La transmutación de pieles narrativa. Cuando el lector se convierte en personaje
Diego Bernar Noriega
Como persona que lleva aficionada a este vicio de escribir durante varios años, es un auténtico placer estrenarme en esta revista. Tenía dudas sobre qué tratar en mi primer artículo, por lo que decidí escudarme en otro de mis vicios, la lectura. Bendito el día en que mi padre me espetó que cómo no había leído El Conde de Montecristo todavía. Probablemente se haya convertido en la novela que más he disfrutado en la vida. Todos los años leo alguna que me enamora, pero ¿tanto como esta? Lo dudo.
Los clásicos son clásicos por algo, ¿no? Los seres humanos somos bastante simples. Entendemos y afrontamos la vida a partir de lo que hemos vivido. El colegio y la universidad están fenomenal; hay ciertas cosas que es necesario saber. Aun así, creo que el conocimiento más útil nace de la propia experiencia. Y, como nuestra vida es limitada, inevitablemente también aprendemos a través de las experiencias ajenas.
Muchas veces puede salir mal y provoca que incorporemos prejuicios a nuestra forma de entender el mundo. Sin embargo, bien utilizadas, nos ayudan a guiar nuestras elecciones sin ir completamente a ciegas. Obras como El Conde de Montecristo sobreviven al paso del tiempo porque generaciones enteras han encontrado algo reconocible en ellas. No tiene por qué gustarle a todo el mundo, pero el peso de esa experiencia compartida invita, al menos, a concederles el beneficio de la duda.
Llevo un tiempo intentando tachar los clásicos. Este libro lo veía recomendado por todas partes, pero creo que siempre da miedo enfrentarse a una novela de 1200 páginas. Lo que fue miedo en su día ahora se ha convertido en tristeza. Ojalá hubiesen sido 2000, y ya de paso, que se hubiese currado un poco más el final después de la calma que había manejado desarrollando toda la trama. Parece que los productores de Juego de Tronos no fueron los primeros en apresurarse con el desenlace de una historia.
Alexandre Dumas publicó esta novela por entregas. Por mucho que nos creamos innovadores, las formas de crear expectación ya existían entonces. Los fascículos periódicos ayudaban al francés a dar esos giros y finales de capítulos trepidantes especialmente diseñados para producir esa espera ansiosa de los lectores. Yo agradezco haber podido leer la obra del tirón, si no, volvía a fumar seguro.
Entre 1844 y 1846, Dumas lanzó esta novela ambientada en la convulsa e inestable Francia postnapoleónica. Al parecer, está inspirada parcialmente en un caso real de las memorias policiales de Jacques Peuchet sobre un caso parecido al que vivió el protagonista de esta obra sublime, Edmundo Dantés. Recuerdo leer el nombre y sentir ya la piel de gallina, anticipando la gran historia que tenía por delante.
Edmundo es un joven bondadoso y humilde marinero. De esos que trabajan en silencio y prosperan sin hacer ruido. Se desvive por su padre enfermo y empieza a ver cómo el esfuerzo, a veces, sí tiene recompensa. Poco a poco ve cómo va a pasar de simple marinero a capitán a del exuberante Faraón. Empieza a ver más cerca su sueño de casarse con Mercedes, su catalana. Todo parece apuntar a que el futuro que le espera será mucho más prometedor de lo que había sido su infancia. .
Cuenta con un corazón que enamoraría a cualquier persona. Una bondad que, como siempre, puede acabar convirtiéndose en ingenuidad, y esta obra es un claro ejemplo de ello. Unos personajes consumidos por lo que sienten idean un plan para apartar a Edmundo. Hay emociones que, cuando no se gobiernan, terminan gobernándonos. Es entonces cuando la inestabilidad y los sentimientos rigen nuestros actos en vez de la razón.
La envidia de Danglars por no ser él el elegido como futuro capitán. Los celos de Fernando por ver a la niña que le enamora en los brazos de otra persona. La ambición de Villefort, dispuesto a sacrificar a un desconocido, con tal de proteger su carrera en la nueva monarquía y la preocupación por la seguridad de su familia. Sentimientos cotidianos, incluso reconocibles, que terminan por condenar a Edmundo a años de prisión sin comprender siquiera el motivo.
Es en la prisión del Castillo de If donde comienza una de mis partes favoritas del libro. Tras unos primeros años desoladores, Edmundo es trasladado a las celdas aisladas de la prisión. Aquí, tan solo tiene un compañero en la celda contigua, el abate Faria, considerado un auténtico loco por los carceleros. Con el paso del tiempo consiguen conectar ambas celdas, y Faria pasa a convertirse en maestro de Dantés. Idiomas, ciencia, historia y, sobre todo, un propósito para volver a darle sentido a la vida.
