Fra Angélico en Florencia
Entre el esplendor y el recogimiento
Viajar a Florencia para visitar la gran exposición dedicada a Fra Angélico en el Palazzo Strozzi y en el Convento de San Marcos ha sido el mejor regalo de Navidad. He paseado entre Anunciaciones, Adoraciones de pastores y de Reyes Magos, Vírgenes y ángeles, pintados en uno de los momentos más mágicos del arte en el que fe, humanismo clásico e innovación formal van de la mano.
Se trata de un acontecimiento artístico importante, no solo por el gran número de obras reunidas, sino también porque la exposición ha permitido restaurar algunas piezas y recomponer retablos que llevaban siglos dispersos en museos, iglesias y colecciones privadas. Así, nos acercamos a lo que fueron en su origen: obras pensadas para acompañar la vida religiosa en iglesias y conventos.
Guido di Pietro es el verdadero nombre de Fra Angélico, un nombre que se le atribuyó después de su muerte. Sabemos poco de sus primeros años, comenzó como pintor y, con más de veinte años, ingresó en la orden dominica. El hecho de dedicarse exclusivamente a temas religiosos y la imagen transmitida por Giorgio Vasari en Las vidas, subrayando su carácter piadoso, hicieron que durante mucho tiempo no se le considerara plenamente como protagonista del Renacimiento. Hoy resulta evidente que Fra Angélico fue un pionero del Quattrocento florentino, capaz de aplicar un lenguaje nuevo —luz, color, espacio y perspectiva— a través de personajes reconocibles y arquitecturas de inspiración clásica.
Tras esta breve introducción, me gustaría centrarme en la comparación entre dos obras vistas en las dos sedes de la exposición: un palacio posterior a la época del pintor y un convento. El contraste entre ambos resulta revelador, ya que San Marcos no fue concebido para exhibir obras, sino como un conjunto único del Renacimiento florentino, creado bajo el mecenazgo de los Médici para la orden dominica, con la arquitectura de Michelozzo y la pintura de Fra Angélico. Allí, el pintor era también uno de los frailes, siguiendo una vida organizada entre la oración, el estudio, el trabajo silencioso y la vida comunitaria, con largos tiempos de soledad en la celda marcados por la luz y la repetición diaria.
1. La Dormición y la Asunción de la Virgen en el Palazzo Strozzi
Dormición y Asunción de la Virgen, c. 1430–1434
Temple y oro sobre tabla. Isabella Stewart Gardner Museum, Boston
Este panel formaba parte de un relicario encargado para Santa Maria Novella, una caja que contenía reliquias sagradas y que, por ello, debía estar decorada como una joya y ser objeto de devoción ante el cual el fiel se acercaba para tocarlo y orar. Santa Maria Novella era la principal iglesia dominica de la ciudad, un lugar donde se cruzaban religión, arte y poder cívico.
Si observamos la imagen desde la parte inferior, comenzamos por la Dormición de la Virgen, rodeada por los apóstoles. Aunque hay dorados en el féretro, los candelabros y los nimbos, lo que más llama la atención es la variedad de los rostros (claramente individualizados) y la colocación de los cuerpos en el espacio. Casi parece que podamos oír las conversaciones de los distintos grupos o presenciar el esfuerzo de los cuatro personajes que están a punto de levantar el féretro. Cristo, como uno más, aparece en el centro sosteniendo el alma de la Virgen, representada como un niño. Al fondo, un muro sencillo y a ambos extremos unos cipreses sitúan la escena delante de un jardín.
Sobre esta escena terrenal se eleva la visión gloriosa de la Asunción. Aquí el fondo es completamente dorado para mostrar el mundo divino. La Virgen emite rayos de luz, al igual que las alas de los ángeles, trabajadas sobre finas láminas de oro. Los colores vibran con azul ultramar (del lapislázuli) o rojo bermellón. Algunos ángeles tocan instrumentos, otros se cogen de la mano y bailan. Todo culmina en el triángulo con la figura de Dios Padre, rodeado de ángeles apenas visibles sobre el fondo del más intenso azul. Se inclina hacia la Virgen con los brazos abiertos y ella alza las manos y la mirada, conectando ambas secciones con ese gesto. El pintor hace propaganda del Cielo como un lugar perfecto y luminoso, una afirmación clara del Paraíso en el que cree.
En el Palazzo Strozzi, los visitantes circulamos deslumbrados, saltando de una obra a otra, sin tener presente su contexto. Las escenas celestiales suelen ocupar la parte superior de los retablos, mientras que, en las predelas, a la altura de los ojos, se narran episodios de la vida de Cristo, la Virgen o los santos. Funcionan casi como un cómic devocional, pensado para una población mayoritariamente analfabeta. Mi sensación al terminar el recorrido fue parecida a la de después de un gran banquete: feliz, pero también algo saturada del banquete de belleza.
2. La Anunciación, Convento de San Marcos
La Anunciación, Celda 3, c. 1438-1440, fresco, Convento de San Marcos, Florencia.
Muy distinta es la experiencia de los frescos en las pequeñas celdas de los frailes dominicos del Convento de San Marcos. La Anunciación es una de las más sencillas que Fra Angélico pintó. Aquí la Virgen parece una niña sorprendida por la aparición del ángel mientras reza en un reclinatorio. Gabriel se presenta como el eje vertical de la escena: entre él y María queda un espacio vacío que se une por el gesto compartido de las manos entrecruzadas. Las alas, delicadas y llenas de color, y la diminuta llama roja sobre el pelo se asocian al acto de anunciar. No hay marco ni dorados, salvo en los nimbos. El espacio es sobrio, casi vacío, con una luz muy similar a la de la propia celda.
Detrás de las alas aparece un fraile dominico en actitud de oración. La herida y sangre en su cabeza lo identifica como San Pedro Mártir, asesinado por predicar entre los herejes. Su presencia es deliberadamente anacrónica, no representa un momento histórico, sino un modelo dominico que ayuda al fraile que habita la celda a entrar en la escena y a vivirla desde dentro como un testigo.
El arco de medio punto del fresco dialoga con los arcos representados, con la ventana por la que entra la luz y con la puerta que conduce a la vida comunitaria. ¿Qué sería más real para el fraile: la imagen, la luz o la puerta? Aunque los dominicos no eran una orden de clausura estricta, pasaban alrededor de siete horas al día en sus celdas. La convivencia diaria con estos frescos debía de influir profundamente en su vida interior.
Hoy, todos somos turistas que miramos desde fuera, a veces incluso a través de pantallas, acostumbrados a imágenes que se suceden sin dejar huella. En tiempos de Fra Angélico, en cambio, las imágenes tenían un peso real en la vida cotidiana y espiritual. Vivió muchos años en San Marcos y pensó estas pinturas para acompañar la experiencia de sus hermanos frailes, como una puerta de entrada para cruzar umbrales y conectar la visión interior con la exterior, al mismo tiempo que participaba plenamente en la renovación formal del Renacimiento. Entre el esplendor del altar y el recogimiento de la celda, su pintura une fe, experiencia y una nueva forma de entender la luz, el espacio y la figura humana, invitándonos todavía hoy a mirar de otro modo.
La exposición lleva abierta desde el 26 de Septiembre y estará hasta el 25 de enero del 2026. Más información aquí.
