Cartola, 1976. Menos trabajar y más samba
Jaime Oliveira
Los Oliveira somos variopintos.
Si consiguiéramos organizar una reunión familiar completa, seguramente por conveniencia en Sao Paulo (el apellido es casi el Pérez de Brasil), juntaríamos gente de la peor calaña: el corrillo que acapararía las miradas sería sin duda en el que los dictadores portugueses Antonio de Oliveira Salazar (1889-1970) y Manuel de Oliveira Gomes da Costa (1863 - 1929) le leerían la cartilla al dictador brasileño João Baptista de Oliveira Figueiredo (1918 - 1999), responsable de la apertura y el fin del gobierno militar brasileño de 1964 - 1985. Habría otro grupillo de futbolistas brasileños y portugueses, que seguro que adoptarían también a Miguel Oliveira, piloto de Moto GP portugués. Mi momento favorito seguramente sería el instante en el que Oliveira (a secas), protagonista de Rayuela de Julio Cortázar, le pregunte a Charles Oliveira, artista marcial mixto brasileño con cara de animal, pelo platino y las caras de su familia tatuadas en el pecho a tamaño real, si ha visto a la Maga.
De fondo con una guitarra y rodeado de un grupillo de sambistas con pandeiros, cuicas y cavaquinhos, amenizaría la velada Angenor de Oliveira, Cartola.
Angenor de Oliveira (1908 - 1980), que no es mi tío, es uno de los músicos brasileños más importantes de siglo XX. Pero hasta llegar a su obra cumbre, el disco Cartola, 1976, tuvo que pasar un camino de superación y sufrimiento que merece ser contado. Nació en Río de Janeiro en una familia pobre que se fue a vivir al Morro de Mangueira, uno de los barrios periféricos conflictivos de Río. A los 15 años su madre murió, y él tuvo que empezar a trabajar de albañil. Mientras fue albañil adolescente acostumbraba a llevar una chistera, cartola en portugués, para protegerse de la suciedad y la caída de churretes de húmedo. Al final de los años 20, ya de lleno metido en círculos de sambistas, fundó la que sigue siendo una de las escuelas de samba más grandes de la ciudad, la Estação Primeira de Mangueira. En la década de los 30 dirigió la escuela y compuso gran cantidad de obras para distintos autores, ganándose reconocimiento y proyección dentro del Morro de Mangueira y de la ciudad, e influyendo en la música popular del momento. Llegó a unirse en 1940 a un grupo de sambistas promovido por Heitor Villa-Lobos, el más importante compositor de música clásica de Brasil, y grabó con orquestas estadounidenses discos que se distribuyeron en Estados Unidos y Canadá.
A partir de 1946, su carrera se truncó. Perdió influencia en Estaçao Primeira de Mangueira, contrajo una meningitis que le tuvo en coma una temporada y le dejó caminando ayudado de muletas, falleció su mujer, Deolinda, la persona que le cuidaba en su enfermedad; siguió la racha con una afección severa por rosácea que le desfiguró la nariz, perdió dientes y terminó volviéndose alcohólico y marchándose del barrio de Mangueira, donde aún mantenía algo de fama, para perderse en el anonimato de las favelas.
En este penoso estado, años después, dos encuentros fortuitos consiguieron cambiarle la vida y que hoy estemos hablando de él. El primer encuentro fue el de Zica, una antigua admiradora que frecuentaba los círculos sambistas de Mangueira y que se apiadó de él, le cuidó y de quien se terminó enamorando. Juntos, volvieron a vivir a Mangueira. El segundo encuentro fue con Sergio Porto, un periodista musical conocido en Brasil que le reconoció mientras Cartola trabajaba de lavacoches en un aparcamiento de Ipanema, en 1957, más de diez años después de caer en desgracia. Porto le llevó a la radio, recuperó grabaciones de alguno de sus viejos temas, y consiguió en 1960 enchufarle como bedel y limpiador en la Asociación de Escuelas de Samba. Desde la Asociación, Cartola y Zica se hicieron con el control de la cantina, y la transformaron en un espacio que fue clave en la historia de la música brasileña, Zicartola. Terminaron moviendo Zicartola a un local más centrico, y se convirtió en el punto de encuentro de la escena de la samba carioca, donde se juntaban los estudiantes ilustrados y los sambistas de la favela, los negros y los blancos, los jazzistas, los poetas, los compositores clásicos, juntos, compartiendo espacio e influencias en un café-cantante regentado por Zica y Cartola. Coincidiendo además con el momento de explosión internacional de la música popular brasileña y la bossa nova, nacida a finales de los 50s y consolidado en la gran película Orfeo Negro (1959), en la que precisamente Zica y Cartola tienen un cameo.
