La boda de Carlos V
xxxxxx
El 24 de febrero de 1526, el emperador Carlos V cumplió veintiséis años. Unos días antes había partido de Madrid tras haber firmado un tratado de paz con Francisco I de Francia, que había estado recluido en el Alcázar desde su captura en Pavía un año antes. El viaje le llevó a recorrer, entre otras ciudades, Talavera de la Reina, Oropesa, Trujillo o Mérida. El destino final, Sevilla, lo alcanzaría el día 10 de marzo por la tarde. Entró en la ciudad por la puerta de la Macarena y en su recorrido hacia el Real Alcázar lo esperaban otros seis arcos efímeros con expresiones y emblemas alusivos a las virtudes y títulos del emperador, entre ellos KD o Karolus Divus (“Carlos Divino”).
Una semana antes, la infanta Isabel de Portugal había realizado el mismo recorrido, inquieta por recibir al que debía convertirse en su marido. Finalmente, la tarde del 10 de marzo de 1526, la joven se postró ante el emperador, que no quiso esperar y ordenó que la boda se celebrara esa misma noche. Bajo la cúpula de media naranja que corona el Salón de Embajadores, el emperador desposó a Isabel de Portugal en una ceremonia celebrada por el cardenal Giovanni Salviatis, nuncio del Papa, y en presencia de algunos miembros destacados de la corte, entre los que se encontraban los duques de Alba y de Béjar, el arzobispo de Toledo o Germana de Foix, viuda de Fernando el Católico. El duque de Calabria y la camarera mayor de la emperatriz actuaron como padrinos. Y como de una boda sale otra, la reina Germana se comprometió con Fernando de Aragón, duque de Calabria.
Las crónicas de los presentes coinciden en resaltar la inmediata fascinación que sintió el emperador por Isabel, descrita como una joven de tez blanca, nariz aguileña, retraída y devota. Por su parte, en aquellos años Carlos V era reseñado como de mediano cuerpo, ojos grandes, barba ancha y con una dentadura tan desproporcionada que los dientes de abajo nunca se encontraban con los de arriba, lo que le acarreaba problemas con la comida y con el habla. Sin embargo, y a pesar de que el emperador no manejaba todavía el castellano -que bien podría haber comprendido Isabel por sus similitudes con el portugués-, la pareja no tuvo nunca ningún problema para comunicarse. Tampoco les hizo falta en esos primeros días, que decidieron ocuparlos en otros asuntos más carnales.
En todo caso, la felicidad por el casamiento no duró mucho. El emperador había recibido la triste noticia del fallecimiento de su hermana Isabel, reina de Dinamarca, días antes de su llegada a Sevilla. No obstante, había decidido posponer el anuncio para que el luto no retrasara todavía más una boda que se llevaba planeando desde el mes de noviembre de 1525. La otra noticia que enturbió el ánimo de la corte fue la ejecución del obispo de Zamora, uno de los últimos líderes comuneros, lo que desembocó en la excomunión del propio Carlos V. Esa decisión, sin embargo, sería revocada días más tarde. Levantado el luto y solucionado el conflicto con el Papa, la ciudad celebró el enlace imperial con una serie de festejos que incluyeron corridas de toros y juegos de cañas en la plaza de San Francisco y varios torneos de justa en el Arenal.
El asunto de la boda fue siempre uno de los temas que más preocupación había despertado en la corte desde que, en 1518, un joven Carlos de Habsburgo había sido proclamado rey de Castilla y Aragón. La necesidad de encontrar una esposa para el rey se acrecentó aún más con su elección como emperador en enero de 1519, momento en que se convirtió en el soberano más poderoso de Europa. Pero el joven monarca ya había estado comprometido en varias ocasiones. La primera en 1501 con la princesa Claudia, hija de Luis XII de Francia y que finalmente acabaría casándose con Francisco I. Más tarde, en 1507, con María, hija de Enrique VII de Inglaterra, y en 1517 con Luisa, princesa de Francia. Tras varios intentos, la última propuesta llegaría en 1521, cuando se comprometió con su prima María Tudor, hija de Enrique VIII y de Catalina de Aragón.
Sin embargo, la opción portuguesa acabó siendo la que mayor interés despertó en el emperador, que en 1525 había concertado el matrimonio de su hermana Catalina con el rey Juan III de Portugal, hermano de su futura esposa, la princesa Isabel. No obstante, lo que verdaderamente entusiasmaba a Carlos V era la rica dote que recibiría de la boda y que le permitiría, entre otras cosas, organizar su coronación imperial en Italia.
Finalizados los festejos, la pareja imperial abandonó Sevilla camino de Córdoba. Allí recabarían unos días, lo suficiente para preparar la ruta hacia Granada, adonde llegarían a principios de junio. La Alhambra sería el lugar escogido para vivir los primeros meses como recién casados, aprovechando los días para departir y recorrer los bellos espacios de los palacios y jardines nazaríes, que tuvieron que adaptarse para acoger a la corte. Entusiasmado por la singularidad del espacio, el emperador encargaría a Pedro Machuca la construcción de un nuevo palacio con la intención de que se convirtiera en su residencia permanente.
A finales de año, Carlos V tuvo que poner fin a su idílico viaje de novios para atender la amenaza que suponía la alianza de Francia con el Papa y algunos estados italianos. La emperatriz, que ya llevaba en su seno al futuro príncipe Felipe, aguardaría todavía un tiempo hasta volver a Castilla.
