Karavana y el éxtasis colectivo
Descubrimos Karavana desde hace relativamente poco tiempo, por casualidad. Nos gustaron sus canciones llenas de guitarras y con letras que representan el sentir de una generación: una sensación de desencanto que encuentra alivios puntuales. A veces hace falta bailar para olvidar la realidad. Cada uno tiene sus tenadas.
Llegamos pronto, para entonarnos con un mini de cerveza al ritmo de los teloneros. No conocíamos a Nadie Patín, pero nos quedamos con su espíritu olímpico y con el propósito de indagar en su discografía.
Cuando los Karavana saltaron al escenario, comprendimos que la cerveza había sido imprescindible. Casi no había sonado el primer acorde cuando, en el centro de un recinto abarrotado, se formó un pogo que discurrió al ritmo de todos y cada uno de los temas, hasta el final.
Nosotros somos una revista cultural. Nos comunicamos mediante la palabra escrita. Eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Y si hay algo que envidiaremos siempre, sanamente, a los músicos es su capacidad para desatar el éxtasis colectivo. El poder de hacer feliz a la gente delante tus ojos.
Karavana tiene ese poder. Cómo se debe de sentir alguien que ha escrito una canción cuando, al terminar el concierto, un público entregado corea al unísono el estribillo. No hay nada igual.
Su primer lanzamiento es de 2018, aunque su travesía no ha estado libre de obstáculos: llegaron a dejar el grupo y, tras recuperarlo, uno de los integrantes originales lo abandonó y fue reemplazado. Han lanzado dos álbumes, Muertos en la disco (2021) y Entre amores y errores (2024).
Como proyecto que acaba de nacer, no podemos dejar de alegrarnos por encontrar a gente que persigue fuerte sus sueños y que, poco a poco, los va alcanzando. Larga vida a Karavana. Nosotros volveremos. Y que pongan los Strokes.
