Eco o del elogio del diletantismo
Fernando Mínguez
Grabado de Ferrante Imperato, Dell'Historia Naturale (Nápoles, 1599)
El 19 de febrero pasado se cumplieron diez años desde que se fue Umberto Eco. Al parecer, el maestro dejó dicho que no se hablara demasiado de él hasta transcurridos diez años desde su fallecimiento, así que, levantada la veda, seguro que los homenajes se multiplican y, de hecho, ya han comenzado. Se hablará bastante de Eco en estos meses. Todo lo que no se ha hablado durante estos diez años en los que, eso sí, le hemos podido leer, reposar sus enseñanzas.
Hubo varios Ecos. El más conocido del gran público fue, seguramente, el Eco novelista: el autor de El Nombre de la Rosa y de otras cuantas novelas que, la verdad, no llegaron a esa altura. Antes que él, hubo un Eco rigurosamente académico, el semiólogo que construyó, con otros pocos, una disciplina nueva; el Eco del Tratado de Semiótica General y de Apocalípticos e Integrados. Y, en todo momento, hubo un Eco profundamente interesado por cosas que no le interesan a nadie. Y ese es, quizá, el Eco más perdurable, aquel que nos deja un legado más profundo.
Nucio Ordine escribió, no hace mucho, un elogio de las cosas inútiles. Y si hubo un campeón de lo aparentemente inútil, ese fue Umberto Eco. En el mundo de la eficiencia y la practicidad, Eco reivindicó siempre la memoria, el conocimiento puro, el saber que no va a ninguna parte, el saber por saber. La simple gimnasia intelectual, si se quiere. Y eso le situó contra la historia menor, pero claramente en la tradición de los grandes intelectuales occidentales.
Incluso antes de que llegase la moda inspiradora de los vigentes planes de estudios y, en general, subyacente al ambiente cultural que vivimos, es decir, la de que no es necesario saber nada porque, total, tenemos una capacidad de búsqueda infinita ─es decir, antes de que se enseñorease del panorama una desinhibida apología de la ignorancia─ ya nos enfrentábamos a un problema epistemológico importante: el de que, merced a la expansión del conocimiento humano, la única vía para seguir prosperando era la especialización, con la consiguiente renuncia a cualquier pretensión de universalidad. El Renacimiento terminó, probablemente, en el primer tercio del siglo XX. De entonces datan los últimos perfiles notables de gente diestra en varias disciplinas. Ahí nos rendimos ante la evidencia de que la erudición, al menos con carácter general, entendida como conocimiento profundo de distintas áreas del saber, había devenido imposible. Pero una cosa es la erudición como estado y otra la erudición como afán, como pretensión. Y esa diferencia, parecían pensar Eco y otros pocos como él, no la había impugnado nadie. Que un objetivo sea inalcanzable no lo priva de interés, además de que, al fin y al cabo, no dejamos de ser seres absurdos, movidos por una pretensión desesperada de trascender nuestra finitud y tampoco tiene mucho sentido empezar a comportarse de acuerdo con nuestra irrelevancia a estas alturas, tras siglos de jugar a ser una especie diferente.
El afán de erudición, de ensanchar el saber por el saber, de conocer sin ningún fin concreto más allá del simple prurito de conocer puede parecer ─parece a muchos, de hecho─ un empeño vano, hasta pretencioso. Y, sin embargo, no es otro el motor real de nuestro conocimiento. Todo cuanto sabemos nace de la curiosidad y del puro gusto de conocer. La pregunta del “para qué sirve” no conduce a nada. Siempre la utilidad, si es que la hay, viene después.
Davide Ferrario nos dejó un bellísimo homenaje al maestro en su “Umberto Eco, la Biblioteca del Mundo” (2022). Un maravilloso documental en el que, entre otras cosas, se puede ver a Eco haciendo aquello que más le placía: navegar sin rumbo por una biblioteca. Libros, listas, grabados, más libros… todo eso es un fin en sí, no precisa de justificación ninguna. En todo caso, y por si hiciera falta, ¿de qué vale aprender la lista de los reyes godos?, ¿y la cronología básica de los hechos históricos de un país?, ¿y la tabla periódica de los elementos?, ¿y las capitales de África?, ¿y memorizar poemas?, ¿y los afluentes del Danubio?, o, ya puestos, ¿las alineaciones, en sucesivos años, de tu equipo favorito? Respuesta: todo eso es metaconocimiento. Algo que nuestra memoria necesita para realizar sus operaciones fundamentales de recordar y olvidar.
Es inútil, nos recuerdan, porque, por mucho que se sepa, apenas se sabe nada de lo que se podría saber. La inmensidad del conocimiento posible, la extensión de la biblioteca, nos condenan, en el mejor de los casos, al diletantismo. Y, digo yo ─y creo que diría Umberto Eco─, ¿qué hay de malo en ser un diletante? Puede que el diletantismo no goce de buena prensa. Al fin y al cabo, ¿quién no ha oído aquello de que quien mucho abarca, poco aprieta? O que, para hacer de todo y mal, es mejor no hacer nada. Pero son los diletantes, esa gente que sabe de todo un poco, los que mantienen funcionando nuestro universo referencial. Los que mantienen viva la conversación como arte, porque pueden seguir hablando de algo. Esa es la mejor enseñanza del insigne profesor italiano: la de que lo poco también sigue valiendo. La invitación al diletantismo. Una biblia de Gutenberg no está al alcance de cualquiera, pero casi cualquiera puede cultivar, a pequeña escala, la pasión bibliófila… de manera más modesta. La alternativa a la biblioteca del todo no es ninguna biblioteca, sino las bibliotecas menores que, con nuestras limitaciones, todos podemos construirnos.
Sé que sé muy poco de algunas cosas y casi nada de casi todo lo demás. Y ese es mi, nuestro, sino. El diletantismo no es ya un desdoro, sino la versión moderna de la dignidad intelectual.
