Llorar o no llorar: ¿esa es realmente la cuestión?

Paula Moreno-Cervera

Ser o no ser, esa es la cuestión”.

La frase más célebre de la historia del teatro abre el famoso monólogo de Hamlet, pero también podría funcionar como la llave emocional de Hamnet, la película de Chloé Zhao basada en la novela de Maggie O’Farrell. Porque, más allá del mito literario, lo que propone la película es recordar esa finísima línea que separa la vida de la muerte y lo frágil que es aquello que solemos dar por sentado.

Zhao se adentra en un territorio relativamente desconocido como es la vida privada de William Shakespeare. Pero lo hace desplazando el foco del “genio” hacia sus orígenes, hacia su esposa Anne Hathaway (rebautizada como Agnes) y hacia su hijo Hamnet, muerto con once años. A partir de ahí, el guión juega con la etimología y la supuesta intercambiabilidad entre Hamnet y Hamlet para tender un puente simbólico entre la tragedia doméstica y la gran obra teatral.

Ese puente es, precisamente, una de las apuestas más discutibles de la película. La conexión entre la muerte del niño y la escritura de Hamlet está tan subrayada en el guión cinematográfico, que podría parecer que desconfía de la cultura del espectador. Nadie discute la libertad ficcional, pero lo que chirría es lo mucho que se simplifica. Hamlet es un cóctel de venganza, traición, poder, locura y dilemas morales. Convertirla en un reflejo casi literal del duelo paterno puede hacer llorar, pero adelgaza su magnitud literaria.

También se hace pesada la estructura de la película. Los primeros cuarenta y cinco minutos funcionan con delicadeza, asentando el clima familiar, y la media hora final concentra lo mejor de la película y explica gran parte de su impacto. El problema aparece en el tramo intermedio, donde Hamnet entra en una meseta: se repite, se recrea y se estira con escenas ásperas, tristes y crueles.

Visualmente, la propuesta cinematográfica es (a mi juicio) difícil de discutir. La cámara de Łukasz Żal captura Stratford-upon-Avon con luz natural, tonos terrosos y una atmósfera casi onírica, recordando a escenarios propios de la obra Sueño de una noche de verano. Asimismo, el diseño de producción y el vestuario terminan de fijar ese mundo rural desde una elegancia silenciosa, ofreciendo una experiencia sensorial intensa que no siempre se traduce en mayor profundidad narrativa.

En efecto, bajo esa belleza, los personajes no siempre aguantan el peso emocional que se les exige. Agnes, interpretada por Jessie Buckley (lo mejor del reparto), aparece como mujer intuitiva y conectada con la naturaleza, pero su arco se reduce a símbolos y gestos. Shakespeare (Paul Mescal, algo sobrio) queda como figura paterna ausente, resumida en culpa y bloqueo creativo.

Entonces, ¿por qué tanta gente llora con Hamnet? 

Porque la película aprieta las teclas adecuadas. Las escenas de enfermedad y duelo están interpretadas con una intensidad casi asfixiante; son duras, escabrosas y crueles. Y, aun así, hay un momento (menos comentado) que me tocó de verdad. El sacrificio de Hamnet por su hermana es, a mi juicio, la escena más bonita, conmovedora y también más dura de la película. Un gesto de amor entendido como entrega absoluta, muy shakesperiano en esa forma de amar que pasa por dar la vida por el otro. Ahí, desde un lugar muy personal, confieso que yo también quebré.

Quizás, al intentar entender por qué lloré, recurro a lo que comentan en el podcast Cowboys de medianoche (que aprovecho para recomendar a cualquier cinéfilo que se precie): "llora la gente más joven". Así, tal vez sea una cuestión generacional, o tal vez pura sensibilidad. En cualquier caso, que una película nos haga llorar no la convierte automáticamente en una obra maestra. Hamnet conmueve, y envuelve el profundo dolor en una estética exquisita, pero deja la sensación de haber elegido el camino más directo (y quizá también el más fácil) hacia la lágrima del espectador.