En busca de la belleza: En las tierras de Wa (Vida y viajes en Japón) de Jaime Alejandre

Claudio Andrade Lucena

Yōrō Waterfall in Mino Province (Mino no Yōrō no taki), from the series A Tour of Waterfalls in Various Provinces, Katsushika Hokusai, 1832. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Japón se ha convertido, desde hace ya bastantes años, en uno de los principales focos de atracción cultural en Occidente. En nuestras calles proliferan los restaurantes de sushi, ramen o cocina fusión, que en muchos casos han ido desplazando a nuestros tradicionales bares. El manga y el anime se han convertido en un fenómeno de masas entre adolescentes y no pocos adultos, mientras que la literatura japonesa atraviesa en España un momento de éxito, impulsada por el buen hacer de algunas editoriales como Satori o Miraguano. 

Pero, a pesar de esta avalancha de japonismo, el público general suele gozar de una mirada superficial, tópica, y a veces llena de prejuicios, sobre Japón y sus habitantes. Aunque consumimos su cultura de masas, rara vez nos aventuramos por sus caminos más recónditos y misteriosos, aquellos que, desde la Restauración Meiji y la consiguiente apertura del país al exterior, han generado una atracción constante, aunque no siempre bien comprendida. Y es que —es justo reconocerlo— la tarea de desentrañarlos resulta compleja. Japón no es simplemente otro país asiático con una cultura propia: es una compleja civilización que se rige por unos códigos estéticos y morales singulares, profundamente sugerentes, cuya interpretación exige conocimiento y paciencia.

Por ello resulta especialmente grato encontrar una obra como la de Jaime Alejandre, que intenta aproximarse a algunos de estos aspectos desde una perspectiva personal e ilustrada. La publicación de este libro no responde a una moda pasajera, ni pretende rentabilizar la fiebre del japonismo en España, sino que nace de una relación prolongada del autor con el país. Como él mismo reconoce, sus páginas constituyen una declaración de amor hacia el lugar donde ha encontrado “la plenitud, la belleza y la armonía”. 

Alejandre es un veterano escritor y un viajero incansable. La cultura nipona lo acompaña desde sus primeras lecturas de Mishima y, de hecho, su primera novela ya estaba ambientada en una remota aldea japonesa. Sin embargo, su primer viaje terrenal a Japón no llegaría hasta el año 2020. Tras varios años de fructífera estancia en el archipiélago, ha visto la luz su última obra: En las tierras de Wa (Vida y Viajes en Japón), publicada por Ediciones Evohé. Este libro constituye el tercer volumen de su obra Mundo Puzle, una recopilación integral de su literatura de viajes.

Resulta difícil clasificar esta obra como simple literatura de viajes. No encontrará el lector únicamente la crónica del gaijin que se asombra ante las excentricidades de una urbe futurista o ante los ritos de un templo aislado en la montaña. Por supuesto, varios de los capítulos están dedicados al relato de sus extensas y divertidas andanzas por gran parte del país. Destacan especialmente sus singulares paseos por Tokio y Kioto, cuyas descripciones nunca dejan de asombrar y donde el viajero encontrará suculentas recomendaciones; su peregrinación por el Camino de Shikoku, que recorre 88 templos budistas; o sus aventuras siguiendo la senda de Bashō, el célebre poeta viajero del siglo XVII. 

Pero el libro también incorpora reflexiones ensayísticas sobre cuestiones esenciales para entender la idiosincrasia japonesa como su sensibilidad estética o la religiosidad. De este modo, el autor construye una obra muy personal donde conviven la literatura de viajes con el ensayo antropológico e incluso el dietario. 

Uno de los aspectos más interesantes de la obra es la discusión de ciertos lugares comunes sobre Japón. Dedica todo un capítulo (“El país decente”) a destacar los valores que, según su visión, hacen tan singulares a los japoneses y a matizar los tópicos y prejuicios más extendidos, lo que servirá, como él mismo reconoce, como argumentario para rebatir a aquellos que, tras una breve visita a Japón, ya se sienten legitimados para criticarlo ferozmente. 

Por ejemplo, frente a la conocida idea de un país definido exclusivamente por el contraste entre tradición y modernidad, Alejandre no ve contradicción sino integralidad. Según su interpretación existen determinados valores –la pervivencia de lo común, la entereza sin aspavientos ante la contrariedad, la nobleza del fracaso o la resistencia común en la adversidad– que desempeñan un papel muy relevante en la vida colectiva. El libro es un alegato en favor de los valores japoneses que, otorgando un papel central a la comunidad, contribuyen a la convivencia pacífica –la urbanidad– y la libertad individual. Mucho es lo que podemos aprender desde España, y en general desde Occidente, donde la mera referencia a valores suele causar rechazo y desprecio.  A pesar de todo, aunque su crítica a la deshumanización y al relativismo de Occidente resulta sugerente, su visión respecto a su futuro parece excesivamente pesimista.

“Van, se van mis días; las flores permanecen” (p. 181)

Alejandre, al estilo del ideal de los caballeros de Heian, ha cultivado la sensibilidad emocional y poética y el refinamiento estético. En el libro nos presenta, desde su experiencia personal, una de las nociones fundamentales en Japón: el mono no aware, la empatía para conmoverse ante la belleza efímera de las cosas y la conciencia de la caducidad de la existencia. Una experiencia que se revela a lo largo de todo el libro pero que destaca especialmente, por ejemplo, en el capítulo que dedica a la contemplación de las flores —un hábito que reconoce haber adquirido en Japón, donde es una pasión nacional—, y en el relato de sus incursiones en el arte de la caligrafía tradicional (shodō). 

En definitiva, quienes busquen aproximarse a Japón más allá de los tópicos encontrarán en este libro un excelente compañero de viaje. En un momento en que el país genera una creciente fascinación en Occidente, pero no logra despojarse de sus clichés, En las tierras de Wa nos acerca a su esencia de una forma amena y enriquecedora, despertando en el lector el deseo de viajar y, lo que es más importante, de comprender.