenarios abrumadores, armaduras excelsas (sino díganselo a Agamemnon) y una realización a la altura de que lo en su día debió ser Ben - Hur. Es una película con excesos, eso está claro, pero en este caso solo en unos pocos momentos me parecieron gratuitos. ¿Qué esperamos de una película como La Odisea sino acudir a un auténtico espectáculo?

Dicho lo anterior, no es una película redonda. Tal vez, y hablando en plata, su mayor virtud sea que durante tres horas nunca pesa. La película consigue que uno se mantenga intrigado durante todo su metraje, expectante de cómo va a resolverse una historia ya resuelta antes tropecientas veces. Sin embargo, todo hay que decirlo, la película nunca llega a emocionar. Y aunque mi listón todavía no se encuentre a altura de cíclope, teniendo en cuenta al hombre detrás de la obra (y no me refiero a Nolan), confieso que no sé hasta que punto este viaje justifica una versión más de la obra de Homero. Especialmente su desenlace - su gran talón de Aquiles -, más cerca de un blockbuster palomitero que del poema que todavía se estudia en la escuela. En definitiva, La Odisea abraza, sí, pero nunca aprieta.

En cualquier caso, si usted va al cine (insisto, al cine) a ver La Odisea, seguro que no tendrá la sensación de haber perdido tres horas de su tiempo. Y si lo hace, póngase en el lugar de Penélope y Telémaco: ellos esperaron veinte años y los dioses no recibieron queja.