A partir de Zicartola, empezó a componer y a aparecer acreditado como músico o colaborador en discos de sus compañeros y admiradores. Grandes referencias como Paulinho da Viola o Elza Soares incluyeron canciones compuestas por Cartola en sus discos de la década de los 60s.
En 1974 finalmente, a los 66 años, graba Cartola su primer disco. Y a los dos años, con 68, el disco que me ha traído hasta aquí, Cartola, 1976, una auténtica cima de la música brasileña y mundial. Canciones como O mundo é um moinho, Sala de recepção, Preciso me encontrar, Aconteceu, As rosas não falam o Ensaboa son auténticos poemas que intentan ocultar la vida y las penurias de Cartola, vida que sin embargo se intuye en su voz de anciano dolido y resabiado, que busca enseñar a las nuevas generaciones, que aprendan de sus errores, de su mala vida.
O mundo é um moinho
Preste atenção, o mundo é um moinho
Vai triturar teus sonhos, tão mesquinhos
De cada amor, tu herdarás só o cinismo
Quando notares estás à beira do abismo
Abismo que cavaste com os teus pés
Escúchame bien, amor
Presta atención, el mundo es un molino
Aplastará tus sueños, tan mezquinos
Reducirá las ilusiones a polvo
Presta atención, querida
De cada amor solo heredarás cinismo
Cuando te das cuenta que estás al borde del abismo
Abismo que cavaste con tus pies
Y es que, aunque en la superficie sean canciones cantadas por un pobre albañil de vida atormentada, y ya simplemente con eso sean canciones que suponen cada una proezas estéticas, también pueden ser leídas a través de un análisis casi sociológico de la vida en el Morro, en la favela, un manifiesto de resistencia moral ante la corrupción de la ciudad moderna, de la responsabilidad individual y del libre albedrío contra un universo hostil. Omite el sufrimiento extendido en la favela para fijarse en las rosas, en la luz del amanecer, en la bondad de la gente, y así representar la favela como símbolo de pureza, como bastión de moralidad y felicidad contra el mundo opresor que conspira contra los cariocas de bien, contra los sambistas, y les oprime, hasta el punto extremo del sufrimiento experimentado por el propio Cartola. Esta oposición es casi un tópico literario, fue un recurso ya utilizado en la literatura pastoril del renacimiento y siglo de oro, y nos retrotrae incluso a manifiestos como Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539), del español Fray Antonio de Guevara, misma oposición que se produce en la literatura inglesa de Jane Austen o George Elliot, de acuerdo con las teorías del crítico marxista Raymond Williams en The Country and the City (1973).
Preciso me encontrar
Deixe-me ir, preciso andar
Vou por aí a procurar
Rir pra não chorar
Quero assistir ao Sol nascer
Ver as águas dos rios correr
Ouvir os pássaros cantar
Eu quero nascer
Quero viver
Déjame ir, necesito caminar
Voy a salir a buscar
Reir para no llorar
Quiero ver salir el sol
Ver las aguas de los ríos correr
Escuchar a los pájaros cantar
Quiero nacer
Quiero vivir
Sala de Recepção
Habitada por gente simples e tão pobre
Que só tem o sol que a todos cobre
Como podes, Mangueira, cantar?
Pois então saiba que não desejamos mais nada
À noite, a Lua prateada, silenciosa, ouve as nossas canções
Tem lá no alto um cruzeiro, onde fazemos nossas orações
Temos orgulho de ser os primeiros campeões
Eu digo e afirmo que a felicidade aqui mora
Que as outras escolas até choram invejando a tua posição
Minha Mangueira, és a sala de recepção
Aqui se abraça o inimigo como se fosse o irmão
Habitada por gente sencilla y pobre
Que solo tiene el sol que a todos cubre
¿Cómo puedes tú, Mangueira, cantar?
Pues entonces debes saber que no queremos nada más
De noche, la luna plateada, silenciosa, escucha nuestras canciones
Allí arriba hay una cruz donde decimos nuestras oraciones
Estamos orgullosos de ser los primeros campeones
Yo digo y afirmo que la felicidad vive aquí
Que otras escuelas hasta lloran de envidia por tu posición
Mi Mangueira, eres la sala de recepción
Aquí abrazamos al enemigo como si fuera nuestro hermano
Aunque no se puede conocer realmente la intención de Cartola y evaluar su obra como una deliberada crítica social y alabanza de la vida sencilla del Morro, se puede defender su figura como la de una especie de intelectual orgánico, un artista clarividente, sin formación política ni académica, pero capaz de diagnosticar a su sociedad desde dentro de su clase social a través del arte y criticar aquello que merece a su juicio crítica, transformando en herramienta diagnóstica precisamente la experiencia hostil de la favela.
El disco está en portugués, así que para poder refutar estas humildes conclusiones, hay que oírlo varias veces… pero merece la pena:
