El escenario en la era del algoritmo

Andy Warhol, Self-Portrait with Skull, 1977, Polaroid, The Andy Warhol Museum, Pittsburgh.

Estamos casi en semana de Oscars y me ha parecido un buen momento para compartir una reflexión sobre el cine, el teatro y el futuro de ambos. No soy experto en teatro, y mucho menos en cine, por lo que pido que nadie se enfade por lo que aquí cuento, pues lejos de sentar cátedra, solo pretendo ordenar un par de intuiciones. 

En el último siglo, el mundo ha vivido una revolución técnica y tecnológica sin precedentes. Todo ha evolucionado a gran velocidad y las personas más cotizadas, las que han sido percibidas como las más productivas y las que mayor valor añadido podían aportar, han sido las que tenían un perfil más técnico: ingenieros, abogados, financieros, economistas o, en los últimos años, informáticos o desarrolladores de software. 

Al mismo tiempo, lo artístico y lo humanista ha ido quedando en un segundo plano. A mi juicio esto se hace más evidente en la arquitectura, disciplina que admiro porque combina arte y técnica, y que a mi modo de ver en las últimas décadas ha tendido a priorizar lo funcional sobre lo bello. Hoy en día, los museos reflejan una belleza sin utilidad (el compadre burlón del que habla Javier Gomá en “Belleza sorprendida”), mientras que las viviendas de nueva construcción ocupan el puesto de utilidad sin belleza. “Casas modernas”: así llaman a las cuatro paredes blancas (con una nevera que te habla por tu nombre, eso sí) que se construyen hoy en día. 

Es sentido común pensar que, al nacer el cine, iba a nutrirse enormemente del teatro. El teatro cuenta con milenios de historia, pero su innovación técnica ha sido muy limitada. Cualquiera que acuda al teatro hoy, verá un escenario y unos pocos actores dialogando, no mucho más (naturalmente, es una exageración, nadie ignora la gran labor técnica que hay detrás). Sin embargo, el cine sí ha tenido la posibilidad de experimentar una evolución técnica sustantiva. 

En los orígenes del cine, tanto la frontalidad de los planos como el peso del diálogo revelaban una herencia claramente teatral. Pese a que, con el paso del tiempo, la técnica cinematográfica se sofisticó, el cine clásico descansaba en gran medida sobre el actor, el diálogo y la estructura dramática: elementos trasladables al escenario. Una vez pasó la gran época de adaptación cinematográfica de los grandes musicales de Broadway, la separación del cine y del teatro se volvió casi definitiva. Las historias se hicieron cada vez más complejas y la técnica pasó a ser el principal valor diferencial (no necesariamente peor, pero tampoco mejor). 

No obstante, en los últimos años -quizás incluso en los últimos meses- está ocurriendo algo con lo que quizás muchos no contaban, y es que la Inteligencia Artificial se ha apoderado de nuestras vidas. Observamos perplejos cómo una máquina es capaz de hacer en unos pocos segundos lo que a nosotros nos cuesta meses de trabajo. La Revolución Técnica parece estar cerrando un círculo y la ultraespecialización técnica del ser humano ya no es garantía de valor añadido. Si la Revolución Industrial desplazó a las personas de las fábricas, la Revolución de la Inteligencia Artificial va a desplazar -ya lo está haciendo- a los trabajadores de las oficinas. La Revolución Oficinal. 

Este debate ha alcanzado también al cine. El año pasado se leía en The Guardian que “dos de las principales candidatas a los Oscar de este año [The Brutalist y Emilia Pérez] han revelado el uso de inteligencia artificial en la sala de edición”. Y todo apunta a que este uso irá en aumento. Ante esto, si la técnica puede ser replicada, optimizada o incluso superada por una máquina, y está al alcance de todos, quizás deje de ser el elemento diferencial. Habrá que buscar otro. 

Y aquí es donde quiero situar mi conclusión principal. Si el ser humano deja de competir en lo puramente técnico, quizá vuelva su mirada a lo más profundamente humano. Auguro, por tanto, que asistiremos a un resurgir de las humanidades. En lo que respecta a esta sección de la revista, intuyo que el teatro puede experimentar un renovado protagonismo, precisamente porque ofrece algo que ninguna máquina puede replicar plenamente: presencia, vulnerabilidad, experiencia compartida en tiempo real. Es una garantía de creación humana. Pero también el cine podría reencontrarse con su raíz teatral, dejando a un lado la virguería técnica, y dando mayor peso al diálogo, ofreciendo historias más sencillas en apariencia, pero más hondas en su exploración de la experiencia y lo esencial humano. La Inteligencia Artificial genera incertidumbre, sin duda. Pero mi reflexión es que quizás, de manera indirecta, hará florecer el lado más bello y artístico de nuestro mundo.