Crónica de un mal español, una biografía berlanguiana

Jaime Oliveira

Compañía Balmoral

Balmoral hoy es un Zara. La mítica coctelería madrileña en la que el grupo de amigos de mis padres podía coincidir con Alaska, Carlos Berlanga, Luis Alberto de Cuenca u Ouka Lele en la mesa de al lado cerró en 2006. En palabras de Gistau, “Tan flexible era el encuentro de generaciones, que en la misma barra, según dónde pegaras la oreja, lo mismo podías oír hablar de la última novia que de la última prohibición del médico, de los primeros renglones publicados o del premio a toda una vida. Y, siempre, de intrigas, de artículos, de toros, de pintores, de fútbol, de munición para antílopes, de vanidades, de plegarias atendidas y de malditos con gabán.”

El Teatro Español está, en estos momentos, dedicando un ciclo de obras y conferencias a la figura de Luis García-Berlanga. La prensa cultural se hizo eco de esto hace dos o tres semanas y puso especial énfasis en Crónica de un mal español, una producción del grupo de teatro Balmoral escrito y dirigido por Jorge García-Berlanga, nieto del director.

Me suscita curiosidad la figura de Berlanga, el hecho de ser un grupo de actores jóvenes me interesó y la referencia a Balmoral me convenció.

Fui a la función del pasado viernes 26 y creo que es de lo mejor que he visto en mucho tiempo. Se trata de una obra ambiciosa, que abarca los grandes hitos de la biografía de Luis García-Berlanga. Hay pocos antecedentes en el cánon teatral de biografías escenificadas en una hora de reloj, ni siquiera en obras creadas en torno a personajes de ficción que narren su vida completa. La figura de Berlanga es poliédrica, controvertida, y además el texto busca abarcar no solo al cineasta sino a sus amigos y contemporáneos. Neville, Umbral, Juan Antonio Bardem, Azcona pero también Franco, los curas del internado, los generales de la división azul, las protagonistas de sus sueños eróticos, los censores… Había mucha tela que cortar. Y contra todo pronóstico, porque de veras que sonaba complicado, el grupo de actores consigue interesar, emocionar y hasta sacar carcajadas de los espectadores.

La interpretación rebosa de cachondeo y erudición a partes iguales, un despropósito cargado de referencias culturales para quien quiera pillarlas. Los actores consiguen el lujo de hacer al espectador partícipe de las bromas internas de un grupo de amigos con una compenetración extraordinaria y un ritmo cómico genial, mantenido incluso en dos o tres diálogos al mismo tiempo. Caos Berlanguiano. Un esperpento a lo Luces de bohemia en el café Pombo o el Gijón, pero sustituyendo a Rubén Darío por Neville, Umbral o hasta Franco. Cachondeo en estado puro, pero un cachondeo muy serio, un cachondeo que pasaba de la risa tonta a la represión tras la guerra, del despilfarro de los jóvenes aburguesados a la condena a muerte del padre del director, haciendo que el público no llegue nunca a acomodarse nunca en su sitio, siempre en tensión, buscando exprimir la historia concentrada ante sus ojos, heredera de toda la familia Berlanga desde Bienvenido Mister Marshall al A quién le importa (compuesto para Alaska por Carlos Berlanga y Nacho Canut) hasta una preciosa elegía final a Maria Jesús, esposa del director, preocupada, en ojos de su nieto, del legado familiar y del porvenir de sus hijos y nietos. 

Llego tarde, ya se han dado cuenta ellos, pero creo que el espíritu sofisticado, irreverente y con vocación de unión intergeneracional de ese venerado bar Balmoral está muy bien rescatado en la compañía de actores que han puesto en escena esta Crónica de un mal español. Muy atentos a lo que hagan a continuación, hay mucho talento y compenetración sobre el escenario y un escritor muy ingenioso entre bambalinas.