La abstracción de lo real

Texto e ilustración Isolda de la Quadra-Salcedo

Desde siempre he sentido una fascinación por esas cosas del día a día que parecen insignificantes hasta que las miras con otros ojos: un borde, un pliegue, un gesto, un fragmento mínimo de realidad que, cuando lo separas del resto, vive de otra manera. A veces basta con una sombra o un recorte para que lo cotidiano empiece a adquirir otra forma, un ritmo distinto. Ahí es donde empiezo, en ese punto en el que la realidad deja de ser literal y se convierte en materia para abstraer, reinterpretar y transformar.

Esa atracción por la abstracción de lo real viene también de observar a artistas que la han llevado al extremo. Georgia O’Keeffe, por ejemplo, no pintaba flores tal y como eran. Las ampliaba hasta que dejaban de ser simples pétalos y se convertían en paisajes sensuales, casi totémicos. Me gusta cómo logra que algo pequeño se vuelva infinito al acercarlo tanto que lo descontextualiza. No es una imitación de la naturaleza, sino un modo de revelarla con otras lentes. Lo mismo me pasa con Karl Blossfeldt: sus fotografías de plantas no hablan solo de botánica; hablan de estructura, de geometría, de una especie de orden secreto dentro de lo orgánico. Y eso es lo que verdaderamente despertó mi interés, cómo algo tan real, tan común, puede llegar a parecer casi arquitectónico cuando se mira con la distancia adecuada.

Cuando observo su trabajo, lo que realmente me atrae no es el objeto en sí, sino ese gesto de mirar más allá de lo obvio. Ese impulso de abstraer la realidad hasta que muestra una esencia distinta. En mi trabajo, no busco reproducir lo que ellos hicieron, pero sí me inspiro en esa forma de mirar: aislar un fragmento, exagerar un detalle, convertir lo reconocible en algo apenas sugerido. Hay una belleza especial en esa ambigüedad.

En mis fotos y en mis dibujos, siempre vuelvo a ese mismo ejercicio. No intento capturar la realidad completa, sino fragmentarla. A veces me obsesiono con una curva, con la línea de un edificio, con el contraste entre dos colores que aparecen por casualidad. No con la intención de documentarlo, sino de reinterpretarlo. Cuando lo simplifico, lo exagero o lo reduzco a casi nada siento que las cosas que me rodean se vuelven más mías, más íntimas, más ligadas a lo que yo percibo y no tanto a lo que realmente son.

La abstracción, para mí, no es alejarse del mundo, sino una forma de comprenderlo desde el detalle. Es un proceso de observación profunda. Igual que O’Keeffe veía en una flor un universo entero o Blossfeldt convertía una hoja en un patrón monumental, encuentro en lo cotidiano pequeñas semillas visuales que puedo transformar. Deberíamos adoptar su actitud: ese modo de detenerse, de mirar con lentitud, de permitirse descubrir algo extraordinario en lo más simple.

Cuando viajo, esa forma de mirar se amplifica. Todo lo nuevo es más fácil de abstraer porque aún no tiene un significado establecido. Las ciudades se convierten en conjuntos de formas, ritmos y colores antes que en un lugar al que ponerle nombre. Cada ciudad, cada objeto, cada luz se vuelve un fragmento por reinterpretar. Sacar fotos sin un propósito concreto solo por cómo se cruzan dos formas o porque un color destaca sobre el resto. Luego, cuando dibujo o pinto, vuelvo a esas imágenes y elimino lo que sobra. Me quedo con el gesto, con la sugerencia, con la emoción de ese momento. A veces ni siquiera recuerdo el contexto original; solo me interesa lo que permanece, aquello que aún tiene algo que decir incluso cuando todo lo demás ha perdido sentido o se ha ido desdibujando con el tiempo.

Creo que la abstracción de lo real tiene algo de huella y algo de transformación. La huella es lo que permanece después de mirar; la transformación lo que busco que perdure cuando otro mire. Me atrae esa doble condición: lo real sigue ahí, pero ya no es del todo reconocible. Y me gusta que quien vea mi trabajo tenga que reconstruirlo. Que dude si es la sombra de una enredadera proyectada sobre un muro de piedra, un pétalo que le recuerde al abrigo de terciopelo que se ponía su madre en invierno, la superficie de un estanque reflejando columnas de luz filtradas por ramas o que imagine un caparazón de caracol convertido en una espiral arquitectónica. Cada fragmento sugiere, insinúa y desafía, dejando un vacío que el espectador debe completar con su propia memoria, su propia percepción y su propia imaginación, como si la abstracción se convirtiera en un juego entre lo visible y lo sentido.

La abstracción es una celebración de la realidad, no un escape de ella. La hace respirar, la amplifica, la deja hablar a través de los detalles que normalmente ignoramos. Salir a la calle se convierte en un acto de descubrimiento, mirando con atención como quien recolecta señales invisibles, permite que lo cotidiano revele sus secretos. Así que, querido lector, póngase los zapatos, no olvide sus llaves y salga a observar con esos ojos en busca de esas pequeñas maravillas que esperan ser descubiertas y los gestos inadvertidos que transforman lo familiar en extraordinario.