El viajero sedicioso

Fernando Jiménez Colorado

Era una luminosa mañana de abril, cuyo perfume de jazmines y jacintos anunciaba gozosamente el retorno de la primavera. El cielo estaba despejado, los pajaritos trinaban y todo hacía presagiar un buen día. A los lejos, la estrecha línea del horizonte que se distinguía entre dos edificios estaba moteada por un nubarrón inofensivo, de esos que no se sabe si van o vienen.  

Antes de internarse en la estación de Metro de camino al trabajo, Horacio paró por un café para llevar. Alto, flaco, el pelo algo alborotado, desgarbado y enfundado en una gabardina color beige de doble botonadura, exhibía una tímida media sonrisa y su mirada azul parecía perderse en algún punto del infinito. 

Se puso a la fila. Cuando le llegó su turno, sonrió a la camarera, le miró a los ojos y dijo:

- Buen día. Por favor, un café con leche para…

La voz se le quebró cuando, de la nada, surgió un hombre que aparentaba unos cuarenta o cuarenta y cinco años y, sin parar mientes en nada ni nadie, se colocó a su lado frente al mostrador. Le empujó con el codo, dando Horacio un paso atrás. El individuo le espetó a bocajarro a su interlocutora:

- Llevo un rato esperando en la cola y necesito que me calentéis la leche para la niña - dijo mientras blandía en el aire un biberón cargado, a modo de patente de corso.

Todavía amodorrada por el probable madrugón que se había pegado para abrir el local, la mesera le respondió serenamente que se hacía cargo, pero que había de aguardar su turno como todos los demás. Ante la insistencia contumaz del hombre, ella miró suplicante a Horacio, como pidiéndole la venia para cederle su turno. 

- Esperaré, atienda primero al caballero, -dijo con el rictus rígido y llevando la vista al suelo. 

El interfecto no le dio las gracias ni se giró a mirarle. Diez minutos después, Horacio ingresaba en el ferrocarril metropolitano con su café. Ahora iba con el tiempo justo, de modo que la espera de cuatro minutos se le hizo eterna.

Cuando el tren llegó, se hizo a un lado para dejar salir antes de entrar, lo que le valió los empellones de los viajeros que se apeaban cual manada de rinocerontes furiosos y de los que querían subirse desesperadamente, como si fuera el último convoy que permitiera huir de una ciudad asediada por el enemigo. En uno de estos reflujos de la marea humana, empujó accidentalmente a una mujer de mediana edad, rubia, con coleta, no carente de atractivo. Al disculparse él, ella no pronunció palabra y se quedó lívida y abrió enormemente los ojos, exhibiendo una mueca de horror, como si hubiera visto un fantasma. 

Una vez en el vagón, logró acodarse contra una de las puertas del lado ciego. A su alrededor, se desenvolvía la estampa habitual de un lunes a las ocho y media de la mañana en la capital del Reino. Gentes de todas las edades, profesiones, sexos y procedencias, algunos de pie y otros sentados, pero con algo en común: todos tenían los ojos secuestrados por sus respectivos teléfonos móviles. Horacio abrió su mochila -con las manos algo temblorosas- y prosiguió la lectura de La sombra del águila, de Pérez-Reverte. Su relato debió de parecerle divertido, pues le hizo sonreír y soltar alguna risa por lo bajini. En una de estas, levantó el rostro risueño y se encontró con la mirada censora de un caballero maduro y canoso, vestido impecablemente con un traje gris y un loden verde. Claramente disgustado, negaba con la cabeza mientras refunfuñaba: “¡Acabáramos! Leer en el metro, es inaudito”. 

Tres paradas más tarde, Horacio se percató -a pesar del persistente espasmo de su párpado derecho- de que una venerable anciana, vestida con chaqueta de punto rojo y un collar de perlas, le miraba fijamente y con curiosidad. Él levantó la mano en ademán de saludo y esbozando una tímida media sonrisa -tal vez creía conocerla de algo- a lo que la señora correspondió haciéndole un ostentoso corte de mangas. 

En la siguiente estación muchos viajeros se bajaron, de modo que pudo tomar asiento. En estricta aplicación de la ley de Murphy, enseguida apareció una madre cargada de hijos y compras. Horacio se levantó como un resorte para cederle el lugar, lo que la antedicha le agradeció cubriéndole de improperios (“hijo de una hiena” fue el más suave) y ordenando a su progenie que le mordiera. 

Con los ojos inyectados en sangre e hiperventilando, buscó refugio en el vagón contiguo, donde un músico ambulante amenizaba el trayecto ejecutando una versión heavy metal de la canción Abuelito dime tú, de la conocida serie televisiva Heidi. Hacía las delicias de los pasajeros, quienes se arrancaban con palmas, taconazos y gorgoritos. La pieza terminó con una cerrada ovación y una cascada de donativos que los circunstantes depositaron en la gorra que pasaba el gachó, como es habitual en estos casos. Dado que Horacio no llevaba suelto encima, nada pudo darle al virtuoso, cesando entonces el tono festivo y siendo blanco de los dicterios y vejámenes de los viajeros, que le dirigieron lindezas como “qué rata el tío”, “esta juventud de hoy no tiene principios” o “hay que ser miserable”. Con aspavientos, empujones y amenazadas le expulsaron al siguiente vagón. 

En un estado de visible nerviosismo y dando vueltas como una peonza, fue a parar al asiento contiguo al de un individuo vestido con un chándal fluorescente y un pañuelo palestino. Hablaba a gritos en árabe por su teléfono móvil y, como tenía activado el altavoz, todo el vagón podía enterarse de las entretenidas réplicas de su interlocutor. Pasaban los minutos y la batahola no cesaba, por lo que aprovechando un instante en que el locuaz agareno tomaba aire para respirar, Horacio le interpeló:

- Disculpe, caballero, ¿le importaría bajar un poco la voz? 

El requerido le miró con una mezcla de estupor y odio, le señaló con un índice acusador y empezó a maldecirle en su lengua. En un decir Jesús, el resto de los pasajeros se sumaron al asedio:

  • Deje en paz al pobre hombre -le exigió una mujer ciega que blandía amenazadoramente su bastón contra el plano de Metro adherido a la pared. 

  • Meterse con él por ser moro. ¡Racista! - añadió una gárgola en silla de ruedas que ya embestía contra las espinillas de Horacio.

  • ¡No hay derecho! Yo quería saber si finalmente el tío Yusuf logró armar la bomba casera -apostilló un escolar que agitaba furibundo su abultada cartera. 

  • ¡Al paredón! - sentenció un cura con sotana, boina y trabuco.

Y en esas estaba, acorralado contra una pared, el semblante demudado por el terror, la boca abierta de pura incredulidad y buscando con la mirada un rostro amigo que saliese en su defensa, cuando fue salvado de la turba furiosa por una pareja de la policía local que, casualmente, se había subido al tren en ese instante, y que se lo llevó detenido, esposado y humillado por escándalo público.