LA MEDIOCRIDAD COMO CONDICIÓN DE POSIBILIDAD
xxxxxxxxxxxxxxx
En un artículo de prensa, por lo demás prescindible, leo esta cita de Javier Gomá: “Nos colonizan los ensayos extranjeros, traducidos a granel y premiados a la diabla, y nos aplicamos sumisamente las categorías con que ellos nos entienden: la española es una cultura festiva y recreativa. De esta autoconciencia servil nace nuestra devoción papanatas”.
Con esta dureza, Gomá abunda en una idea muy relevante para la explicación cabal de nuestra historia: la subordinación cultural, íntimamente relacionada con la ínfima calidad de nuestras élites, no solo políticas.
La cultura hispánica, entendiendo ahora por tal la que se expresa en español, es una cultura paradójica dentro de las occidentales. Un caso de abundancia ensimismada. Dicen que el español es, después del chino, la lengua con más hablantes nativos. Sean tantos como chinos o no, son muchos. Además, esos hablantes se dispersan por un espacio inmenso, con dos partes disímiles, una europea, pequeña y otra, fundamentalmente americana, enorme. Con matices, ese espacio lingüístico es también un espacio cultural, en el sentido de que no solo se comparte lengua, se comparten también productos, se comparten lecturas, se comparten algunas costumbres y se comparten algunos problemas. Insisto, con matices y, aquí sí, con notable disimilitud entre la parte europea y la parte no europea.
¿Pueden cientos de millones de personas conformar un espacio cerrado en sí mismo y de pocos vuelos? A la vista está que sí. La cultura en español es una cultura autorreferencial, que interpela muy poco a otros espacios culturales y que, en general, carece de pretensiones de universalidad. La cultura en español es, de todas las amparadas por la “licencia de ignorar” que decía Umberto Eco, la más extensa, con diferencia. Quiero decir con esto que un europeo o un norteamericano que se tenga por culto puede perfectamente sustentar esa pretensión confiriendo el mismo peso a la cultura española que a la polaca.
Hay varias razones para eso. No se me asuste el lector, que no pretendo agotarlas.
La primera, por supuesto, es que el canon occidental se expresa en francés, inglés y, en menor medida, en alemán, no por casualidad sino porque esas son las lenguas en las que se expresó la modernidad y de las que parte el propio concepto de canon. La historia la escriben los vencedores y, desde luego, la noción de “lo que hay que conocer” es un producto cultural definido por quien tiene capacidad para ello, y que, de nuevo, no por casualidad, tiende a coincidir con lo que el propio definidor ya conoce. El acervo común de la cultura occidental es, en esencia, eso: el precipitado de las culturas inglesa, francesa y germana. Incluso aquello presuntamente ajeno a ese tronco viene filtrado previamente; el mundo griego nos llega en lecturas inglesas o germanas, y el Renacimiento italiano solo existe desde que comenzó el Grand Tour. Todo lo demás, por extenso que sea, es local o reducto de especialistas. Se puede ser un europeo culto desconociéndolo todo de la cultura danesa, pero es imposible serlo si no se sabe quién es Proust. Ningún europeo puede pretenderse formado, aunque no hable inglés, si no reconoce algunas líneas de Shakespeare, pero no se espera de ningún no hispanohablante ─ni siquiera de muchos hispanohablantes─ un conocimiento mínimo de los lugares básicos de la literatura en español, más allá, por supuesto, y no por casualidad, de algo de Cervantes y el Siglo de Oro. Por lo mismo, el europeo culto tiene que asumir como “patrimonio común” de ideas el acervo de la Revolución Francesa y referirse a las cámaras de Westminster como “la madre de todos los parlamentos”, pero puede ignorar por completo que eso que llamamos “derecho internacional” nació en Salamanca. Si no quiere pecar de eurocéntrico (concepto de lo más europeo), el europeo culto puede admirar la eficacia de la administración china en época de los mandarines, pero no tiene por qué preguntarse cómo se administró sin demasiadas incidencias durante 300 años un imperio con dos océanos de por medio.
