La escuela de escritores: o del vicio y gusto de escribir

El teléfono. Isabel Quintanilla, 1996, Óleo sobre tabla, 110 × 100 cm. Colección privada, Madrid.

Dicen que todo lector empedernido va gestando poco a poco en su interior un escritor. Lo cierto es que aplicarse al vicio y gusto de la lectura durante años lleva, muchas veces, a preguntarse ¿Y si yo también soy capaz? ¿Y si puedo atravesar el espejo y convertirme en escritor?

Pero claro, una cosa es la intención y otra su ejecución. Muchos son los obstáculos que vencer. El primero, la falta de confianza en uno mismo. ¿Cómo voy a escribir yo algo que merezca la pena? ¿Realmente tengo algo interesante para decir? ¿Haré el ridículo? ¿No se ha escrito ya todo? ¿Terminaré imitando burdamente, aun sin proponérmelo, a los autores que me gustan?

Si uno logra vencer ese primer escrúpulo de conciencia, se encuentra otro igual de formidable. ¿De qué demonios voy a escribir? Cada género tiene sus claves, sus vigas maestras invisibles, su particular forma de armar una historia, que como lectores muchas veces apenas percibimos intuitivamente o de forma vaga, y nos costaría explicar con rigor a un tercero. Sabemos que tal o cual escritor nos encanta, pero podemos encontrar muchas dificultades en diseccionar con precisión qué es lo que hace que un texto nos cautive. Vemos el resultado, pero nos cuesta descifrar el proceso.

Es lo más natural del mundo sentirse paralizado por estas y otras dificultades, miedos y dudas. La escritura es un arte regido por sus propios principios y reglas, que deben conocerse -al menos mínimamente- para poder ser correctamente empleados. Y como toda disciplina, demanda estudio y práctica. 

Pues bien, existe un foro en el que desfogar (o desaguar, según se mire) esta inquietud, esta extraña vibración del espíritu. Se llama Escuela de Escritores, y el rótulo no podía estar mejor traído. Con sedes en Madrid capital, Getafe y Burgos, ofrece una extensa panoplia de cursos, de distinta duración (un día, una semana, meses, trimestres…), formatos de asistencia (solo presencial, solo virtual, mixto) y, sobre todo, sobre prácticamente cualquier género y materia literaria (relato breve, novela, guion de cine, poesía…). Por no hablar de la joya de la corona: el Máster de Narrativa, cuyo ambicioso plan de estudios ofrece un recorrido guiado por los grandes temas y obras de la literatura universal. Vamos, el cauce perfecto para aquellos que ansiamos empaparnos hasta el tuétano de literatura, leyendo los clásicos y, en general, todo lo que merece la pena. 

A los seres humanos nos encantan las historias. Tanto vivirlas como contarlas o escucharlas de los demás. Sucede que, a menudo, tenemos la vaga sensación de tener algo que contar, pero no sabemos muy bien cómo. Pasan los años y quizás nos atrevamos con algún texto, al que damos una circulación limitada entre amigos y familiares. A veces, la osadía nos lleva a presentarlo a algún concurso, como los que convoca periódicamente Zenda. Pero sigue siendo una inquietud nebulosa, difícilmente descriptible. Sería uno de esos conceptos viscosos, que diría Jean-Paul Sartre: difíciles de aprehender y que parecen revolverse contra quien trata de penetrar su esencia. 

Si queremos embridar esta pasión, necesitamos un instrumento que la ordene: y eso es exactamente los que nos ofrecen los cursos de la Escuela de Escritores. Tomando a título de ejemplo el esquema de uno de sus cursos más icónicos (Escritura Creativa), su secuencia temporal impone, cada semana, estudiar antes de cada sesión un tema monográfico (por ejemplo, la ficción histórica, el diálogo, el ritmo de la acción) redactado por un profesor de la escuela (son todos escritores publicados). Con una extensión muy cabal (no más de una docena de páginas) resume limpiamente los fundamentos del tema e incluye una propuesta de escritura con la que ponerlos en práctica. La constancia de ir avanzando, tema a tema, y obligarnos a escribir sobre una cuestión determinada (con algunas guías que nos ayuden a perfilar la historia) con una extensión limitada, y con una fecha fija, saca lo mejor de nosotros. Uno ya no se pierde en las vaguedades e inseguridades de la escritura “solitaria” (“Ya lo haré otro día, hoy no estoy inspirado, no me apetece, realmente no sé qué decir, a nadie le va a gustar”) encuentran así un poderoso remedio. 

Con esta dosis de disciplina empiezan a surgir textos realmente hermosos e interesantes. Y entonces uno refrenda lo que ya sabía: que la escritura tiene algo de sobrenatural -no sé si divino o demoníaco-: un frenesí imparable que se apodera de nosotros y nos lleva, sin saber muy bien cómo, a escribir una historia. Uno empieza juntando letras sobre un tema, con una vaga idea de lo que quiere decir (o de lo que cree querer decir), pero sabe poco o nada del desarrollo y del desenlace. Y, sin embargo, van emergiendo a la consciencia, desde algún sótano del inconsciente, de ese depósito de tremenda energía psíquica, ideas, recuerdos, situaciones, personajes, todo real o imaginario, y se van hilvanando unos con otros casi naturalmente. ¿Y si pongo esto aquí? ¿Te acuerdas de aquella historia en que…? ¿O de aquello que dijo Fulanito en tal lugar hace muchos años? Somos portadores de un caudal ingente de arcilla literatura primordial que sólo necesita un cauce por el que discurrir ordenadamente para tomar forma. Y entonces sucede algo maravilloso y extraño: una cierta alienación del autor respecto del texto: esto lo he escrito yo, pero parece que es de otro. Todo esto es mío, estaba dentro de mí, en algún lugar oscuro y perdido de mi mente, pero por alguna razón me parece ajeno. 

Además, se conoce gente de lo más interesante y variopinta, que en muchas ocasiones nos interpela con sus textos, nos hace gozar con su sensibilidad estética y nos anima a escribir más y mejor, para estar a la altura de los demás. No es en absoluto infrecuente que las clases terminen con una cerveza o un vino en el bar más próximo, prosiguiendo la discusión apasionada sobre aquello que hace vibrar nuestras almas, ese escurridizo destello de lo sublime que se esconde entre las letras. 

En fin, querido e inmerecido lector, si tú también sientes ese hormigueo en el corazón y quieres darle rienda suelta al vicio y gusto de la literatura, la Escuela de Escritores es tu lugar. 

Así las cosas, y para dar fe de cuanto se ha dicho en estas líneas, en los próximos números de La Tenada se publicarán una serie de textos nacidos de los ejercicios del curso de Escritura Creativa en el que participa quien suscribe.