Flor y canto: el servicio de Fray Bernardino de Sahagún a la humanidad
Antonio Belda
Fragmento del Códice Florentino, Fray Bernardino de Sahagún.
Vuelvo en este número al terreno de las biografías, de la mano de un libro que, como el anterior (Última escala, de Marta San Miguel, Libros del Asteroide, 2026), desafía en buena medida las convenciones del género. Y es que, en efecto, hay libros que se escriben para deslumbrar y otros que se escriben para acompañar. Bernardino de Sahagún: guardián de la memoria náhuatl (Fundación Santander, 2026), de Juan Miguel Zunzunegui, parece inscribirse en la segunda estirpe, y ahí reside, probablemente, su mayor virtud. Lejos de la biografía que apila datos, Zunzunegui ha preferido el camino más difícil de la discreción. El resultado es un retrato que no solo cuenta la vida de un fraile franciscano del siglo XVI, sino que reproduce, en su forma, el contexto de las primeras presencias de España en América y el temple moral de su protagonista.
La erudición de Zunzunegui es amplia y conocida y, sin embargo, en esta obra se acalla para dejar hablar al protagonista y a su contexto. Detrás de cada página se adivinan lecturas largas y una familiaridad sostenida con el mundo mesoamericano, con la teología franciscana y con la lengua y la cosmovisión nahuas. Pero ese saber jamás se exhibe. No hay aquí la tentación, tan común en el género, de interrumpir el relato para demostrar cuánto se sabe. Al contrario, el autor administra su conocimiento y lo deja respirar al fondo, poniéndolo al servicio del relato y no del lucimiento propio.
Esa erudición velada puede leerse no tanto como un recurso estilístico cuanto como una forma de fidelidad al personaje cuya vida y obra glosa. Porque Bernardino de Sahagún fue, en buena medida, un hombre cuyo mérito consistió en desaparecer detrás de su obra. Llegado a México en 1529, dedicó más de medio siglo a una tarea descomunal (aprender el náhuatl, interrogar a los ancianos y ordenar la memoria de todo un pueblo) sin reclamar para sí ni el aplauso ni el nombre. Su monumental Historia general de las cosas de Nueva España, el llamado Códice Florentino, suele considerarse uno de los esfuerzos etnográficos más notables de su tiempo: un trabajo bilingüe, ilustrado por manos indígenas, que rescató del olvido una civilización entera. Y, sin embargo, fue concebido como puro servicio a Dios, a la Iglesia y al propio pueblo cuya cultura ayudaba a preservar. Sahagún no quería ser visto, sino que quería que su obra, la preservación de la cultura náhuatl perdurara. Zunzunegui ha comprendido que la única forma honesta de escribir sobre semejante figura era imitar esa actitud: esconderse él también y dejar que la luz cayera sobre el fraile y, más todavía, sobre los informantes y los escribas sin los cuales aquella empresa habría sido imposible.
Sahagún no buscó la gloria, pero se la concedió la historia. No quiso ser visto y hoy resulta imprescindible, un auténtico “cuidadano”, en el sentido orteguiano, que transformó toda su vida en una lucha constante por la consistencia.
En conjunto, Bernardino de Sahagún: guardián de la memoria náhuatl aspira a ser algo más que una semblanza bien escrita. Funciona también como una meditación sobre el valor del trabajo callado, sobre la dignidad de servir sin figurar y sobre la memoria como acto de amor frente al olvido. Zunzunegui ha comprendido que ciertas vidas no se honran con grandes alardes, sino con la misma humildad que las hizo grandes.