Lo que se dice y escribe en español está, sí, amparado por la licencia de ignorar.
La segunda razón es más dolorosa y, me temo, es a la que Gomá apunta: en general, no sé si toda la cultura en español, pero ciertamente la cultura española, es, salvo destellos de excelencia, muy mediocre. No produce nada, o produce muy poco, de verdadero interés para otras órbitas culturales. No exporta conceptos, en parte, porque simplemente no los produce. Así que, para qué engañarnos, si hay licencia de ignorarla, bien ignorada está. Dicen que Unamuno aprendió danés para poder leer a Kierkegaard. Hay que suponer que D. Miguel se impuso la tarea en la confianza de que el filósofo de Copenhague no decía sandeces. Además de para entender las letras de Bud Bunny ─de lo más edificantes─, ¿para qué servirá el español a quien se tome la molestia de aprenderlo? Pues para tomar parte en este festival autorreferencial. Yo puedo leer cosas en francés que me servirán para mi reflexión y mi vida, ajena al mundo francófono; puedo ver películas en inglés que trascienden el espacio local en el que fueron filmadas… ¿en qué publicación en español puede un alemán leer cuestiones que le interesen sobre geopolítica, por ejemplo?
¿Esto fue así siempre? No, no fue así siempre. Es así desde los albores del XVIII. Hasta entonces, claro que la cultura española aspiraba a la universalidad… y la lograba. Lo más valioso de la cultura española es premoderno, en el sentido de que es anterior, cronológicamente, a lo que entendemos por modernidad. No es este el lugar para explorar a fondo esta afirmación ─que, por si alguien lo sospechara, no supone abonarse al negrolegendarismo, que solo es parte del fenómeno─ pero la modernidad se construye, en buena medida, contra España y lo que España culturalmente representaba así que, sí, “modernidad” y aprecio por España y sus ideas terminaron siendo algo así como incompatibles por construcción. La cuestión es que las guerras se ganan y se pierden, pero no dan ni quitan razones. Galileo fue sometido, pero no desmentido o, al menos, él no lo asumió así. Y lo malo de España no es que fuese sometida, sino que se tuvo por desmentida, es decir, asumió su inferioridad.
Eso ocurrió, ya digo, a principios del XVIII ─cuando el país cayó en la órbita cultural de Francia─ y no se corrigió ya jamás. Se abrió una cesura nunca cerrada entre el país y sus élites culturales, con profundas implicaciones. Solo en la Edad de Plata, hija de la Restauración tardía, pudo volver a haber una sintonía. España es el país que nació dos veces, en el sentido de que, tras darle forma a la historia como imperio, salió de ella para volver a entrar a escala más modesta pero no irrelevante, como un país europeo exitoso ─sí, he escrito “exitoso”, y no hay más que pensar en cuál era el estado de cosas por estos pagos tras las guerras napoleónicas para darse cuenta de que no es una errata. Lo que el país no ha sido capaz de hacer en ningún momento desde 1700 es valorar y reivindicar su propia herencia cultural y, por tanto, tampoco de proyectarla al exterior. Es más, no ha sido capaz de evitar que ignorar o incluso despreciar esa herencia haya sido un signo de sofisticación intelectual y personal. De Alemania se ha dicho que sus traumas no le han dejado, como condición de posibilidad, más alternativa que la de ser un gigante económico pero un enano político. De España podría decirse que el precio de la prosperidad es la asunción de una poquedad cultural e intelectual, como si ser mediocre fuese el precio de la tranquilidad.
Sí, parece que una España intelectualmente apocada es condición de una España tolerable, para muchos. Cierra el círculo, claro está, nuestro sedicente “mundo de la cultura” (“ese invento del gobierno”, ya dejó escrito Ferlosio). Si nuestra cultura institucional ─nuestros artistas, nuestros periodistas, nuestros profesores de ciencias sociales y humanidades─ no existiera, se correría un grave riesgo de romper barreras. Y son muchas generaciones, ya, asumiendo que esa no es nuestra función en el mundo. Como para cambiar ahora.
