Doce tiempos

Virginia González Pérez

El camino a la escuela me gusta hacerlo muy temprano, bajando por las calles que huelen a especias, escondiéndome bajo el gorro de lana. Llegar a la hora a la que abre la panadería, y así pedirle un bollo de los primeros que salen del horno a doña Francisca. Ella siempre me lo guarda.

  • Buenos días niña -me saludó sonriente la amable anciana- ¿Cómo estás? Aquí tienes el más cocidito, que sé que te gustan así. ¿Y tus pies? ¿Te duelen mucho? Tienes que ponerlos en agua fría cuando llegues a casa y curarte las heridas, aunque te escuezan, si no, cuando seas mayor te quedarás sin dedos y ningún hombre querrá casarse contigo.

  • Lo sé, doña Francisca, lo sé. Eso hago, pero no siempre se me curan las heridas y cada mañana vuelta a lo mismo. Si al menos descansara unos días, me daría tiempo, pero la bulería es muy rápida, y ya no me caben más tiempos en el compás.

  • ¿Y Diego? ¿Qué dice? Él debería tenerlo en cuenta. Si sigues así, mi niña, no podrás llegar a donde quieres, como tu tía, la Aurora, y te quedarás para siempre en Granada, bailando para los turistas.

  • ¿Diego? Ese no tiene piedad. Hasta que no sangro, no me suelta. Y yo no le quiero dar el gusto de verme llorar.

Lo que no quería contarle a doña Francisca era que Diego también había sido el primer hombre que me hizo sangrar las entrañas. Que, en una noche de ensayo, cuando ya tenía los dieciséis, entre gritos y palmas, entre el ritmo y el suelo, me desnudó, me arrancó la falda y me chupó el cuerpo y el alma hasta que le dejé que me hiciera suya. Yo no sabía si era lo que quería, pero estaba tan agotada ese día, le tenía tanta rabia y a la vez lo admiraba tanto…

Era el flamenco más guapo de todo el albaicín, las mujeres lo miraban con deseo cada vez que marcaba el compás con las botas. Tenía fuerza y raza, era encantador y sus ojos, si te miraban con intención, te atravesaban mucho antes de tocarte. Ahora era suya totalmente. 

Cada vez más, al terminar la clase, esperaba con anhelo que volviera a desearme. Pero no siempre era así, y esa incertidumbre me tenía esclava de su antojo. Lo único que podía hacer era bailar mejor que ninguna y mover mi cuerpo al ritmo que me marcaba, una y otra vez, hasta que no pudiera más y así, tal vez, volviera a mí.

  • No deberías pasar tantas horas ensayando -siguió doña Francisca- también tienes que estudiar, y ese Diego… no sé yo sí es buena influencia. Tu madre, a quien Dios tenga en su gloria, no querría que dejaras el colegio por nada del mundo, ya sabes que eso dura sólo unos años, y luego, ná de ná.

  • Claro que lo sé -le respondí- estudio por las noches, y me voy a sacar el graduado, porque un día seré enfermera y vendré aquí a cuidar de todo el que lo necesite. ¡Y sin cobrar ni un duro!

  • Ay, mi niña, ojalá que sea así. Pásate luego que te doy otro pan para la cena, y no salgas tan tarde de la academia.

  • Gracias. Vendré luego…ese pan no me lo pierdo.

Yo me había jurado, cuando mi madre murió de una infección, que algún día ayudaría a todo el que lo necesitara en ese barrio humilde, donde su gente vivía todavía en las cuevas de la montaña. Que ninguna otra mujer que no supiera leer, o que tuviera miedo a que un médico la examinara, moriría por no tratarse. Pero para ello tenía que aprobar el curso, y luego hacer las pruebas de acceso a la escuela de enfermería. Esas pruebas eran caras, pero sabía cómo ganarlo: tenía que ir a triunfar como bailaora a Madrid.

Esa mañana los callos de las plantas de los pies no me dejaban ensayar. Había días en que casi no los notaba, pero en ese momento se sentían como agujas calientes que se clavaban implacable, que solo con gran esfuerzo lograba disimular. 

Sin escapatoria marcaba el compás, sabiendo que mi maestro no cesaría hasta que el ritmo y el movimiento de mi cuerpo fueran uno: un-dos-un-dos- tres-cuatro- cinco- seis-siete-ocho-nueve- diez; un-dos-un dos-tres… La bulería me trae loca, es el palo más rápido, las piernas no me responden de la misma manera que con el tanguillo o las alegrías…y por eso llego siempre medio segundo tarde.

Cuando giro, la falda me ayuda a mantener el equilibrio y me agarro fuerte a ella, apretando los puños como grapas.  

  • ¡Aurora! No entras bien. Te falta contundencia, dale fuerte a la derecha y arranca de nuevo -me espetó Diego- ¿Has desayunado? Estira el cuerpo, que quiero ver esas manos bien arriba, tocando el cielo.

  • No me entra nada -le respondí mientras no dejaba de girar- se me ha cerrado el estómago desde que me dijiste que iremos al Corral de la Morería. Ya sabes que es lo que más quiero, pero no consigo calmarme, tengo el cuerpo tenso, agarrotado de puro nervio.

  • Ay niña, yo sé lo que necesitas, un trago de coñac te ayudará a relajarte. Y con suerte conseguiremos terminar hoy esa patadita. Además, cuando te relajas estás mucho más guapa. Venga, ¡bebe! Que me tienes loco desde que has entrado por la puerta, y cuando se vayan todos, vamos a bailar tú y yo solos…

  • ¿Qué? ¿Cómo? - balbucí- No sé, ya veremos…

  • No te hagas de rogar, que sé que lo estás deseando. A mí no me engañas. 

  • Y tú qué sabes lo que yo quiero. ¡Me tienes harta!

  • ¿Harta? Si quieres venir al Corral y ser la primera bailaora, más te vale tenerme contento. Siempre pueden venir Lola o María que, aunque no lo hacen tan bien, al menos me hacen caso en todo lo que les digo.

Una especie de calor me recorría el cuerpo. No sabía bien si era el coñac, la rabia de saber que no era la única a la que besaba, o el deseo de que me tomara y de tenerlo para mí, a merced de mis caderas. Esa amenaza no hizo más que enfadarme más, así que seguí bailando para no pensar. 

  • Venga, dale, marca con el tacón, Un, dos, un dos tres, cuatro cinco. Venga, dale, qué bien, me gusta. Venga otra vez, ven, más cerca, así. Que bien te mueves niña, venga: un, dos, un, dos, tres…

  • Para, Diego, que me duele mucho; para, que no puedo más porque los pies me están matando; para que … Me voy, necesito descansar, me voy a mi casa.

  • ¡Quédate conmigo esta noche, gitana mía, que me tienes loco!

Y me quedé porque quise… y sin quererlo, me quedé.