Instrucciones para no hacer nada

Alberto de Nieto

Antes de todo, siéntese y relájese, y escuche con atención estas instrucciones, pues puede parecer fácil la ausencia de actividad; pero semejante menester implica una serie de pasos a realizar de forma secuenciada. 

Comience por dejar de chasquear sus manos y evite que sus piernas nerviosas retumben sobre la mesa. Trate de pasar por alto que está compartiendo espacio con sus compañeros. Olvídese de ellos, están tratando de hacer lo mismo que usted. No los mire. Deje de mirarlos. 

Supere los últimos 500 años de tradición luterana y abrace la improductividad. Renuncie a su voz interna que le invita constantemente a la actividad. Combátala como el poderoso Bartleby de Melville: “preferiría no hacerlo”. 

Continúe apagando su cuerpo. Para ello, sienta los latidos de su corazón, cómo los vellos de sus brazos se erizan al sentir la leve brisa otoñal que entra tímidamente en la sala. Sienta el hormigueo que recorre su pierna desde que ha dejado de agitarla. Ella ha sido la primera en dormirse. Siga su ejemplo. Ahora es su turno. 

Trate de poner su mente en blanco, activando los mecanismos mínimos de supervivencia necesarios para seguir el hilo de estas instrucciones. Elimine los intrusos que amenazan destruir la muralla de blanco marfil con la que protege su mente, en forma de trauma infantil, ruptura adolescente, duelo o inseguridad adulta. Si alguno insiste en colarse, obsérvelo pasar como quien ve una nube atravesar el cielo: sin retenerla, sin perseguirla, sin darle nombre. 

Recuerde: para no hacer nada, no existe el tiempo, se acabaron sus tareas. Destruya su reloj, sus mecanismos de control, ponga patas arriba la Revolución Industrial, la primera, la segunda, la tercera. ¿Cuántas hay? Calme su curiosidad. No importa cuántas ha habido. Ansiedad, ansiedad, ansiedad. No sirve de nada. No está ayudando. Por favor, pare. Frene su mente. ¡Está tratando de sabotear estas instrucciones! Necesita dopamina, acostarse habiendo aprendido algo nuevo. ¿No es acaso eso lo que le enseñaron de pequeño? No escuche a nadie, imagínese en una isla desierta. ¿Es imaginar hacer algo? Es el primer paso del viaje hacia la nada, ¿o hacia el todo? 

Deje de escuchar a sus compañeros, a su voz interna, a ese rumor que se infiltra por la ventana. Sienta lo que siente al apagar la campana extractora. Desconecte ese sonido a priori inofensivo pero intrusivo. Tanto el interno, como el externo. Cierre los ojos y deje caer su cabeza suavemente sobre sus brazos, que languidecen sobre la mesa. 

Muy bien. Lo está consiguiendo. 

Deje de respirar. 

Deje de escuchar cómo late su corazón. 

Deje de escucharme. 

¿Hola? ¿Hola?