Buscar la libertad y ejecutar su venganza.
Cuando el abate Faria finalmente muere, deja a Dantés no solo el secreto del tesoro, sino también las herramientas intelectuales que harán posible su transformación.
Es aquí cuando nace el Conde de Montecristo. Una nueva identidad construida a partir de su supuesta muerte ante los ojos de sus conocidos, su transformación física a lo largo de los años, unos conocimientos impropios de un marinero y, sobre todo, el deseo de justicia. A partir de aquí, la novela empieza a narrar la venganza cuidadosamente preparada durante años contra los personajes que incriminaron a Edmundo, y crearon al Conde.
El nuevo Edmundo Dantés es casi un superhéroe para los lectores. Después de todo lo sufrido a manos de personajes consumidos por la ambición, los celos o la envidia, resulta difícil no desear que su venganza sea implacable. El humilde marinero se transforma en alguien que parece no tener límites, casi un semidiós construido a partir del dolor y de una nueva identidad que, en muchos momentos, le hacen olvidar la bondad e inocencia del antiguo Edmundo.
La ejecución de la venganza se desarrolla lentamente. Pese a todo el pensamiento que llevaba detrás, termina afectando también a quienes rodean a los culpables, no solo a sus objetivos. El sabio Conde empieza entonces a descubrir que la justicia perfecta no existe, que incluso cuando nace de un agravio real siempre arrastra consecuencias.
Para mí, este es el momento clave del libro. La humildad del joven termina transformándose en una vanidad casi propia de un personaje fantástico. Poco a poco, mientras ve esas consecuencias que no creía posibles cuando diseñó el plan perfecto en su cabeza, empieza a comprender que no puede ocupar el lugar de la providencia sin dejar de ser humano. En definitiva, termina entendiendo que ni siquiera la injusticia más dolorosa concede derecho a decidir por completo sobre la vida de los demás.
Este libro es adictivo. Precisamente por eso, intentado darle algo de sentido a este artículo sin caer en un simple resumen ni dármelas de crítico literario, terminé pensando en abstracto. ¿Qué ha convertido a esta novela en un auténtico clásico? ¿Por qué hay libros que atraviesan generaciones por mucho que la sociedad, teóricamente, avance? ¿Cómo es posible que unas palabras lanzadas a un papel sean capaces de provocar emociones tan intensas en quienes las leen?
Aquí Dumas consigue que el lector sea un auténtico fanático de Edmundo, que todos nos alineemos con su venganza. Todos nos indignamos con la injusticia que le toca vivir a un joven tan noble. El escritor consigue que desarrollemos una empatía que va más allá de la comprensión, alcanza un sentimiento de identificación que roza la transmutación de pieles. Durante la lectura, dejamos de leer al personaje para empezar a sentir con él.
Después de 25 años de vida, ya puedo reconocer que, de vez en cuando, es cómodo atravesar ciertos sentimientos a través de otra persona. No padecer en las propias carnes sus consecuencias. Habitar por un momento su dolor, celebrar sus triunfos como propios, dejarse sostener por su esperanza y llorar sus pérdidas desde la comodidad de estar tumbado plácidamente en la cama.
Ahí reside la maravilla de leer una buena novela. Me encantan las películas y las series, pero pocas cosas igualan lo que consigue un buen libro, tener que imaginarlo todo a partir de unas pocas palabras.
De los millones de personas que hemos leído esta novela, cada uno habremos imaginado de una manera distinta a Edmundo. Cada uno nos habremos identificado más con una parte de la historia. Porque, aunque todos seamos Edmundo por un momento y ansiemos su venganza, nunca nos sentimos más cerca de él que cuando reconocemos en sus heridas algo de las nuestras.
Es curioso que mientras leemos, todos seamos Edmundo y que odiemos a Danglars, Fernando o Villefort. Parece que Dumas lo hace tan bien que nos hace olvidar las veces que nos hemos equivocado en nuestra vida, y que nos abonemos a sentirnos víctimas como el pobre Dantés.
Alguna vez hemos sido Fernando, tremendamente celosos por no poder tener a esa persona que deseamos con locura. Hemos sido también Danglars, viendo cómo otros conseguían en pocos meses lo que nosotros no habíamos conseguido en años. También Villefort, cegados por una ambición y avaricia que ha provocado que el fin que anhelábamos justificase los dudosos medios que empleamos para conseguirlo.
La literatura no solo se limita a describir emociones, las encarna en una novela a través de sus personajes. Por mucho que los tiempos cambien y la sociedad avance, los conflictos que nacen de esos sentimientos siguen siendo los mismos. Por eso, novelas como esta en la que hay amores no correspondidos, envidia, avaricia, celos o pasión, siguen encontrando lectores siglo tras siglo. Las épocas cambian, pero no aquello que nos mueve.
