La Real Armería de Madrid

Fernando Rodríguez-Piñero Jiménez

La noche del 10 de julio de 1884, un intenso fuego causado por una detonación acabó con uno de los últimos edificios del entorno del Palacio Real que llevaban en pie desde el siglo XVI. La Real Armería, que Felipe II había mandado edificar en 1561, pereció bajo unas llamas que, según relatan los periódicos de la época, el propio Alfonso XII intentó apaciguar. De hecho, se llegó a decir que el rey había sido visto transportando algunas de las armaduras que habían pertenecido al emperador Carlos V o a alguno de sus descendientes hasta un lugar alejado del incendio, lo que demuestra la importancia que revestía una colección cuyos orígenes se remontaban al reinado de Felipe II. Años más tarde, en 1893, la reina regente María Cristina inauguró su nuevo edificio, ubicado en el extremo occidental de la plaza de la Armería y que, más de un siglo después, continúa siendo su sede.

En su testamento de 1594, Felipe II recogió su voluntad de que los bienes que pertenecían a la Armería, los caballos y las pinturas no pudieran ser enajenados, lo que los unía indisolublemente al patrimonio de la Corona. Después de la muerte del emperador, Felipe II adquirió en almoneda su armería, compuesta de sus propias armas, pero también de otros bienes que habían pertenecido a sus abuelos, los Reyes Católicos y el emperador Maximiliano I. El rey mandó trasladar la colección desde Valladolid hasta Madrid, la flamante capital, donde se instaló en un edificio construido siguiendo sus propias indicaciones. De hecho, en el Archivo General de Simancas se conserva un boceto autógrafo de Felipe II en el que señalaba cuál debía ser la ubicación de la Armería frente al Alcázar.

Al afecto que Felipe II sentía por su padre se sumaba también la importancia de la colección en términos dinásticos, pues la Armería de Carlos V se componía asimismo de las armas que habían pertenecido a importantes personajes de la historia del reino de Castilla, como el Cid o Alfonso X el Sabio. Pero también de los trofeos de las guerras contra Francia o los protestantes. Felipe II incluiría más tarde los trofeos de San Quintín o Lepanto, que el propio Miguel de Cervantes visitó en Madrid antes de escribir el Quijote, donde descubrió dos objetos que más tarde acabaría citando en la novela.

Su sucesor, Felipe III cumplió con los deseos de su padre y respetó la vinculación de la colección a la Corona. También Felipe IV, que nunca dejó de demostrar su interés por las armas. A este respecto, cuando en 1624 su primo Manuel Filiberto de Saboya falleció en Palermo a causa de la peste, el rey reclamó su cuerpo y la armadura que le había forjado el Maestro del Castello cuando era un adolescente. Nada quiso saber del retrato que Van Dyck le había pintado meses antes de morir vistiendo esa misma armadura, aun cuando es de sobra conocida la afición que el rey demostraba por la pintura.

Precisamente, las relaciones entre la Real Armería y el retrato de corte es uno de los aspectos que mejor definen su trascendencia. Tiziano estudió a fondo la armadura que Carlos V vistió en Mühlberg para componer su famoso retrato, posiblemente ayudado por Desiderius Helmschmid, armero del emperador, quien también se encontraba en Augsburgo en 1548 en el momento de componer la pintura. El trabajo de los armeros era de tal complejidad, que Helmschmid cobró tres veces más que Tiziano por la armadura que el pintor acabaría representando. Más tarde, Antonio Moro, Pantoja de la Cruz, Rubens o Velázquez también solicitarían permisos para estudiar las armaduras con las que compondrían sus retratos de corte.

La llegada de los Borbones en el año 1700 no motivó ningún cambio. Incluso, tras el incendio del Alcázar de 1734, se respetó el edificio original de Felipe II, aun cuando no casara con el estilo del palacio nuevo, habida cuenta de su importancia. Un siglo más tarde, cuando Jean Laurent visitó la corte de Isabel II, la reina le encargó fotografiar sus dos colecciones más preciadas, el tesoro del Delfín y la Armería, lo que la convierte en uno de los primeros conjuntos en poseer un inventario fotográfico.

Durante el reinado de Alfonso XIII, con la colección en su nuevo emplazamiento, algunas obras de la Armería participaron por primera vez en algunas exposiciones nacionales e internacionales. Y en 1950, ya bajo la gestión de Patrimonio Nacional, parte de sus fondos protagonizaron su primera gran exposición internacional en la Torre de Londres, en parte como agradecimiento al Reino Unido por la ayuda que había brindado al Gobierno de la Segunda República para proteger la colección de los bombardeos durante la Guerra Civil.

En los albores del año 2000, la colección experimentó una gran renovación, que permitió recuperar en parte la concepción original de la Armería que había diseñado Felipe II. Si en el siglo XVI las guarniciones se encontraban recogidas en grandes armarios, en el XXI se decidió mostrarlas sobre dos plataformas donde conviven obras maestras de Kolman y Desiderius Helmschmid, Filippo Negroli o Wolfgang Grosschedel. Si hubiera que hacer una comparación con una colección de pintura, hablaríamos entonces de más de veinte metros lineales de obras maestras de Tiziano, Caravaggio y Rubens.


Por su parte, las armaduras de Felipe III y Felipe IV se exponen en la segunda sala, en la que también se muestra por primera vez una selección de arcabuces madrileños fabricados en el siglo XVIII. Su calidad, basada en su exquisita decoración y en cañones fabricados en acero y hierro de gran calidad, convirtió a Madrid en uno de los principales centros productores de armas de lujo de su tiempo. Su valoración era tan elevada que incluso las Cortes de Cádiz de 1812 reclamaron un inventario de los arcabuces que habían sobrevivido a la invasión napoleónica. De los más de trescientos que se custodiaban en la Armería, hoy en día quedan tan solo una treintena que, sin embargo, materializan la importancia de una producción excepcional.

La Real Armería es, por tanto, una de las colecciones más destacadas de cuantas forman parte del patrimonio histórico español, aunque es también una de las más desconocidas. Su importancia se resume en la calidad de sus obras, lo que hace que su colección sea reconocida internacionalmente como una de las más relevantes de su género. Pero su trascendencia se cuenta también atendiendo a la importancia histórica de las obras que conserva, testigos de la brillantez de su época.