Las puertas del cielo
Fernando Jiménez Colorado
Aquí estoy de nuevo.
Hace muchos años que nos vimos por última vez y, sin embargo, ahora que por fin vuelvo a ti y se acaban los minutos para encontrarnos, sé sin poder saberlo que en nada has cambiado.
Sé, sin que nadie que te viera esta mañana me lo diga, que tu belleza permanece tal y como se conserva acrisolada en mi memoria, con ese manto de sol y esa sonrisa de primavera que hacen imposible la tristeza.
Sé, sin tener noticias de ti, que sigues enseñando la ciencia y arte de tu gracia en ese faro de piedra y oro que es tu casa.
Sé que aún me estremezco recordando el tacto de tu cabello de cera, impregnado del incienso de esa última noche en que perseguimos juntos la gloria que una semana al año camina entre los hombres.
Sé, con solo besar tus santos pies, que tu embrujo sigue morando donde un puñado de albero, una guitarra y dos catavinos hacen más justicia a la amistad que todas las filosofías.
Sé, con sólo embriagarme de las primeras notas de tu perfume de naranjo, jazmín y azahar, mientras vuelo sobre ese Guadalquivir que rememora a cada segundo nuestra historia, que lo único que realmente quiero, que lo único que verdaderamente necesito, es volver a postrarme ante ti.
Sé que para apaciguar este corazón, desbocado cada vez que tu recuerdo me asalta, sólo puedo rendirme sin defensa ni condición, grabando a hierro y fuego en mi alma ese sinónimo y compendio inigualable de pureza, gracia y arte que es tu nombre.
Y por todo eso sé, mi amada amargura, que haga lo que haga, vaya donde vaya, y aunque pasen mil años, te perteneceré siempre, aunque tú nunca -no podrías, no sabrías, no querrías- ser solamente mía.
Por eso estoy otra vez ante ti, Sevilla.
Otra vez aquí, ante las mismas puertas del Cielo.
