La hipótesis más peligrosa. Después de Troya aún está Ítaca
Reseño hoy el último libro de don Arturo Pérez-Reverte. Y escribo «don Arturo» deliberadamente. Hay autores que uno lee y otros que, después de muchos años, terminan formando parte de la propia biografía lectora. Es por eso que cada nueva obra de don Arturo me hace recuperar la impaciencia, un poco adolescente, de comprarla, abrirla y empezar a devorarla de inmediato.
Pero, últimamente, el disfrute de sus empieza incluso antes de abrir la primera página. Hay que destacar que las portadas de los últimos libros de Pérez-Reverte como El problema final, La isla de la mujer dormida y La hipótesis más peligrosa tienen ese sabor clásico de aquellos libros cuya cubierta ya servía para franquearte el paso a ese nuevo mundo que el autor nos sugiere. La de esta última, quizá, sea mi favorita en su conjunto: un velero, el mar oscuro y un cielo rosado y violáceo que me recuerda a esa aurora «de rosados dedos» que describiera Homero. Sin embargo, esta última asociación no es caprichosa, porque el nuevo libro de don Arturo es, creo, también una vuelta a Homero, aunque, en este caso, Telémaco sea un fan de los videojuegos.
En efecto, Cal Gadea tiene dieciséis años, ha sido criado por sus abuelos y busca al padre que nunca conoció. Cuando encuentra a Asier Lerrant en un puerto del Mediterráneo, ambos emprenden una travesía en la que se cruzan la búsqueda del padre por el hijo abandonado, un enigma histórico y una trama policíaca, todo ello a bordo de un velero dedicado al tráfico de arte robado. En este sentido, aunque en la novela hay aventuras, misterio y navegación, lo más interesante sucede entre dos personajes que no parecen pertenecer al mismo tiempo.
Cal interpreta el mundo mediante los videojuegos; que, se me disculpará el aparte, confieso que al principio me extrañó encontrar a don Arturo tan cómodo en la jerga gamer. Lerrant, en cambio, aparenta tener cincuenta o sesenta años, pero carga a sus espaldas con dos mil años de experiencia. Así, mientras que el hijo necesita saber quién es y de dónde viene, Lerrant sabe, quizá, demasiado bien de dónde venimos todos.
Y, entre ambos, está el Mediterráneo, donde cada cabo y cada puerto guardan el recuerdo de una batalla, un naufragio o un imperio desaparecido. Lerrant conoce ese pasado y lleva consigo los libros que le han enseñado a mirarlo, como son Homero, Virgilio, Cervantes, Agatha Christie, Leopardi o Conrad. Sus voces se mezclan con la travesía. Algunas hablan de ese viejo mundo, pero, otras, de lo que Cal empieza a descubrir en él. Es el caso de La línea de sombra, que acompaña su paso hacia una edad en la que los padres dejan de parecer invulnerables, la confianza no siempre encuentra respuesta y no todo lo roto puede repararse.
Cal quiere conocer a su padre. Pero conocerlo significa dejar de imaginarlo. De ahí esa impresión de Odisea invertida al inicio de la obra, pues el hijo no aguarda sentado en Ítaca, sino que sale al mar en busca de Ulises. Pero el padre que encuentra no es el que había imaginado.
Lerrant, en cambio, ha aprendido a no fiarse de lo que desea. Su manera de afrontar el mundo se resume en la regla que da título al libro: preparar las cosas según la hipótesis más probable y tomar precauciones frente a la más peligrosa. Es una excelente regla marinera, pero también una síntesis del universo moral creado por Pérez-Reverte. Las civilizaciones caen, los amigos traicionan, las guerras regresan. Conviene conocer las reglas del mar y las de los hombres. Sobre todo estas últimas.
Quienes llevamos años leyéndolo reconocemos el paisaje moral que describe el autor plagado de hombres que han dejado de creer en muchas cosas, pero conservan ciertos códigos o no esperan obtener justicia y, precisamente por eso, procuran comportarse con dignidad. Aunque hay nobleza en esa mirada, también esconde una profunda tristeza.
Personalmente, no comparto el pesimismo de don Arturo. Tal vez por juventud, tal vez porque mis ojos no han visto lo que vieron los suyos. Pero mientras leía La hipótesis más peligrosa, particularmente a través de los ojos de Lerrant, pensaba en el barón de Münchhausen, que conseguía salir del pantano tirando de su propia coleta. Cuando ya no se espera salvación de fuera, queda salvarse a uno mismo a través del valor, la amistad, la lealtad, o el buen oficio. Hay algo admirable en ese empeño (lo digo sin ironía), pero no sé es si basta.
