Más allá del reflejo: El mundo perceptivo de Costantino Gucci

Costantino habita un mundo en el que los objetos parecen haber perdido su peso: vidrios, reflejos y superficies que no consiguen decidir si pertenecen a la materia o a la luz. 

Nacido en Florencia, formado en la Central Saint Martins de Londres y actualmente activo en Milán, Costantino se mueve en un universo internacional, impregnado de elegancia y atravesado por una sutil sensibilidad italiana. Este es el mundo de Costantino: cambiante, vibrante, sorprendente.

La autenticidad es el valor que considera la cualidad fundamental de todo creador y, a su juicio, el mejor indicador del éxito de una carrera artística.

Su trabajo gira en torno al concepto de reflejo, entendido tanto como fenómeno visual como experiencia interior. Le interesa investigar el reflejo tanto como condición material cuanto como metáfora. En cada una de sus obras explora la percepción, la identidad y la ilusión a través de superficies inestables y en continua transformación.

A través de materiales como el espejo, el vidrio y la tinta, crea objetos y superficies que transforman la percepción del espacio y ponen en cuestión los límites entre realidad e imagen.

Estos materiales se transforman casi en organismos vivos, capaces de reaccionar a la luz, al entorno y a la presencia del observador. Camaleónicos, pueden habitar las solariegas estancias de Florencia, los jardines de boj y los laberintos del siglo XVIII, pero también espacios esenciales y arquitecturas contemporáneas. Pueden además vivir al aire libre, transformándose con la luz y con el transcurso de las horas.

Para Costantino, la obra nunca es completamente estática ni está definitivamente terminada, sino que adquiere forma en relación con quien la observa. Cada encuentro se convierte así en una experiencia diferente, casi irrepetible, capaz de abrir una dimensión suspendida entre materia, percepción e ilusión. Hay algo en esta apertura de la obra que dialoga con una manera igualmente receptiva de mirar el mundo.

Conocí su trabajo al subir por la gran escalinata de uno de los palacios que se asoman al río Arno. Para mí, simple espectadora, el diálogo entre el espejo y el vidrio, envueltos en una gradación circular negra, devolvía una imagen distorsionada de mí misma y del espacio circundante. No estaba simplemente allí: estaba enmarcada en el espejo, como si me encontrara en el umbral mágico de una realidad situada más allá del lugar en el que me encontraba. Quizá otra mirada habría descubierto algo completamente distinto...

Fuera, el calor del verano florentino y la magia del Arno, que reflejaba la luz de la tarde, con transparencias tales que me hicieron comprender por qué precisamente aquí, y no en otro lugar, nacieron obras caracterizadas por las sutilísimas capas y los suaves juegos de luz del Renacimiento. Basta pensar, por ejemplo, en los frescos: estratificaciones de finas veladuras, inscritas en la materia, que a través de la luz adquieren profundidad y vibración.

También la obra de Costantino, quizá desde una perspectiva contemporánea, hace eco de esta centralidad de la luz, de la transparencia estratificada y de la apertura hacia una realidad que roza la nuestra, se refleja en ella, pero no coincide exactamente con ella. También él trabaja con el vidrio, la tinta y la realidad para expandirla en reflejos abstractos y fascinantes. Un tránsito continuo de lo simbólico a lo real y de lo real a lo simbólico, como en un sistema de vasos comunicantes.

Puede recordar a la fantasía novelística de William Faulkner, en las que diferentes perspectivas y tiempos se superponen: mundos que dialogan sin llegar realmente a hablarse, avanzando en paralelo. O al protagonista hessiano de «El lobo estepario», que se reconoce a través de fragmentos reflejados de sí mismo, en una identidad cambiante y nunca completamente definida.

Sin embargo, en las obras de Costantino el reflejo no ofrece una respuesta definitiva. Deja más bien abierta una pregunta: ¿quién está observando a quién?