Jean-François Revel, 20 años después
Voy con otro aniversario y otra remembranza. Parece que les tengo querencia, y no voy a negar que es así, pero es que, supongo, las efemérides, conmemoraciones o años redondos son excusas perfectas para traer a colación con cierta apariencia de oportunidad lo que, en realidad, importa igual en cualquier otro momento.
Este año 2026, en abril, para ser exactos, ha hecho 20 años que se fue Jean-François Revel. Un autor al que, personalmente, vuelvo de modo recurrente. ¿Fue, acaso, un pensador profundo, con una capacidad especial de aportación a la visión que uno tiene del mundo? No, yo no diría eso. Revel pertenece a ese amplio grupo de los “intelectuales de peso medio”, los periodistas ilustrados y los divulgadores, a la clase de los Indro Montanelli o, entre nosotros, Fernando Savater. Gente absolutamente imprescindible no tanto por tal o cual idea, sino por su actitud, por su posicionamiento vital. Revel pertenecía, creo, a la estirpe de Voltaire: la de los polemistas, esos tipos que, a fuerza de cuestionar, impiden que se acumule el sarro intelectual. Hubo un tiempo, por cierto, en que esos perfiles abundaban en Francia. Pero hubo un tiempo en que Francia era muchas cosas que ya no es.
Marsellés de nacimiento, miembro de la Académie Française, Revel era egresado de la École Normale Superieure, es decir, de la Grande École donde se forman los “hombres de letras”. Hizo sus deberes, por tanto. Enseño francés en México, en Italia y en el norte de África. De su experiencia mexicana le quedó, por cierto, un fantástico y bien articulado español que ─unido a su genuino interés y sentido de cercanía respecto a España─ le convertiría en un visitante más o menos asiduo de nuestros medios en los 80 y 90. Autor de muchos libros, lo fue todavía más de artículos y columnas, sobre todo en L’Express y, después, Le Point. La columna de opinión o la página semanal son, ya se sabe, el terreno favorito de los esgrimistas del idioma. Léase, entre nosotros, y en nuestros días, a un Jorge Bustos y dígaseme si no es cierto lo que digo: la extensión del libro o el artículo de fondo no son el mejor terreno para que los velocistas de la lengua enlacen figuras y luzcan expresividad. Por más que se desempeñara, y muy bien, en el texto de fondo, la distancia corta y media era también la de Revel.
En su día, militante socialista ─inciso: lo mejor que produce el socialismo, aquí y en todas partes, son invariablemente sus desertores y sus arrepentidos─, cambió su originaria oposición al gaullismo por un posicionamiento antitotalitario, y específicamente anticomunista, que, desde mediados de los 70, le llevó a instalarse firmemente en el liberalismo clásico. Y puso al servicio de la causa toda su capacidad polémica, que nunca fue poca. Una vida frente al 68 y la explosión de estupidez que representó (¿he dicho ya que Francia ha sido una gran partera de ideas?, pues lo ha sido: las mayores idioteces han salido casi siempre del Hexágono – también es verdad que lo hicieron cosas cabales). Como digo, Revel no fue un crítico teórico. No opuso sistema a sistema, no abogó por una ideología alternativa ─si algo no es el liberalismo, desde luego, es una ideología, y poca cosa hay más antiliberal que una visión cerrada del mundo─. Como digo, no fue un constructor de aparatos conceptuales, ni un pensador profundo, fue un polemista cultivado e incisivo. Carne de Apostrophes. Sí abundó, no obstante, en una idea que se ha revelado de gran interés: la de que la evidencia no suele bastar para desterrar el prejuicio. Desarrolló esta cuestión con cierta profundidad en La Conaissance Inutile (esp. El Conocimiento Inútil). Se refería, específicamente, a cómo la militancia totalitaria y el entusiasmo izquierdista, sobre todo, de cierta intelectualidad europea, resultaban absolutamente inmunes a la abundante evidencia del carácter criminógeno del comunismo, en su versión estalinista, y de su enorme incompetencia, en todas las demás. Esa tendencia a ignorar la evidencia y a que la realidad no estropee un buen prejuicio cuenta con hondo arraigo en Francia y empieza por la minimización de los aspectos más criminales de la propia Revolución.
Revel puso de manifiesto que no es verdad que “dato mate a relato”. Y eso que él escribía en una época en la que, al menos, había que mantener cierta pose de racionalidad en el debate público. Me pregunto qué pensaría ahora, en la era del “yo lo siento así”. Él denunciaba que toda una intelectualidad se embarcaba en el desarrollo de sofismas para hacer pasar por ideas lo que no era más que la defensa de creencias o, simplemente, de biografías o carreras académicas. Lo cierto es que ya no es ni siquiera preciso fabricar material defectuoso de ocultación. Cuando la emocionalidad desplaza a la racionalidad, el debate deviene simplemente imposible. Las creencias, cuando se revelan como tales, son inimpugnables. Confundir ideas con creencias ─Ortega explicó la diferencia y dejó dicho que la idea se tiene, en la creencia se está─ conduce a la frustración de quien pretende conducirse racionalmente. Y es un tema que subyace a todo el debate político, y no solo político, contemporáneo.
En otras obras (como L’Obsession Antiamericaine) Revel también indagó sobre esa pulsión autodestructiva e irrefrenable que lleva a occidente a hacerse daño a sí mismo. A tratarse como un error histórico. Las élites intelectuales francesas y occidentales, en general, llevan cerca de un siglo instaladas en una impugnación constante, cuya manifestación más patente es el antiamericanismo perpetuo. El sistema, que tiene graves defectos, padece una continua enmienda a la totalidad que, entre otras cosas, impide mejorarlo. La palmaria realidad de que se trata del sistema que ha conseguido las más altas cotas de desarrollo humano es, de nuevo, soslayada.
Y luego, claro, está el Revel vitalista y vividor en el mejor sentido de la palabra. El gastrónomo que, en su Diario de Fin de Siglo, dejó claves esenciales para la vida buena. La gente verdaderamente sabia aprende que no hay que esperar el advenimiento de ningún hombre nuevo. Mejor haremos si estamos atentos a la llegada del espárrago que, salvo catástrofe, llega puntual todos los años a su cita. Ya no recuerdo si le debo a él ─pero así podría ser, perfectamente─ la fundamental enseñanza de que lo que mejor combina con la mayoría de los quesos son ciertos vinos blancos de Borgoña. Revel es un recordatorio permanente de por qué Francia ha sido, y sigue siendo, una idea necesaria para la civilización.