Además, la novela introduce una dificultad en la aparente solidez de esa defensa. Cuanto menos necesitemos, menos podrán quitarnos. De acuerdo. Pero lo cierto es que todo aquello que nos hace humanos nos vuelve vulnerables como es amar, tener hijos, confiar o esperar. Lerrant enseña a Cal a protegerse del mundo, pero, al mismo tiempo, la convivencia va creando entre ellos un peligro para el que no sirven los cabos, los medios rizos, ni las amarras: la forja de un vínculo. El hombre que parecía no necesitar de nada ni de nadie, termina junto al muchacho que necesitaba encontrarlo. Y uno empieza a preguntarse quién en este caso educa a quién.
Por su parte, la historia que contempla Lerrant tiene algo de rueda. Cambian los barcos, las banderas y los dioses; debajo permanece la misma criatura. Hay algo leopardiano en esas aspiraciones destinadas a convertirse en piedras, pecios o unas líneas en un libro. Es ante ese horizonte donde mi lectura se detiene, no porque necesite encontrar optimismo en la novela, sino porque me pregunto qué lugar queda para la esperanza. El vínculo entre padre e hijo hace que la pregunta no tenga una respuesta tan sencilla como podría parecer.
No son lo mismo. El optimista cree que las cosas saldrán bien. La esperanza admite que pueden salir mal, incluso irremediablemente mal, pero no concede al mal la última palabra. No exige menos lucidez, sino otra manera de mirar lo que esa lucidez descubre.
Desde una mirada cristiana (que también tiene cosas que decir en el libro), los barcos naufragan, el justo sufre y el inocente muere. Pero la diferencia no consiste en negar la muerte, sino en creer que no es el final. Pensaba en ello al contraponer Halloween y Navidad ahora que por las fechas comienzan a convivir (aun cuando sea comercialmente) las dos realidades. En una, los muertos siguen vagando por nuestro mundo; en la otra, Dios entra en él. El fantasma permanece dentro del horizonte, mientras que la esperanza cristiana lo abre.
Por eso la respuesta que encuentro al pesimismo de Lerrant es la caridad. Darse cuando podemos perder. Confiar cuando pueden traicionarnos. Amar sin garantía de reciprocidad. Desde la lógica de quien prepara todas las eventualidades, parece una insensatez. Pero el perdón no exigible, la lealtad que se ofrece sin recompensa o el sacrificio que nadie reclamaba introducen algo que la mera repetición no explica.
La hipótesis más peligrosa es una magnífica novela de aventuras, una historia de padres e hijos y un viaje por la memoria de ese mar alrededor del cual se ha construido buena parte de lo que somos. Pero también permite discutir con el autor después de cerrar el libro. Pocas cosas mejores pueden pedírsele a una novela que remover y sacudir la conciencia.
Don Arturo mira el Mediterráneo y ve ruinas, guerras que regresan, imperios convencidos de su eternidad justo antes de desaparecer. Yo también los veo. La diferencia empieza después. Conocer Troya no obliga a renunciar a Ítaca, así como tampoco haber visto naufragar barcos no demuestra que no exista el puerto. Y conocer de qué somos capaces como especie no excluye que podamos recibir algo que no sabemos darnos o que no esperábamos.
Quizá por eso volví a mirar la portada. El velero continúa allí, recortado en el horizonte del mar Mediterráneo. Detrás quedan las ciudades incendiadas, los imperios muertos, los padres ausentes y los hijos que salieron a buscarlos. Delante, todavía no sabemos qué hay. Lerrant revisaría las velas, aseguraría los cabos y estudiaría el viento. Haría bien.
Pero sobre ese mar está amaneciendo.
Tal vez la esperanza consista en seguir navegando sin negar la tormenta ni olvidar los naufragios, porque existe una costa que todavía no vemos. Don Arturo quizá piense que ésa es una manera peligrosa de hacerse al mar. Puede ser. Entre todas las hipótesis de su libro, yo me quedo con que después de Troya todavía exista Ítaca. Que después de la noche aún vuelva la aurora. Gracias, don Arturo.
